Una de las cosas que a Camilo Torres más le asombraba de sus compañeros de seminario era que podían correr y hasta jugar fútbol con la sotana puesta. Para él, apuntar la larga hilera de botones era algo que le producía horror.
Aun así, a las 5 de la mañana, el sacerdote hizo la última parada en el barrio La Soledad, antes de irse para las selvas de Patio Cemento. Tal como lo habían acordado, allí estaba “Cebollita” apodo cariñoso de su amiga Leonor Muñoz. Le dejó dos de sus sotanas, una blanca y una negra. Sin saberlo, también, el último abrazo que se dieron en vida.

Camilo Torres, entonces, era el sacerdote más famoso del país, no solo por sus posturas revolucionarias y por haber fundado, junto a Orlando Fals Borda, la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, sino también por oficiar importantes ceremonias como el bautizo del primer hijo de Gabriel García Márquez, en el que el recién fallecido periodista Plinio Apuleyo fue padrino.
Puede ver también: Cuando Plinio Apuleyo Mendoza dejó atrás la izquierda para defender tesis conservadoras y terminar admirado por Uribe
A Leonor nunca le contó que se iba para la guerrilla. Por eso, la despedida estuvo desprovista de la nostalgia que acompaña a las últimas veces. Ella tampoco se extrañó con el regalo que le hizo su amigo. Unas semanas atrás lo había encontrado llorando con la cabeza baja por la calle 34, luego de que el cardenal Luis Concha Córdoba lo pusiera a escoger entre la sotana o la revolución. Dos caminos que Camilo Torres nunca vio como opuestos.
Muñoz era profesora de microbiología y cuando podía iba a misa en la capilla de la Universidad Nacional. Así se conocieron. Unos cuantos meses después de la despedida, Leonor leyó en el diario “El Espacio” que su amigo Torres, como ella le decía, se había ido para el monte como miembro del M-19. La profesora asesoró, con mayor razón, las sotanas que él le había entregado aquella madrugada de finales de 1965.

A algunos la noticia les tomó por sorpresa. Hacía poco más de seis meses, el 24 de junio de 1965, Camilo Torres había dado su última misa como sacerdote oficial en la iglesia de San Diego, en el centro de Bogotá. Aquella vez se bajó del altar llorando:
"He dejado de decir misa para realizar el amor al prójimo en el terreno temporal, económico y social. Cuando mi prójimo no tenga nada contra mí, cuando haya realizado la revolución, volveré a ofrecer misa"
Las fotos del sacerdote vestido de guerrillero empezaron a circular. Se le veía contento con un fusil al hombro, aunque muchos consideran que fue su peor error. El 15 de febrero de 1966, un mes después de anunciar públicamente su ingreso a la insurgencia, el inexperto guerrillero recibió dos disparos cuando pretendía desarmar a un soldado caído.

Quien comandaba el pelotón que dio de baja a Camilo Torres era Álvaro Valencia, un general al que el médico pediatra Calixto Torres, padre del cura Camilo, le había salvado la vida cuando era un niño. Desde entonces, las dos familias mantenían una amistad que tenía la fuerza de una estrecha relación familiar.
Valencia enterró el cadáver de Camilo Torres en la selva, forrado en bolsas de polietileno y separado de los demás guerrilleros. Durante 41 años cargó con el pesado secreto, que no le reveló ni a su esposa.
También le puede interesar: Así encontraron el cuerpo del cura Camilo Torres, 60 años después de haber sido escondido por un general del Ejército
El 26 de junio de 2024, dos años antes de que la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD) encontrara los restos de Camilo Torres bañados en formol en una fosa del panteón militar del Cementerio Municipal de Bucaramanga, Gustavo Petro publicó en su cuenta de X que tenía la sotana del cura Camilo Torres.
Informo al pueblo Colombiano y latinoamericano, a la Iglesia Católica, y a todas y todos los luchadores sociales del mundo, que hemos confirmado científicamente en medicina legal, que la sotana guardada por un obrero desde la década de los sesenta, antes que el sacerdote Camilo…
— Gustavo Petro (@petrogustavo) June 26, 2024
Sin embargo, no era la misma sotana que el sacerdote le había dado a su amiga Leonor, pues estas fueron donadas a la Universidad Nacional en 2009, junto a la Biblia personal de Torres, una raíz tallada que usaba como crucifijo y una de sus pipas. Actualmente, dichos elementos se conservan en el claustro San Agustín y tienen acceso restringido al público.
También puede ver: La agonía del Museo de Arte de la U. Nacional, donde valiosas obras se pudrieron entre la humedad y el abandono
Según el exmandatario, la prenda estuvo en poder de un obrero desde los años 70. Se trataba de José Francisco Guarnizo, quien la recibió en 1975 de manos de unos militantes del M-19. En 2020, la sacó de su armario personal para entregársela al sacerdote Javier Giraldo y al senador Iván Cepeda, quienes la llevaron a Medicina Legal para corroborar su autenticidad.

Finalmente, los estudios arrojaron que la prenda fue usada por el cura Camilo durante sus primeras visitas a las selvas de Santander. Tras su validación, la reliquia hecha con lana peruana fue ubicada en la Casa de Nariño, junto al sombrero de Pizarro y frente al retrato en óleo de Jorge Eliecer Gaitán.
Días antes de acabar su gobierno, Petro sacó de la Casa de Nariño la sotana de Camilo Torres, la escultura de la Paloma de la Paz hecha por Fernando Botero, la espada de Bolívar y el sombrero de Pizarro.
Las joyas quedaron a cargo del Museo Nacional. Al final, la prenda que tanto incomodaba al joven seminarista hizo una larga peregrinación. De ese modo, contó la historia del cura que se quitó la sotana para seguir a rajatabla lo que dice el evangelio: darle de comer al hambriento y de beber al sediento.
También puede leer:
Anuncios.


