Había una vez una conocida por todos en el pueblo, la casa era grande, llena de cosas bonitas y multicolor; tenía un patio arrugado, una inmensa cantidad de fauna que rodeaba y llenaban por doquier todos los espacios de la casa como si fueran floreros llenos de vida y agua. En esa casa trabajaban muchos, eran creativos y de espíritu indomable y, claro, peleaban; pocos, pero peleaban. Sin razones se aprovechaban y armaban peleas para no trabajar como los otros; a veces la pelea hacía tanto bochinche que algunos que también querían salían a echar chisme con los vecinos.
Aun así, esa casa, como cualquier otra, tenía sus propios problemas, pero como es una casa fuerte y tan importante, le fiaban en todas partes. Era una casa conocida, llamada "el país de la belleza"; no tenía plata guardada, tenía algo mejor: su palabra, la palabra de los habitantes valía más que un pagaré. En la tienda de la esquina apuntaban todo en un cuaderno y los de la tienda dormían tranquilos, porque la casa era confiable; en la ferretería les entregaban el bulto de cemento o las herramientas y le decían que pagaran cuando pudieran. El buen nombre de la casa era el respaldo de los habitantes, y ese respaldo le abría todas las puertas.
Un día quiso un nuevo portavoz de la casa, por mostrarse mientras trataba de quedarse con la casa, salió al parque, reunió a quien pasaba y anunció en voz alta que iba a renegociar sus deudas de la casa, que se sentaría con los acreedores a buscaría los mejores plazos y mejores condiciones. Lo dijo con ese afán de quedarse figurando, seguro de que la gente de la casa no vería que, al final de la tarde, el tendero había cerrado el cuaderno y en la ferretería ya no había cemento ni nada más fiado. El que antes le decía que los de la casa pagaban cuando podían, ahora debía pagar de contado, y más caro.
Nadie le cerró el crédito porque estuviera quebrado, o porque no tuviera cómo pagar; cerraron y encarecieron porque oyeron decir, en plena plaza, que se necesitaba renegociar las deudas. Todos se llenaron de miedo y desconfianza y, ahora sí, el bochinche y los chismes de las peleas hacían mella en los que antes veían que era una casa con sus propios problemas. En el comercio, como en los mercados, las palabras no describen la realidad, la mueven. Basta que alguien de peso insinúe que no puede con lo suyo para que, al otro día, el precio de prestarle amanece más alto.
La realidad frente al anuncio de Abelardo de la Espriella
Traigo el cuento porque el país acaba de ver la escena en grande: el presidente electo, Abelardo de la Espriella, anunció que apenas se posesione en agosto mandará a renegociar la deuda con el Fondo Monetario Internacional y la banca internacional. La pregunta que uno debe hacerse entonces es muy sencilla: ¿está Colombia quebrada? La respuesta es una y solo una: No. ¿Colombia dejó de pagar a los que le daban crédito? La respuesta también es una y solo una: tampoco.
El gobierno saliente le canceló al Fondo Monetario Internacional, en abril de este año, la totalidad de la línea de crédito flexible que se había tomado en la pandemia, USD 5.400 millones de dólares, y el propio Fondo lo confirmó. De ahí, entonces, sale el primer tropiezo, y no es de forma, ni mucho menos un lapsus: lo que salieron a decir es que se ofrece renegociar con el Fondo una deuda que con el Fondo ya no existe, porque se pagó hace tres meses. Ese que sale y vocifera es el compadre saliendo a la plaza a pedir plazo por una cuenta que anoche saldó. ¿Se le olvidó o es que no sabe que vive en la misma casa?
Conviene precisar algo que el anuncio de De la Espriella revolvió: una cosa es el manejo ordinario de la deuda —mover vencimientos, hacer canjes, recomprar títulos, salir con emisiones nuevas para mejorar el perfil—; eso lo hace cualquier tesorería del mundo, de cualquier casa, todos los años, y no rescata a nadie. En cambio, reestructurar, como anuncia su segundo a bordo, que se supone es el que sabe, eso es harina de otro costal: sentarse con los acreedores a que le rebajen el capital o los intereses a la casa es lo que hace un país cuando ya no puede pagar, cuando está quebrado, cuando incumple. Colombia no está ahí, y el propio equipo del electo lo admitió, porque mandar al mercado la señal de una reestructuración es un golpe a la credibilidad del país, al buen nombre de la casa.
¿A quién le debe realmente Colombia?
Y bien, debemos profundizar un poquito más: ¿a quién le debe Colombia? Esta es la parte que casi nadie mira, porque el país no le debe a un banco lejano ni principalmente al Fondo Monetario, como decía el Dr. Abelardo en sus gruñidos de campaña. La mayor parte de la deuda es interna, en pesos, en unos títulos que se llaman TES.
Pero bueno, obvio que uno se pregunta ¿y quién tiene esos títulos?, y entonces se encuentra la otra verdad omitida. Los títulos de deuda los tienen los fondos de pensiones, los bancos, las aseguradoras, las fiduciarias, ahorradores de aquí y de afuera, que compran esos títulos con la promesa de que, cuando los cambien, valdrán más. En plata blanca, buena parte de lo que llamamos deuda del Estado es la pensión del vecino, el ahorro de la señora que trabajó cuarenta años. La deuda externa quedó apenas en una cuarta parte del total, y hasta bajó cerca de USD 10.000 millones este año.
Por eso el anuncio inquieta, y no por politiquería; pero cuando un país, o una casa como en el cuento, que sí puede pagar sale a decir que va a renegociar como si no pudiera pagar, el que le presta no oye a un administrador sosegado —y tanto que criticaban a Petro—; lo que se oye es la ignorancia de alguien en apuros. Pero el mercado no es de buen corazón, y al que anda en apuros se le presta más caro, por el riesgo, por la desconfianza. Ese sobrecosto no se queda en una pantalla en Nueva York, vuelve a Colombia en tasas más altas para la próxima emisión, y esas tasas las pagan los mismos TES que sostienen las pensiones. El compadre de la plaza, de nuevo, pagando de contado y más caro por hablar de más y andar figurando.
Nadie discute que la deuda creció y que hay que planearla, porque así también creció la casa; eso le exige seriedad a cualquier gobierno. Pero la casa se planea por dentro y no precisamente gritando en el parque que uno va a renegociar. El buen manejo de la deuda es tan callado que casi nunca llega a los titulares. El día que llega suele ser porque se dijo algo de más.
Hace tres mil años ya lo decía el libro de los Proverbios: que es de más estima el buen nombre que las muchas riquezas, y añade, unos versos después, que el que toma prestado es siervo del que presta; por eso no se le debe a los de afuera como para que se crean dueños de la casa. El que pide prestado ya es la parte débil de la relación, y lo último que le conviene es pregonar su debilidad. Su única ventaja, la que le abre el fiado y le baja la tasa, es el buen nombre. Colombia todavía lo tiene. Perderlo a gritos, o gruñidos, sin necesidad, en la mitad de la plaza, sería la torpeza más cara de todas.
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