En vísperas de elecciones el lobo se disfraza de oveja, se peina, monta su show y sale a la plaza a salvar la patria. Todo en él es puesta en escena: destellos, símbolos, videos y redes vueltos moda en una semana, y debajo de tanto brillo no hay una sola idea real, solo un lobo que, mientras aplauden el disfraz, va cavando tumbas. El maestro de Galilea nos dejó el modo de desenmascararlo sin necesidad de fe, apenas de memoria: por sus frutos los conoceréis. El espectáculo distrae; las manos dicen claro lo que ya sembraron y lo que de esa siembra brotó. Quien quiera saber qué árbol tiene enfrente, que mire el suelo y cuente lo caído.
Ese disfraz es viejo y la muerte que esconde también, porque hace más de setenta años el sectarismo conservador convirtió la diferencia política en sentencia de sangre y los pueblos amanecieron repartidos entre los de un color y los del otro. De aquella semilla creció la costumbre de matar al que piensa distinto, una costumbre que ningún sermón de orden ha querido desarmar y que hoy vuelve maquillada de novedad. El brillo es nuevo; la intención, la misma de siempre.
El siglo cambió de número y la semilla apenas mudó de nombre: donde antes hubo pájaros y chulavitas, después hubo bloques enteros que desangraron veredas, con la mirada cómplice, y a veces la mano, de quienes debían cuidarlas. Lo dice el expediente: la parapolítica tiene nombres propios y sentencias de la Corte Suprema, hombres que llegaron al Capitolio montados sobre fosas comunes. La ultraderecha que hoy le pone música de nostalgia a esos años está confesando, sin decirlo, de qué árbol comió.
Mientras la tierra se llenaba de cruces también se concentraba en pocas manos, y esa fue la otra cosecha: un campo despojado a punta de motosierra y de escritura falsa, del que millones salieron caminando para que otros redondearan haciendas. La desigualdad que hoy nos avergüenza ante el mundo la sembró con paciencia la misma estirpe conservadora que confundió la república con su finca, esa vieja plutocracia que llamó progreso a la acumulación y caridad a las migajas.
Y cuando el pueblo reclamó le respondieron con plomo y con etiqueta, porque la mano dura que tanto pregonan dejó su propio osario: muchachos pobres sacados de sus casas con engaños y presentados como bajas en combate, para inflar una cifra. La justicia transicional ya lo documentó, con cifras que duelen. Ese fue el fruto de la seguridad que ofrecían, madres buscando a sus hijos en cementerios sin nombre.
Y hablo de la ultraderecha y el conservatismo con nombre propio: lo que ofende a la inteligencia es que los que sembraron el odio regresen ahora de jardineros, jurando cerrar la brecha con la misma herramienta que la abrió. Prometen más mano dura disfrazada de firmeza, más plomo para los de abajo, más plutocracia con buenos modales, más frialdad para el que quedó atrapado en la pobreza. Su remedio contra la violencia es más violencia, su remedio contra la miseria es más privilegio, y su plan para los desposeídos es seguir sin verlos. El árbol promete sombra y solo sabe dar la del hacha.
Su remedio contra la violencia es más violencia, su remedio contra la miseria es más privilegio, y su plan para los desposeídos es seguir sin verlos
Los griegos tenían un dios para esta clase de hambre, y se llamaba Cronos, que devoraba a sus hijos apenas nacían porque una profecía le advirtió que uno de ellos lo destronaría, y prefería tragarse el futuro antes que ceder el trono. Eso es lo que ofrecen, un poder dispuesto a comerse a su propia descendencia con tal de durar otro siglo. Y este Cronos trae un agravante, porque el que ya ofreció lealtad a Washington por encima de Colombia devora para servir una mesa ajena, donde la entrada es nuestra soberanía, el plato fuerte será nuestra independencia y, al final, sin afán, los huesos y el tuétano de la nación.
Todo lo que esa estirpe sembró es justo lo que hoy combatimos: la violencia que aún no cesa, la brecha que humilla, el sectarismo que señala al distinto, el líder social muerto en su vereda, el joven perseguido por marchar y el viejo que se apaga en la fila de un hospital.
Por eso elegir de nuevo ese modelo es ofrecerse como hijo de Cronos: entregarle el trono a quien, tarde o temprano, lo devorará para seguir conservando sus privilegios. A aquel dios lo venció el único hijo que no alcanzó a tragarse, porque sobrevivió y recordó quién quería comérselo, y ese es el derecho que les queda a los hijos de Colombia: no dejarse devorar ni destripar para engordar a nadie. Reconocer al lobo no cuesta trabajo, porque enseña sus frutos sin pudor: se exhibe creyendo que el país cabe en su vanidad, le hace guiños al horror de ayer, y desprecia al pueblo que dice querer salvar. Apaguen el destello, miren bien el suelo y cuenten lo caído. Por sus frutos los conoceréis.
@HombreJurista
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