Cambiar la mente con psicodélicos
Opinión

Cambiar la mente con psicodélicos

Con la psiquiatría estancada y las enfermedades mentales ocupando un lugar importante en la sociedad, por qué no estudiar con rigor si estas sustancias pueden ser una buena alternativa

Por:
noviembre 29, 2020
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Terminé de leer uno de los libros que más he disfrutado este año, Cómo cambiar tu mente: lo que la nueva ciencia de los psicodélicos nos enseña sobre la conciencia, la muerte, las adicciones, y la trascendencia, de Michael Pollan. El título es largo y ambicioso, casi que un resumen, pero el libro cumple la promesa de la portada. Bueno, en realidad no lo “leí” sino que oí al autor leerlo. Así “leo” la mayor parte de los libros en estos tiempos, oyéndolos, en la ducha, caminando, en el carro. Me gusta, antes oía radio, pero esto me sirve más. El libro cruza varios campos, el de la investigación académica, la historia cultural, análisis de actualidad y la experiencia personal de Pollan, de una manera inusualmente fluida. Aunque en Colombia no he visto una discusión pública sobre este asunto, apenas vamos en discutir el papel medicinal de derivados de la marihuana, en Estados Unidos hay una conversación creciente sobre el valor y los riesgos de los psicodélicos en diferentes áreas.

El renacimiento de la “nueva ciencia de la psicodelia” ha venido, en buena parte, por el trabajo de Tim Ferriss, que presenta mi podcast favorito, the Tim Ferriss Show. Oír libros y podcasts, los que uno quiere, cuando uno quiere, para aprender lo que uno quiere. Entre otros, Tim Ferriss ha financiado la investigación que lideran ahora universidades como John Hopkins, UC Berkeley y NYU, y científicos como Roland Griffiths. Quien no quiera leer u oír el libro de Pollan, largo -480 páginas o 13 horas-, puede oír los episodios del podcast de Ferriss con Pollan. Son un buen resumen. Decía entonces que estamos ante un renacimiento de la ciencia de los psicodélicos porque fue en los años 60 cuando nació por primera vez, asociada principalmente al trabajo de Timothy Leary y Richard Alpert – que se convertiría en el gurú Ram Dass- en el “Harvard Psilocybin Project”. Pollan se ocupa en el libro de revisar en detalle porqué esa primera ola de investigación llegó a un final tan abrupto. Las conclusiones son diversas, pero se basan en dos hipótesis principales: primero, Leary y Alpert pasaron de ser respetados profesores de psicología en Harvard a cuestionados activistas de los psicodélicos, con prácticas éticamente dudosas y científicamente débiles. Segundo, y quizás más interesante, Pollan sugiere que los psicodélicos llevan a cuestionar la autoridad y el orden jerárquico de las sociedades, un riesgo para quienes tenían en el poder en los años de la guerra de Vietnam y de Nixon. Prohibieron entonces los psicodélicos y no supimos más para qué servían realmente.

El costo de esa primera muerte de los psicodélicos ha sido alto. Aunque sin los métodos más modernos, las primeras investigaciones apuntaban a potenciales efectos benéficos del uso de psicodélicos en varias enfermedades mentales. Probablemente, sin el contexto cultural y político de la época, y sin la personalidad extravagante de sus primeros líderes, jamás se habría detenido tan abruptamente la exploración de estos compuestos. Es que, además, no son compuestos que los humanos hayan descubierto recientemente, sino que han estado ahí, coevolucionando con nosotros, hace miles de años. Así lo muestra, entre otros, el libro reciente La clave de la inmortalidad de Brian Muraresku enfocado en el papel de los alucinógenos en la Grecia antigua y en el origen del cristianismo. Esa relación distante en el tiempo y aparentemente beneficiosa, por supuesto sugiere la pregunta desde la biología evolutiva, ¿qué gana el Homo sapiens al interactuar -consumiendo- estas especies?

