Opinión

Whatsapp es la vida real

Uno de los mayores males a los que nos enfrentamos es el aislamiento total de los demás

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junio 07, 2020
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Whatsapp es la vida real
De vez en cuando se toma el teléfono y de la lista de contactos se manda un saludo a alguien que está en el olvido en esa lista

Se repite: cuando esto acabe, tal cosa. Cuando pase el problema, otra cosa. Después del virus, por acá se arregla esto. Y, el más cruel de todos, en la pospandemia, hacemos esto otro. Son engaños. Y, en algunos casos, el más grave de los engaños: el autoengaño. Porque esto no va a acabar, no va a pasar, ni va haber pospandemia durante un tiempo suficiente para que los planes, las soluciones y las propuestas que se hacen hoy esperando un final cercano tengan alguna relevancia. La realidad concreta es la pandemia y los ajustes que se deban hacer son para los tiempos de la pandemia. Entre otras porque, así tuviéramos la fortuna de tener alguna solución en el “corto plazo”, no sabemos cómo terminan las pandemias. Sabemos cómo terminan los huracanes, los terremotos, inclusive, algo sabemos sobre cómo terminan las guerras, pero no las pandemias. El mundo actual es estructuralmente distinto al de todas las otras pandemias. Cualquier plan que se haga para “después” de la pandemia parte de dos premisas erradas: que realmente va a haber un después y que se puede prever cómo será ese después.

Es como si siguiéramos tratando de poner la vida “real” en pausa, suponiendo que estos tiempos son otra cosa. Me acuerdo de algunas vacaciones, en la infancia, en dónde jugábamos horas y horas Play Station y, por las noches, soñaba con los juegos. La vida real eran los juegos porque la vida real es a la que se le dedica el tiempo. ¿O es a la que se dedican los pensamientos? Puede ser algo de ambas. El pensamiento que no está anclado en alguna realidad concreta es un sueño. Hay riesgos con soñar demasiado. Algunos, usan máscaras en las redes sociales. Pienso en un conocido que me mostró un día uno de sus perfiles falsos en dónde insultaba jugadores de fútbol. Le pregunté que si no le aburría pasar sus horas en una red social y, peor aún, insultando gente con un nombre falso. Me dijo que no, que eso era por divertirse, que en “la vida real” no era así.

Pasaba horas al día en esas, pensando el insulto, respondiendo otros insultos, y así.


Están los grupos, el de los amigos de la universidad, el de los amigos del colegio, el del trabajo uno, el del trabajo dos, el del trabajo tres, el de la familia…


El celular tiene una aplicación que dice cuánto tiempo pasa uno en el celular, en qué aplicaciones, cuántas veces lo revisa. Miro, regularmente, esa aplicación, con la ilusión de no tener muchas horas, de haber levantado pocas veces el teléfono. Vuelve el autoengaño: el tiempo que no pasé ahí probablemente lo ocupé en otro aparato, en otra pantalla. Está alto en la lista de aplicaciones, el whatsapp. Horas a la semana en whatsapp. Muchas más, probablemente, de las que paso concentrado y atento a cualquier otra persona en particular. Están los grupos, el de los amigos de la universidad, el de los amigos del colegio, el del trabajo uno, el del trabajo dos, el del trabajo tres, el de la familia de un lado, el de la familia del otro. Están los que se autopromueven por whatsapp mandando regularmente, sin que uno les haya dado permiso, lo que sea que están promoviendo. Está el amigo de toda la vida, está la novia, está el jefe.

Pensaba, hasta hace un tiempo, que whatsapp era otra red social, con las que suelo tener cuidado porque después de muy pocos minutos siento que el tiempo ahí invertido no vale la pena. Autoengaño. Whatsapp es la vida, es la vida real. La pandemia, en este punto, es una excusa, esa tendencia viene de algunos años ya. Encuentro valor en whatsapp, muchas veces: un grupo de líderes comunitarios compartiendo experiencias y trabajo social me reconcilia con el espíritu humano, reírme de las mismas bobadas de hace décadas con los amigos de siempre, ofuscarme con el amigo obsesivo que solo puede entender la vida a través de su odio por un político.

Me ha pasado que he soñado con el pasado, bastante más de lo usual, en estos meses de encierro. Supongo que ver el mismo paisaje, las mismas calles y estar moviéndome en un espacio reducido, hace que la mente tenga pocas referencias nuevas para procesar en los sueños. No sé, quién sabe qué son los sueños. He tratado de hacer algo nuevo: escribir a las personas en esos sueños, muchos de ellos con los que no hablo hace años, mandando un saludo y preguntando cómo van las cosas. Ha sido una buena experiencia. De vez en cuando, tomo el teléfono, voy por la lista de contactos y mando un saludo a alguien que estaba en el olvido en esa lista.

Pienso que esta es la vida real y que, uno de los mayores males a los que nos enfrentamos, es el aislamiento total de los demás. Trato de encontrar autenticidad, en esos saludos, en ese uso del whatsapp. No sé en qué terminará.

@afajardoa

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