Texto escrito por: Jaime Velez Guerrero
La iniciativa denominada “Escudo de las Américas” evidencia el involucramiento de figuras de fuerte influencia y postura radical en la región, cercanas a Marco Rubio, quienes habrían participado en la creación de un entramado orientado al ejercicio de control económico, militar y político sobre las sociedades latinoamericanas.
Desde esta óptica, se advierte que dicho funcionario estadounidense ha impulsado la incursión armada en Venezuela, el indulto concedido al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico, así como el apoyo directo a aspirantes presidenciales en distintos países. Tales prácticas reflejan un nivel significativo de injerencia en asuntos estratégicos de alcance continental. En este contexto, el plan de confrontar a los carteles y al crimen transnacional puede interpretarse como un componente adicional dentro de un proyecto con miras a expandir el radio de poder de esa potencia en otras zonas.
Diversas fuentes indican que Rubio recibe asesoría de consultores colombianos que operan en la sombra, circunstancia que permitiría explicar el sentido de sus actuaciones. En términos concretos, su papel parece reducirse al de un borrego político, dedicado a reproducir las consignas emanadas de reducidos círculos de la élite oligárquica. A esta estrategia se suma el senador republicano por Ohio, Bernie Moreno, quien actúa como punta de lanza, señalando a los actores sobre los cuales debe concentrarse la presión política y diplomática.
Quienes cuestionan dicha directriz sostienen que, en lugar de atender las raíces del tráfico de drogas, se prioriza la intromisión en los asuntos internos de los países latinoamericanos. Bajo este enfoque, la dinámica de este mercado ilícito se convierte en un pretexto para extender instrumentos de cooperación que, de hecho, encubren intereses geopolíticos.
También suscita preocupación la actitud de gobiernos que respaldan estas medidas sin formular alternativas propias frente a los mandatos externos. Esta situación plantea interrogantes sobre el grado de independencia con el que ciertos líderes latinoamericanos conducen sus administraciones. En consecuencia, para diversos sectores, se considera llamativo que algunos gobernantes adopten sin mayor análisis las instrucciones de esa potencia, en lugar de diseñar programas acordes con sus realidades históricas y culturales.
Ante este panorama, es fundamental que la comunidad académica exija lineamientos responsables. Además, cualquier propuesta para afrontar el tráfico internacional de estupefacientes debe emanar de consensos multilaterales, dado que se trata de un fenómeno global que no admite imposiciones unilaterales. Su abordaje requiere la colaboración coordinada de todas las naciones y la construcción de compromisos de carácter vinculante.
En este escenario aparece el presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, cuya conducta genuflexa frente a Washington ha generado debate en distintos círculos, particularmente en materia de seguridad y política exterior. En ese sentido, lo que sí debe quedar claro es que “el tigre” deberá comprender que, con Trump, el horizonte cambia sin previo aviso: lo que hoy se perfila como un terreno firme puede convertirse mañana en un lodazal de exigencias y aislamiento. Al final, el alba siempre desvela lo que la noche intenta ocultar.
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