Durante años, las mujeres de Villa Gloria vivieron bajo reglas que parecían imposibles de romper. Muchas dependían completamente de sus esposos. No podían trabajar, salir solas ni tomar decisiones sobre su futuro. Su mundo se limitaba al hogar, al cuidado de los hijos y a las labores domésticas. Incluso, para varias de ellas, comprar algo para sí mismas dependía del dinero que recibieran de sus parejas.
Sin embargo, lo que parecía una historia destinada a repetirse generación tras generación comenzó a cambiar gracias a una sorpresa con visos de milagro: los manglares.

En esta pequeña comunidad, ubicada en la zona insular de Cartagena, la transformación empezó de la mano de Gloria Esther Sánchez, una mujer que se ha convertido en una de las voces más importantes del territorio. Además de liderar procesos comunitarios, es representante de la Asociación de Mujeres Negras Rurales y una de las principales defensoras de los derechos de las comunidades que habitan esta zona de Bolívar.
Su carácter firme y su formación como abogada terminaron siendo fundamentales para cambiar el rumbo de Villa Gloria. Cuando conoció los planes para la construcción del viaducto El Gran Manglar, Gloria descubrió que su comunidad no había sido incluida dentro de las discusiones sobre el proyecto. La decisión la indignó. Consideraba que las familias que vivían junto al ecosistema debían ser escuchadas y participar en las decisiones que afectarían su territorio. Por eso acudió a la justicia.
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La tutela que presentó terminó favoreciendo a la comunidad y abrió la puerta para una serie de acuerdos relacionados con la restauración ambiental, la reforestación de manglares y la participación de los habitantes en los procesos de recuperación ecológica.
La lucha de las mujeres de Villa Gloria para conseguir su libertad
Aquella decisión terminaría cambiando muchas vidas. Antes de que comenzara el proyecto, la situación económica era difícil para numerosas familias. Había hogares donde apenas alcanzaba para una, con suerte dos, comidas al día. Algunos niños asistían al colegio sin desayunar y los pequeños gastos cotidianos se convertían en lujos imposibles de asumir.

La dependencia económica también generaba otras problemáticas. Varias mujeres vivían situaciones de violencia intrafamiliar o limitaciones que les impedían construir un proyecto de vida propio.
De repente, algo empezó a cambiar. Las conversaciones entre mujeres permitieron que muchas compartieran experiencias similares y encontraran apoyo mutuo. Poco a poco, comenzaron a organizarse y a participar en los procesos de restauración ambiental impulsados en la comunidad.
Lo que inició como un proyecto ecológico terminó convirtiéndose en una herramienta de empoderamiento. Actualmente participan 26 mujeres junto a sus familias y 18 pescadores que apoyan las labores de restauración. Durante las temporadas de siembra, algunas pueden obtener ingresos cercanos a los 600 mil pesos mensuales, una suma que representa un alivio importante para hogares que durante años dependieron de una sola fuente de ingresos.

Varias también han comenzado pequeños cultivos y emprendimientos complementarios que les permiten generar recursos adicionales. Muchas dejaron de ser vistas únicamente como amas de casa. Ahora son trabajadoras, líderes comunitarias y, en numerosos casos, el principal sustento económico de sus hogares.
Algunas incluso piensan en el futuro de manera distinta. Entre ellas, hay mujeres que sueñan con estudiar derecho, psicología y otras carreras profesionales para continuar fortaleciendo el legado que hoy construyen.
Los manglares que sanaron este rincón de Bolívar
La restauración de manglares sigue el ritmo de la naturaleza. La siembra solo puede realizarse durante la temporada de lluvias, generalmente entre octubre y diciembre.
Por eso las jornadas comienzan antes del amanecer. Las mujeres preparan el desayuno, organizan a sus hijos y salen rumbo a los puntos de trabajo. La marea dicta las reglas. Observando el movimiento del agua, identifican dónde se concentran las semillas y comienza el proceso de recolección y clasificación. Gracias a este trabajo, la comunidad ha logrado sembrar entre 20.000 y 40.000 plántulas cada año.

Posteriormente las semillas son llevadas a viveros donde reciben el tratamiento necesario antes de ser trasladadas a las zonas de restauración.
En este proceso han contado con el acompañamiento de organizaciones como EcoExplora, encargada de brindar apoyo técnico y capacitación especializada.
Cinco meses después de la recolección comienza una nueva etapa. Los pescadores de la comunidad participan activamente en la selección de los terrenos y en el trasplante de los mangles, asegurando que las nuevas plantas tengan mayores posibilidades de supervivencia.
Mientras llegan nuevas temporadas de siembra, la comunidad continúa monitoreando y cuidando las áreas restauradas.
Hoy Villa Gloria no solo trabaja en la recuperación de la ciénaga. También participa en proyectos ambientales, iniciativas turísticas y procesos de formación que incluyen clases de inglés, gastronomía y atención a visitantes.
Lo que comenzó como una lucha por ser escuchados terminó convirtiéndose en una oportunidad para transformar un territorio entero. Y para muchas de estas mujeres, la libertad llegó donde menos lo esperaban: entre el agua salobre, el barro y las raíces de los manglares que hoy ayudan a inspirar la vida de la comunidad.
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