Las sociedades individualizadas suelen reducir el cuidado a espacios cada vez más estrechos: madres solas, familias desbordadas, instituciones saturadas.

Esteban Reyes, director nacional de Aldeas Infantiles SOS - La forma en que un país cuida a sus niños y sus familias

Hay una manera sencilla de medir qué tan avanzada es una sociedad: observar cómo trata a sus más débiles. Un país que logra cuidar a sus niños, especialmente a los más vulnerables, es un país que ha aprendido a ser incluyente con todos. Porque si el Estado y la sociedad son capaces de proteger a quienes no tienen voz, no votan y no pueden defenderse solos, entonces han construido algo mucho más profundo que prosperidad económica: han construido una cultura del cuidado mutuo. La niñez es, en ese sentido, el mejor termómetro de una nación.

Eso explica por qué las sociedades que hoy son referentes de desarrollo no llegaron allí únicamente por decisiones económicas o tecnocráticas. Muchas entendieron antes que otras que el cuidado de la infancia y el fortalecimiento de las familias no son asuntos marginales de política pública, sino una forma de construir país.

Las sociedades nórdicas son el referente más citado. En Finlandia, cada niño tiene garantizado un lugar en educación preescolar de calidad desde los nueve meses de vida, independientemente del ingreso de su familia. En Suecia y Noruega, las licencias de paternidad son obligatorias para ambos padres, porque el cuidado de los hijos es considerado una responsabilidad social, no solo materna. En Dinamarca, el Estado financia hasta el 75% del costo de la educación infantil. El cuidado infantil no es allí un renglón más del presupuesto social: es una apuesta estructural por la cohesión, la productividad y el futuro.

Pero no se trata únicamente de recursos. Se trata de voluntad política y de cultura. Y los ejemplos de países que han avanzado con decisión en esta dirección, incluso desde condiciones adversas, están más cerca de lo que parece.

Uruguay fue el primer país de América Latina en crear, mediante ley, en 2015, un Sistema Nacional Integral de Cuidados que garantiza atención a niños desde los primeros meses de vida, independientemente del ingreso familiar. Costa Rica construyó e institucionalizó por ley en 2014 una Red Nacional de Cuido y Desarrollo Infantil que articula recursos públicos, privados y comunitarios en torno a la primera infancia. Chile institucionalizó por ley en 2009 el programa "Chile Crece Contigo" como política de Estado. Ninguno de estos países es especialmente rico. Pero todos tomaron una decisión política clara: convertir el cuidado de la infancia en ley, no en promesa.

En muchas comunidades africanas existe una idea sencilla pero poderosa, recogida en un proverbio tradicional: se necesita una aldea entera para criar a un niño. No es una abstracción poética sino una comprensión práctica de la vida colectiva. Los niños crecen rodeados de múltiples adultos, múltiples referencias y múltiples cuidados. Algo parecido ocurre todavía en muchas comunidades indígenas y rurales de América Latina, donde la infancia sigue siendo una responsabilidad compartida y no exclusivamente doméstica. Allí, cuando un niño sufre, la comunidad siente que algo suyo también está fallando.

Ruanda llevó esa convicción al nivel del Estado. Hace apenas tres décadas, el país vivió uno de los genocidios más atroces de la historia contemporánea. Cerca de un millón de personas fueron asesinadas en pocos meses. Miles de niños quedaron huérfanos, desplazados o marcados por una violencia imposible de dimensionar. Era un país roto material y emocionalmente. Sin embargo, entendió algo decisivo: no bastaba con reconstruir las instituciones; había que reconstruir el tejido humano. Fortaleció redes comunitarias de salud, promovió sistemas de acompañamiento local, impulsó la educación y desarrolló formas de participación colectiva donde el cuidado dejó de ser únicamente una responsabilidad exclusiva de las familias. La convicción era clara: ningún niño podía quedar solo si el país quería reconstruirse de manera sostenible.

