Opinión

¿Y cuáles son sus propósitos?

Por:
enero 13, 2014
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No solo el Estado colombiano del cual hacemos parte constitutiva, por ser la población activa y dinámica que vive en su territorio, es quien debe hacer la tarea de transformar para bien lo que se ha hecho mal.

Los ciudadanos pueden hacer mucho más de lo que se cree, desde un comportamiento más acorde con las expectativas de un gran país, que requiere reconciliarse y desescalar la intensidad de sus conflictos.

Vale la pena en estos primeros días de relativa calma, frenar tanto ruido y apaciguar las pasiones y los estómagos maltratados por la gula, las celebraciones y el relajamiento excesivo, antes que se inicie la ebullición de acontecimientos que generan las elecciones del nuevo Congreso, la carrera por la Casa de Nariño, la Semana Santa, la firma de los acuerdos con las Farc, el mundial de fútbol, y los acostumbrados 47 carnavales, ferias y encuentros folclóricos, con los que se prende la fiesta cultural en Colombia, todos programados rigurosamente para que la gente no inicie aburrida el año.

Antes que la rumba, por qué no preguntar cuáles son los propósitos que debo trazarme como padre de familia para educar mejor a mis hijos,  orientarlos para que sean buenos ciudadanos y que ayuden a inventar un país con mejores prácticas democráticas, que derriben el desorden, la cultura mafiosa del cómo voy yo en ese negocio, las triquiñuelas, y las ganas de triunfar rivalizando por encima de cualquiera que se atraviese en el camino.

Preguntémonos: cuáles son los propósitos que aspiro a cumplir como profesional en cualquier ramo, para hacer mejor las cosas y ayudar a reconstruir un país con menos desequilibrios, inequidades, injusticias, exclusiones, atropellos, robos, corrupción y grandes diferencias...

¿Qué puedo hacer como persona para cumplir con mis deberes ciudadanos, respetar el medio ambiente, disminuir mi orgullo, el ego que me hace sentir más importante y más grande que el prójimo con el poder de gritar, avasallar, no dejar pasar el carro que me pide paso;  qué puedo hacer para eliminar la indisciplina;  qué puedo hacer para derribar la cultura del truco?

El nuevo año con sus propósitos están directamente relacionados, pues no podemos repetir los mismos errores, si queremos transitar a un escenario de desarrollo y posconflicto, cuando el mayor conflicto lo llevamos por dentro.

El nuevo año debe permitir que entre todos podamos derribar los estigmas que nos señalan como intolerantes, rencorosos y groseros.

Ambrosio Alfinger, depredador conquistador, muerto a manos de los indios chitareros en las bravas tierras de Santander, tras cuatro días de agonía, causada por una flecha que le atravesó la garganta, es el arquetipo bárbaro que avasalló durante la conquista, la tierra colombiana.

De ese modelo violento pudimos tomar las malas costumbres que nos carcomen y que no nos permiten vivir en paz. La conquista de individuos como este Ambrosio Alfinger fue violenta; ese tipejo arrasó tribus enteras, esclavizando indígenas para que les entregaran sus utensilios que fabricaban manualmente con oro.

Los nativos pagaban oro para rescatar caciques y así se implantó desde entonces en nuestro territorio la Ley del Talión. Durante el siglo XX, delincuentes de cuello blanco, los paras, guerrillas y narcos asumieron ese papel.

Los indígenas se vengaban con violencia y ganaban algunas batallas; las que ganaban las pagaban a los españoles con la misma moneda: violencia y venganza. La barbarie de Alfinger era respondida por los indios con la misma brutalidad.

El reto que hoy tenemos en medio de esta sociedad irascible y mal educada, es no entrar en el círculo vicioso, ni en los espirales de Alfinger que contienen venganza, brutalidad y rencor.

La Colombia que debemos repensar para este año tiene que motivarnos a hacer un ejercicio de renovación institucional. Los colombianos somos el resultado de mestizajes, etnias, grupos, gentes diferentes y complejas buscando identidad, persiguiendo espacios para galopar hacia el encuentro de lo que nos ha sido esquivo: la Paz.

El colombiano está inundado de nobleza a pesar de sus defectos, contradicciones y disposición a rivalizar y el país merece mucho más que sus paisajes.

Por qué no proponernos entonces: menos parroquialismo y más eficiencia; menos pasiones y más cerebro; menos rivalidad y más nobleza; menos prejuicios, más comprensión, respeto y reflexión; menos quejosos de su suerte y más tolerancia y esfuerzo; menos jolgorio y más trabajo; necesitamos mucho más compromiso personal en este nuevo año y que los nobles sentimientos que inspiran la alegría de la Navidad, no terminen con la acción de desarmar el árbol y el pesebre, sino que permanezcan todos los días de este 2014 en el corazón de todos los colombianos.

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