Texto escrito por: Andrea Lozada Zafra
Colombia lleva años perfeccionando un arte peculiar: votar no por alguien, sino en contra de alguien. El voto castigo se ha convertido en el motor de nuestra política. No elegimos proyectos, ejecutamos venganzas colectivas. El problema es que ese voto, legítimo en su rabia pero no por eso la mejor opción, nos ha llevado a un escenario que ya no se distingue de un reality show.
Vivimos en una época de ruido permanente: notificaciones, declaraciones incendiarias, escándalos de 48 horas y debates que no buscan la verdad sino la tendencia. En medio de ese estruendo, pensar se vuelve un lujo y la superficialidad se instala como norma.
Los candidatos ya no necesitan ideas profundas sino frases que circulen. No requieren propuestas sino momentos virales y controversias para mantener el rating. La política se vacía de contenido y se llena de espectáculo, y el ciudadano termina siendo juez de un concurso que vio pero no entendió.
La diferencia con La Casa de los Famosos es que aquí las consecuencias son reales. Las burbujas ideológicas ejercen un papel crucial en este reality show: son expertas en fabricar enemigos y en hacer que votemos con el hígado antes que con el cerebro. Nos ofrecen identidad a cambio de pensamiento.
El problema es que la indignación sin criterio es el combustible que otros usan para ocasionar incendios, y en medio de tanto ruido y tanta superficie, lo que se pierde es lo más valioso: nuestra libertad como seres humanos. La libertad de dudar, de contradecirnos o de no caber en una etiqueta.
Recuperar la libertad individual es el gesto político más profundo que existe. Informarse más allá del meme, escuchar al que piensa distinto, votar a favor de algo y no solo en contra de alguien, esos son actos de soberanía personal en tiempos en que el ruido quiere hacernos creer que no hay tiempo para pensar.
Mientras sigamos eligiendo en contra y no a favor, seguiremos siendo parte de una audiencia y no arquitectos de nuestro propio destino.
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