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Treinta años después, Ruanda es una de las naciones de más rápido crecimiento en África, con una de las tasas más bajas de mortalidad infantil del continente y avances importantes en cobertura de salud, reducción de pobreza y un crecimiento económico sostenido donde el PIB per cápita ha crecido a más del doble en ese periodo, según datos del Banco Mundial. No es una coincidencia: es el resultado de haber puesto a la infancia en el centro.

En cambio, las sociedades profundamente individualizadas suelen reducir el cuidado a espacios cada vez más estrechos y agotados: madres solas, familias desbordadas, instituciones saturadas. Y luego se sorprenden cuando aparecen la violencia, la desesperanza o la fractura del tejido social.

Colombia discute permanentemente sobre seguridad, crecimiento económico o polarización política. Y, sin embargo, en plena campaña presidencial, la infancia y la familia siguen ocupando un lugar secundario en los debates y en los programas de gobierno. Quienes trabajamos en Aldeas Infantiles SOS vemos todos los días las consecuencias de esa ausencia de prioridad: familias vulnerables desbordadas y niños que han perdido el cuidado parental o están en riesgo de perderlo.

Lo que aparece allí no es simplemente un problema técnico, sino una decisión política sobre qué temas ocupan realmente el centro de la agenda pública. Y la campaña presidencial en curso lo confirma: desde NiñezYA convocamos a los candidatos presidenciales a un conversatorio con niños y niñas de diferentes regiones del país, con meses de anticipación. Los cuatro que puntean en las encuestas no asistieron. Su ausencia dice más que sus discursos.

Es difícil imaginar una transformación profunda mientras millones de niños sigan creciendo entre abandono, miedo o indiferencia colectiva y política. Porque la violencia no comienza únicamente con un arma. Muchas veces comienza mucho antes: en la infancia humillada, invisibilizada o rota. En familias desbordadas y sin suficientes redes de apoyo para cuidar. La paradoja es contundente. Aunque la Constitución reconoce a la familia como núcleo fundamental de la sociedad, hoy miles de niños y niñas siguen creciendo en contextos marcados por abandono, violencia, negligencia o ruptura de vínculos protectores. Según cifras del ICBF, más de 67.000 niños, niñas y adolescentes se encuentran actualmente en procesos de protección tras haber sufrido graves vulneraciones de derechos.

Eso obliga a replantear una idea profundamente instalada: que la familia se define únicamente por los vínculos biológicos. En la práctica, millones de niños dependen también de otros lazos, otras redes y otras formas de cuidado para crecer protegidos.

Desde Aldeas Infantiles SOS hemos querido poner esa conversación sobre la mesa con la campaña “No eres mi sangre, pero eres mi familia”, que busca recordar algo esencial: que el cuidado, la protección y el afecto también pueden construirse desde vínculos elegidos, sostenidos y acompañados socialmente.

Porque tal vez las sociedades más avanzadas no sean simplemente las más ricas. Quizás sean aquellas capaces de construir una cultura donde ningún niño sienta que sobra y donde ninguna familia tenga que enfrentar sola el desafío de cuidar.

Y acaso toda gran transformación nacional empiece exactamente ahí: en el momento en que una sociedad decide que cuidar a sus niños no es una responsabilidad privada ni marginal, sino el fundamento mismo de la vida colectiva.


Perfil Esteban Reyes, Director Nacional de Aldeas Infantiles SOS

Abogado de la Universidad de Los Andes, master en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana y master en Derechos de la Infancia de la Université Paris 8, en Francia. Actualmente es director nacional de Aldeas Infantiles SOS, una ONG internacional que brinda cuidado directo a niños, niñas, adolescentes y jóvenes en situación de desprotección, fortalece familias en situaciones de riesgo o crisis, y aboga por la defensa de los derechos de la niñez y las familias.

Su amor por las causas sociales y, principalmente, de la niñez, lo llevó a trabajar en la Fundación Tiempo de Juego, la Defensoría del Pueblo, entre otras entidades, donde se relacionó con la protección de los derechos de las poblaciones más vulnerables y reconoció de cerca las necesidades de niños y niñas.

Del autor: Atacar a las mujeres, violentar a la niñez

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