Opinión

La gran colonia y La Habana

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enero 13, 2014
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Las revelaciones del Washington Post sobre el flagrante intervencionismo estadounidense no comprometerán seriamente el curso de La Habana pues “se negocia en medio de la guerra”, principio que manufacturaron las Farc en el malhadado proceso del Caguán y que, gracias al cambio de correlación de fuerzas en los campos de batalla, retomó el gobierno santista y es parte integral de las reglas de juego. De este modo la guerrilla no puede sino seguir adelante en una estrategia que, además, ha sintonizado con la nueva política exterior de Cuba. Según dijo recientemente Raúl Castro, su país aspira a unas “relaciones civilizadas” con el poderoso vecino del norte.

Las operaciones encubiertas en el extranjero, militares y de inteligencia, son un asunto complejo en el campo político-legal interno de Estados Unidos. Según se sabe ahora, el bombardeo al campamento de Raúl Reyes en Sucumbíos, fue una operación de relojería fina que abrió el camino a la estrategia de la CIA de asesinar jefes guerrilleros. Frente a este tipo de revelaciones, la política oficial de Estados Unidos es guardar silencio, ni confirmar, ni desmentir, como acaba de comprobarlo el gobierno ecuatoriano que exigió explicaciones. En Colombia, todo sucedió conforme a valores entendidos. Así que en el campo de las Farc en La Habana, la noticia más importante de la semana fue la incorporación a la mesa del cantante guerrillero Julián Conrado. Sobre las mencionadas operaciones de la CIA solo se produjo el rechazo protocolario de las Farc mediante una declaración que tuvo su contraparte en la paladina aceptación del actual gobierno colombiano y del mismo Uribe. Aparte de esto, reinó una especie de asentimiento generalizado; en la prensa, más indiferencia que análisis serio, y silencio cómplice en los representantes de las otras ramas del poder público. En el largo plazo, es como si hubiésemos marchado de la Gran Colombia a la gran colonia.

Pese a que Estados Unidos, Leviatán de espada desenvainada, sea parte del paisaje colombiano de guerra y paz, hay otros aspectos a considerar. Debe reconocerse que, venciendo la desconfianza de los colombianos, avanzan en La Habana las conversaciones de paz. Desde sus comienzos sostuve que rompían el molde de 20 años de negociaciones gobierno-guerrillas (1982-2002) y que abrían esperanzas bien fundadas en alcanzar un pacto serio. Apuesta riesgosa entonces pues en el 2013 fue notable el progreso en varios puntos de la agenda pactada conduciendo a escépticos y críticos negativos de primer momento a brindar cada vez más apoyo al proceso de La Habana, salvo, claro está, el uribismo.

Esto se debe en gran medida a que los representantes de las partes han mostrado cierto pragmatismo y marrullería. Asunto relevante cuando los colombianos, movidos por la inercia y asediados por la propaganda política, no estamos para apreciar matices ni mucho menos la tragedia histórica que representa la violencia pública en la marcha del país. Vivimos un momento de patinaje en el tinglado de clasificaciones dicotómicas, héroe/traidor, que, según quien hable, resultan ser Santos o Uribe. De semejante reduccionismo surge la dificultad de pensar antes de trinar; de trinar sin alharaca ni insultos; la dificultad práctica de despersonalizar y establecer para la política un horizonte social y temporal más allá del antagonismo emocional del momento.

Como lo que pasa en La Habana, o lo que se dice que allá pasa, tiene significados en el tejemaneje politiquero es de esperar que la propaganda sea más negra a medida que tomen fuerza las campañas electorales. Literalmente desarmada y expuesta la parapolítica, sus agentes siguen enfrentando procesos judiciales lo que ha limitado el objetivo uribista de neutralizar los avances de La Habana. Pero entre las condiciones del progreso en la capital cubana debe mencionarse el circunspecto juego bipartidista de Washington. Sin la bendición de la Casa Blanca y el Congreso, Santos no hubiera osado buscar canales diplomáticos con las Farc, solicitando, en primer lugar, la mediación de Chávez. En la medida en que funcionó la salida diplomática, fue posible la ronda de conversaciones secretas de representantes oficiosos del presidente de Colombia y miembros del Secretariado de las Farc en la Habana,  —de febrero a agosto de 2012— que culminaron exitosamente en el acuerdo sobre una agenda y un método. Los avances en la agenda reciben aplausos de la Casa Blanca y el Departamento de Estado. Espaldarazo decisivo que, junto con un apoyo diplomático generalizado en el mundo, compromete más a las partes.

Como en toda negociación de poder, la de La Habana no puede comprenderse sin los vaivenes de la política en el aquí y el ahora, esto es, en el caldo electoral que empieza a espesar. Por eso, la propaganda, gobiernista o uribista, debe echarse a la basura, sin dejar de encomiar al mismo tiempo la voluntad política que asiste a las partes que negocian un acuerdo sensato y perdurable.

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