Podría ser un beneficio mental. Pollan insiste en este punto en el libro y en sus entrevistas: aunque la medicina ha visto inmensos avances en casi todas las áreas, la psiquiatría está estancada hace décadas. El último desarrollo fueron los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), usados principalmente como antidepresivos o para manejar trastornos de ansiedad, pero con evidencia científica de un efecto débil en la mayoría de los casos, y que no ha mejorado significativamente con el paso de los años. Pollan sugiere que este estancamiento y el uso a veces indiscriminado de los ISRS puede obedecer más a intereses de la industria farmacológica y a clasificaciones artificiales del DSM, el manual que organiza lo que entiende la psiquiatría estadounidense como desórdenes mentales. En medio de este estancamiento, y con las enfermedades mentales ocupando cada vez un lugar más importante en la sociedad, la pregunta natural es por qué no estudiar con rigor si estas sustancias pueden ofrecer una alternativa mejor. No hay dudas, tienen riesgos: en pacientes con esquizofrenia o con predisposición a padecerla, por ejemplo, indudablemente el uso de psicodélicos no está recomendado. El contexto de la terapia es fundamental, Pollan repite una y otra vez que una condición importante para aumentar la probabilidad de tener un efecto positivo es consumir la sustancia guiado y cuidado por un experto.

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La descripción del uso de los psicodélicos termina, inevitablemente, cruzándose con elementos “místicos” que ahuyentarán a unos y asustarán a otros

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El mecanismo que explica cómo actuarían algunos de estos psicodélicos en el cerebro empieza a dilucidarse: al parecer, tendría que ver con el default mode network (red neuronal por defecto) que es un conjunto de regiones en el cerebro especialmente activadas cuando se está, por ejemplo, “soñando despierto”. Esta red se encargaría, entre otras, de la construcción del yo, en reconstruir los recuerdos autobiográficos e imaginar el futuro. El efecto pasaría entonces precisamente por diluir la noción del yo, asociado a la construcción del ego, y mediado por una actividad reducida de la red neuronal por defecto: Pollan describe cómo, al consumir psilocibina, su ego, su idea del yo, quedó destruida en miles de pedazos, “como cientos de post-it pegados en la pared”, sin unidad clara. Esa disolución del ego, resulta en una integración más profunda y compasiva con el resto de la vida en la tierra porque, supuestamente, lleva a una comprensión no solo racional sino visceral de la unidad de todo lo que hay.

Al escribir esto último, comprendo bien uno de los riesgos que enfrentan estos compuestos: la descripción de su uso termina, inevitablemente, en cruzarse con elementos “místicos” que ahuyentarán a unos y asustarán a otros. Este efecto es muy parecido al que busca la meditación y es relevante para el budismo y otras religiones orientales: al disolver el yo, se rompen las principales causas de apego que son la base del sufrimiento. Por eso mismo, a lo mejor, es que en los meditadores experimentados, también se observa una reducción en la actividad de la red neuronal por defecto. Sam Harris, otro influyente pensador estadounidense, que trabaja en la intersección entre la neurociencia occidental y las técnicas orientales de meditación, sintetiza la relación entre psicodélicos y meditación: un “buen viaje” con psicodélicos – es decir con una dosis adecuada, en un espacio controlado y con una guía experimentada- puede lograr en unas horas lo que toma décadas con una simple práctica de meditación.

Yo no he consumido psicodélicos. Varios amigos en los últimos años sí lo han hecho, principalmente en ritos de Yahé (ayahuasca). Todos lo han descrito como una experiencia única, a alguno le cambió la vida radicalmente -para bien-, otra pasó por momentos de intenso temor que aún hoy -más de diez años después recuerda perfectamente- y asocia a haber superado esos temores la idea de que puede superar ahora sus peores miedos. Ninguno pasó realmente por un trabajo de integración de las experiencias, esa en la que el paciente o el consumidor, se encuentra con un terapeuta para repasar la experiencia psicodélica. El trabajo de Pollan es importante, y emocionante, porque cuenta lo que nos trae el método científico: pasar de anécdotas a un conocimiento estructurado y probado por las mejores técnicas que tenemos.

@afajardoa

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