Si se observan con cierta distancia histórica las últimas tres elecciones presidenciales colombianas, resulta evidente que el país dejó atrás el momento de hegemonía casi absoluta que el uribismo alcanzó durante buena parte de comienzos del siglo XXI. Lo que ha emergido desde entonces es otra escena política: una sociedad atravesada por dos grandes fuerzas en disputa, dos narrativas de cambio y dos formas distintas de interpretar la vida nacional.
Las elecciones de 2014 fueron, en muchos sentidos, el comienzo visible de esas mutaciones. Aunque el uribismo seguía siendo la principal fuerza electoral organizada del país, ya comenzaban a aparecer fisuras importantes en el consenso político que había dominado durante la década anterior. Juan Manuel Santos -proveniente de las toldas tradicionales- buscaba la reelección defendiendo la continuidad del proceso de paz con las FARC, mientras Óscar Iván Zuluaga representaba el retorno a una línea dura de seguridad y confrontación impulsada por el expresidente Álvaro Uribe.
En la primera vuelta de 2014, Zuluaga obtuvo 3.769.005 votos, equivalentes al 29,25%, mientras Santos alcanzó 3.310.794 votos, con el 25,69%. Sin embargo, el dato más significativo de aquella elección quizá no estaba únicamente en esos resultados, sino en la suma de otras fuerzas que comenzaban a reclamar un lugar propio en el debate nacional. Clara López alcanzó 1.958.414 votos desde una plataforma claramente alternativa y progresista, mientras sectores de centro terminarían inclinándose posteriormente hacia la defensa del proceso de paz.
La segunda vuelta de 2014 fue entonces algo más que una disputa entre dos candidatos. Fue una confrontación entre dos lecturas del país. Santos logró reorganizar una coalición amplia alrededor de la paz y alcanzó 7.839.342 votos frente a los 6.917.001 de Zuluaga. Allí comenzó a dibujarse una polarización distinta a las tradicionales divisiones liberales y conservadoras: de un lado, sectores que concebían la negociación política y ciertas reformas democráticas como horizonte; del otro, una narrativa de autoridad, seguridad y desconfianza frente a las transformaciones institucionales impulsadas desde las negociaciones de La Habana.
Pero fue realmente en 2018 cuando el progresismo colombiano dejó de ser una corriente marginal para convertirse en una fuerza nacional plenamente competitiva. La candidatura de Gustavo Petro consiguió 4.855.069 votos en primera vuelta, superando por apenas 252.153 votos a Sergio Fajardo, quien representaba una opción de centro moderado. Mientras Iván Duque alcanzaba 7.616.857 votos impulsado todavía por la enorme capacidad de movilización electoral del uribismo, Petro lograba instalar un hecho político nuevo: una izquierda capaz de disputar el poder nacional con posibilidades reales.
La segunda vuelta de 2018 consolidó ese fenómeno. Aunque Duque ganó con 10.398.689 votos frente a los 8.034.189 obtenidos por Petro, el salto electoral del progresismo fue enorme. En apenas tres semanas, Petro pasó de 4,8 millones a más de 8 millones de votos. Colombia comenzaba a mostrar un reordenamiento profundo de sus sensibilidades políticas. El progresismo ya no aparecía únicamente asociado a minorías intelectuales, sindicales o urbanas; empezaba a convertirse en una identidad política robusta, extendida territorialmente y con capacidad de interpelar a amplios sectores juveniles, populares y de clases medias.
Ese crecimiento tendría su punto más alto en las elecciones del 2022 que se realizaron pos estallido social 2021. En primera vuelta, Gustavo Petro obtuvo 8.527.768 votos, equivalentes al 40,33%, mientras Rodolfo Hernández alcanzó 5.953.209 votos. Por primera vez en la historia contemporánea de Colombia, una candidatura claramente identificada con el progresismo llegaba a la presidencia con una ventaja amplia desde la primera vuelta.
Sin embargo, la segunda vuelta mostró nuevamente la profundidad de la polarización política colombiana. Petro ganó con 11.281.013 votos frente a los 10.580.412 de Hernández. La diferencia fue de apenas 700.601 votos, revelando que el país continuaba dividido alrededor de dos grandes horizontes políticos y culturales.
Las últimas tres elecciones muestran una transformación histórica del régimen político colombiano
El progresismo pasó de ser una fuerza secundaria en 2014 a convertirse en una mayoría electoral posible en 2022. Pero al mismo tiempo, también muestran que el bloque conservador, liberal de mercado y de tradición uribista mantiene una enorme capacidad de movilización social y electoral.
Por eso, la discusión política contemporánea ya no puede reducirse a la idea de una hegemonía unilateral. Colombia parece haber ingresado en una etapa de disputa prolongada entre dos proyectos de país relativamente equilibrados. De un lado, una agenda que insiste en reformas sociales, ampliación democrática, transición energética, implementación de la paz y reconocimiento de desigualdades históricas. Del otro, sectores que privilegian la estabilidad institucional tradicional, el orden, el mercado y una visión más conservadora de las transformaciones sociales.
Incluso después de un gobierno altamente polémico y sometido a fuertes tensiones institucionales y mediáticas, Gustavo Petro mantiene altos niveles de reconocimiento político y conserva una base electoral considerable para dar continuidad a su programa. Eso indica que el progresismo colombiano dejó de ser un fenómeno coyuntural para convertirse en una realidad estructural de la vida política nacional.
La pregunta hacia adelante no parece ser simplemente quién ganará las próximas elecciones, sino qué tipo de horizonte colectivo logrará interpretar mejor las incertidumbres sociales del país. La sociedad colombiana se encuentra ante una disputa histórica entre dos caminos de cambio opuestos. Ambos hablan en nombre de la transformación, pero proponen sentidos diferentes sobre la vida en común, la democracia, la seguridad, la igualdad y el futuro nacional.
En ese contexto, el voto deja de ser solamente una adhesión partidista; se convierte en una decisión sobre el tipo de país que se considera posible y deseable, y quizás esa sea la principal transformación política de Colombia durante la última década: la aparición de una ciudadanía que, más allá de las viejas lealtades tradicionales, comienza a deliberar cada vez más sobre proyectos históricos de sociedad.
Del mismo autor:Colombia buscando horizontes
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