De un duelo en su niñez, Claudia López sacó la fuerza para dar las batallas políticas que no siempre gana

La muerte de su hermana menor, cuando tenía 4 años, marcó una vida de altibajos que supo superar hasta llegar al camino que hoy la lleva a buscar la Presidencia

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enero 18, 2026
De un duelo en su niñez, Claudia López sacó la fuerza para dar las batallas políticas que no siempre gana

Tenía solo cuatro años y su hermana Martha, tres, cuando una tarde de juegos en la terraza de su casa, que estaba a medio construir en el barrio Prado Veraniego, en Suba, norte de Bogotá, terminó en tragedia. Ambas saltaban sobre una claraboya improvisada, cubierta con una teja plástica mal puesta, apenas un disfraz torpe para esconder el riesgo. Claudia López, la mayor de las dos niñas y quien hoy busca la Presidencia de la República, alcanzó a saltar; Martha no. La pequeña cayó cuatro pisos hacia abajo. La recibió un platón de ropa. No hubo sangre. El impacto no fue mortal de inmediato. La levantaron, intentaron que bebiera agua, llegó la ambulancia y se la llevaron. Martha nunca regresó.

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El shock en la pequeña Claudia fue tal que su memoria borró por dos años ese momento. Se encerró en sí misma. Después, cuando llegaron los siete, las imágenes volvieron de golpe: la caída, el cuerpo recogido del suelo, el color del cielo, el ruido de las sirenas. Desde entonces, la muerte de su hermana se volvió una sombra silenciosa que la siguió a todas partes.

Ese fue su primer gran golpe. El más íntimo, el que le enseñó que a veces la vida se parte sin anunciarlo. Que ciertas derrotas no se resuelven, apenas se llevan. Años después descubriría que la política funciona parecido: un espacio donde se gana poco, se pierde mucho y siempre se debe seguir andando.

Como cuando intentó armar su propio partido, un movimiento que sería la base de su aspiración presidencial. Lo intentó con su esposa, la senadora Angélica Lozano, y con un grupo de dirigentes verdes que se habían vuelto críticos del gobierno Petro. Era una jugada estratégica dentro de un plan que venía delineando desde antes de terminar la Alcaldía de Bogotá y que se afianzó en los meses en los que estudió en Harvard, otro escalón en la formación académica que había iniciado en el Externado y que luego amplió en Columbia y Northwestern con una beca Fulbright.

La escisión le permitiría moverse sin el ruido de un partido en el que ya no creía. Pero el cálculo se fracturó por la presión del ala petrista de los Verdes, con figuras como Inti Asprilla, Ariel Ávila y también por la protesta de una segunda división que presentó el siempre polémico Jota Pe Hernández, que además logró alinear a Katherine Miranda. La ley solo permite una ruptura dentro del partido, así que la movida de López y Lozano quedó sin aire. Fue un revés duro. Claudia renunció al partido, acompañada por dirigentes como Antanas Mockus, mientras el escándalo de la UNGRD salpicaba a Carlos Ramón González, copresidente de la colectividad, que hoy vive asilado en Nicaragua y tiene circular roja de Interpol.

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Pero ella nunca se ha quedado quieta después de un golpe. Si no podía tener partido, buscaría firmas. Hoy recorre municipios, plazas y auditorios improvisados para sostener una aspiración que intenta nacer fuera de las estructuras tradicionales. Camina, escucha, recoge apoyos, repite que no se rinde. A veces suena a convicción; otras, a supervivencia.

No era la primera vez que un proyecto se le venía abajo. Desde joven aprendió a moverse en escenarios hostiles. A los 18 años participó en el movimiento estudiantil de la Séptima Papeleta, cuando el país aún buscaba reinventarse tras décadas de violencia. Ahí encontró su brújula: el impulso por pelear lo que consideraba justo, así eso implicara quedar sola.

Después, como investigadora, rastreó votaciones irregulares en regiones tomadas por los paramilitares. Su trabajo detonó el escándalo de la parapolítica en 2005 y su nombre empezó a rodar con fuerza. No necesitó gritar valentía; la demostraba revisando planillas, viajando a pueblos donde nadie la esperaba, insistiendo en preguntas que incomodaban. Su investigación la puso en la mira y también le dio un lugar en el debate público.

Llegó al Senado en 2014 con el Partido Verde. Ocho años antes había sido una estudiante que tomaba atajos para ahorrar en transporte; ahora era una de las voces más visibles del Congreso. En 2018 fue fórmula vicepresidencial de Sergio Fajardo. No ganaron, pero el impulso la dejó cerca de otro escenario. Al año siguiente, se lanzó a la Alcaldía de Bogotá y ganó. La ciudad más compleja del país la recibió con expectativa y resistencia. Fue la primera mujer lesbiana elegida por voto popular para ese cargo. No lo dijo como bandera; los hechos lo hicieron inevitable.

Gobernó en tiempos que nadie quería. Una pandemia, protestas, tensiones con el gobierno nacional, un tránsito constante entre decisiones impopulares y la necesidad de sostener la ciudad a flote. Empezó con una favorabilidad altísima y terminó con menos de la mitad del apoyo inicial. Pero registró su nombre en la memoria política del país, esa que suele ser ingrata pero nunca olvida del todo.

La carrera de Claudia López ha sido una secuencia de contrastes. Avances que parecen definitivos y caídas que la regresan al punto de partida. Alianzas que construyó y deshizo, respaldos que entregó y luego cuestionó, como cuando en 2018 apoyó a Gustavo Petro en segunda vuelta y hoy lo confronta con dureza. Su estilo frontal la ha llevado a chocar con casi todos: aliados, rivales, presidentes, congresistas, alcaldes, opinadores. Pero esa fricción también ha sido su manera de hacerse espacio.

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Hoy su nombre no supera el diez por ciento en lo que se conoce de las encuestas. Otros candidatos como Iván Cepeda, Sergio Fajardo o Abelardo de la Espriella aparecen más arriba. En el Pacto Histórico ya se alinearon detrás de Cepeda. En la derecha sigue la disputa por quién logra la bendición de Álvaro Uribe, una disputa que hasta De la Espriella intenta surfear mientras crece en aceptación popular como radical derechista independiente.

Claudia López sigue por otro camino, uno que parece más largo y empinado. Recorre el país buscando firmas para inscribir su candidatura en 2026. Si lo logra y si consigue que sus ideas conecten más allá de Bogotá, podría ser una contendora seria. Si no, sumará una derrota a la lista de batallas ganadas y perdidas que la han moldeado desde la infancia.

Pero hay algo que la ha acompañado desde aquella tarde en la terraza de Prado Veraniego: la certeza de que los golpes duelen, sí, pero no necesariamente tumban. Y que a veces basta con seguir de pie para que la historia empiece, de nuevo.

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