No oculto que soy tonto útil y emocionado. He dedicado muchas horas en los últimos días al Mundial, he programado los días para estar frente a algún televisor. El corazón ha palpitado más fuerte. He gritado los goles que quiero y he llegado a sentir dolor de cabeza en momentos de tensión como en los goles de Colombia, los de Croacia o los de algún país africano o suramericano se pierden por nada.
Pero qué le vamos a hacer. Tengo claro que esto es espectáculo de una gran corporación, una especie de estado desterritorializado, sin fronteras, que se llama FIFA. Esto es un negocio, uno de los más significativos en el mundo que se basa en la disputa y en la aspiración humana de victoria, de derrota del contrario. Y, como en cualquier negocio, no ganan los pequeños, los leales, los solidarios, ni mucho menos los ingenuos.
Ganan los duros, los duros en la industria, los que más venden jugadores, los que más convocan publicidad, los que más saben hacer de este negocio otros miles de negocios. Los duros en el fútbol hecho por esta gran corporación son los de siempre, incluso los que alguna vez lo fueron por puro mérito y ahora, además de mérito, mueven influencia de muchos dígitos en la bolsa como Brasil, Alemania, Francia, Argentina, Italia (ahora en decadencia, pero siempre ahí), España e Inglaterra, todos ellos los únicos campeones mundiales en casi 100 años de este torneo, del que alguna vez, o dos veces para ser exactos, también fue primero Uruguay (pequeño, sin influencia, y hoy sin mucho fútbol), pero todos ellos centro de producción de esta gran agencia brillante, estruendosa y televisada que disfrutamos hipnotizados.
¿Los demás? Decorado. Emocionante sí, bello sí, pero decorado: Croacia al que, desde que existe como país participante, siempre tumban con arbitrajes vergonzosos; los vistosos e ingenuos equipos africanos y, desde luego, Colombia que siempre, en esto del Mundial, va de la cima al último sótano del infierno, por sí mismo, o por algún pitido inventado en el momento justo.
Este año Estados Unidos tendrá que avanzar como sea, con Trump no se juega. Francia con un equipazo, Argentina, Brasil y España también irán escalando posiciones para que la burbuja del negocio, del negociazo, se infle.
A Colombia, que es un sólido equipo y ya aparece como rival posible de los duros, si hiciera todo bien, si no se autosaboteara como ha ocurrido en otras ocasiones, le irán bajando algún grado al volumen. El VAR en este caso medirá la uña del dedo meñique de un jugador en fuera de lugar, será penalti en su contra un respiro muy fuerte contra alguno de los contendores por venir o será tarjeta roja fruncir el ceño muy visiblemente ante el árbitro.
En la historia de este torneo hay cicatrices: la clasificación de Chile para 1974, con un gol solitario sin la Unión Soviética como equipo rival en el Estadio Nacional en donde torturaban gente mientras el equipo se clasificaba (y ojo pobre equipo, si no lo hacían los descuartizaba Pinochet). El gol inventado de Inglaterra a Alemania en el 66, la victoria pagada de Argentina ante Perú durante la dictadura sicópata de Videla en el 78, para que aquella se hiciera campeona (Argentina y la dictadura).
En fin, si Colombia quiere avanzar escalones tendrá que hacer todo bien, muy bien, no fallar, no pelear, no rozar, no hablar en voz extremadamente alta, hacer los goles de los que tenga ocasión y, en fin, buscar una celada de los dioses. De lo contrario cada cosa se la cobrarán hasta descalificarlo. Para los duros es un rival de cuidado, y el negocio FIFA cuida a los duros, ya está dicho.
En todo caso, veremos hoy el partido y transpiraremos. Y, aunque el negocio esté cantado, ojalá excepcionalmente tengamos que seguir sudando otros dos o tres partidos más en este Mundial.
Y, bueno, para cerrar: mientras haya mundial, la necrología política de la reciente campaña, de la reciente elección, está un poquito callada, y eso, cómo negarlo, da un respiro.
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