Tranquilo, colorido y rodeado de naturaleza. Así se deja ver Marulanda, un pueblito de Caldas que, aunque poco mencionado en las rutas tradicionales, guarda una identidad propia que sorprende a quien decide desviarse del camino habitual. Sus fachadas llenas de flores, balcones adornados con cuidado y calles silenciosas crean una postal que parece detenida en el tiempo.
No es un destino de clima cálido, pero sí de trato cercano. La calidez viene de su gente, de esa hospitalidad tan propia del Eje Cafetero, donde el visitante no es extraño por mucho tiempo. Quizás su tamaño también juega a favor: Marulanda no abruma, no se impone. Se deja recorrer con calma, a paso lento, como si el tiempo allí tuviera otro ritmo.

Ubicado cerca de municipios como Marquetalia, Manzanares y Pensilvania, este rincón se esconde entre montañas cubiertas de neblina que aportan una atmósfera serena, casi íntima. No es casualidad que en 2023 haya sido reconocido como “Municipio lento”, un distintivo internacional que premia a los lugares que privilegian la calidad de vida, la tradición y el contacto con el entorno sobre la velocidad del turismo masivo.
Cómo llegar a Marulanda, el encantador pueblito de Caldas
Llegar hasta Marulanda no es inmediato, pero ahí radica parte de su encanto. Desde Bogotá, el recorrido toma cerca de ocho horas (unos 281 kilómetros). La ruta habitual sale por la calle 80 y atraviesa poblaciones como La Vega, Villeta, Guaduas y Honda, antes de adentrarse en el norte del Tolima. Tras pasar Fresno, aparece el desvío hacia Manzanares, punto clave para enfilar hacia este municipio enclavado en la montaña.
Desde Manizales, la capital del departamento, el trayecto es más corto: cerca de cuatro horas y unos 127 kilómetros. El camino serpentea por poblaciones como Neira, Aranzazu, Salamina y San Félix, antes de llegar al que es considerado el municipio más alto de Caldas.
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En cualquiera de las rutas, el viajero se encuentra con un paisaje que cambia lentamente: de carreteras concurridas a caminos más estrechos, rodeados de verde. Al llegar, las calles empedradas y las casas de colores, bien conservadas, suelen recordar a Barichara, aunque con una personalidad mucho más silenciosa y menos turística.
Naturaleza, edificios antiguos y prácticas únicas de este hermoso destino
Marulanda no necesita grandes atracciones para cautivar. Su riqueza está en los detalles. La arquitectura de “tabla parada”, típica de la región y con aire colonial, se mantiene viva en edificaciones como la escuela General Cosme Marulanda, uno de los puntos de encuentro más representativos del municipio.
El recorrido puede seguir hacia espacios como el Parque municipal de la Palma de Cera o el Cerro de las Tres Marías, desde donde se aprecian las montañas que rodean el pueblo. Para quienes buscan algo más natural, las Cuevas de Bermúdez ofrecen una experiencia distinta, más cercana a la exploración.
El destino también invita a caminar. Sus senderos, rodeados de vegetación y atravesados por el silencio, son ideales para desconectarse del ruido urbano. Aquí no hay prisa, y eso se siente en cada trayecto.
Pero si hay algo que distingue a Marulanda es su tradición lanera. La llamada ruta de la lana permite conocer el proceso artesanal de las ruanas, elaboradas con la lana de ovejas criadas en la zona. No es solo una actividad turística: es parte de la identidad del pueblo, una herencia que sigue viva en manos de sus habitantes.
Y como buen destino del Eje Cafetero, la gastronomía no se queda atrás. Un sancocho de gallina, un trifásico o una bandeja paisa acompañan la experiencia, junto con preparaciones más sencillas como la arepa de maíz tostado al carbón, que conserva ese sabor tradicional difícil de encontrar en las ciudades.
Marulanda no compite con los grandes destinos turísticos del país, ni parece querer hacerlo. Su valor está en lo que ofrece sin esfuerzo: tranquilidad, paisaje y autenticidad. Un lugar para ir sin afán, para recorrer despacio y, sobre todo, para entender que en Colombia todavía hay rincones donde el tiempo decidió quedarse.
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