Opinión

“¡Venga que todo lo tengo caliente!”

Les confieso que hacía rato no me decían en una conversación tan corta tanto “mi amor” y “mi vida”

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Febrero 15, 2017
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Pasé mi infancia en no pocas regiones del país, razón por la cual me encantan las fiestas de pueblo con sus bombas, máscaras, bolas con caucho, pitos, linternas, música y —por supuesto— algodón de azúcar… Pero por sobre todas las cosas, con la historia que las respalda y de la cual los mismos colombianos no sabemos.

Una de ellas es El Festival del Frito en Cartagena. Lo descubrí por un afiche que me envió por Twitter un oyente de La Heroica, quien me escuchó cubriendo el muy encumbrado y maravilloso Hay Festival. Era todo un montaje ubicado en el parqueadero del Monumento a los Zapatos Viejos, muy cerca del cerro de La Popa, y con delicias que se freían en grandes sartenes, en puestos ubicados ordenadamente al aire libre.

Llegué en un taxi al lugar, con la complicidad del técnico barranquillero de Blu. Lo primero que vimos entrando fue un puesto de dulces costeños de todo tipo, incluidas las infaltables bolitas de tamarindo que me fascinan. Comenzamos el recorrido y muy pronto uno de los vendedores me evidenció con su forma de ofrecer los fritos que estaba con la fantástica y original gente costeña: “Venga que todo lo tengo caliente”. Inmediatamente solté la carcajada, me acerqué y le dije: “A ver, qué es todo lo que tiene caliente”, y me volví a reír.

Entonces preferí grabarle su oferta y aquí se las comparto.

Les confieso que hacía rato no me decían en una conversación tan corta tantos “mi amor” y “mi vida”, pero así de informales son las cosas en las tierras Caribe. Hasta ahí todo era lo que se anunciaba: ¡muchos fritos que probé uno a uno! Lo que no me imaginé es que el festival es solo una parte de la ancestral Fiesta de Nuestra Señora de la Candelaria (virgen morena), una de las más antiguas del país (data de comienzos del 1600), que tiene todo que ver con la esclavitud y la evangelización española.

Seguí mi recorrido y poco a poco me fui tropezando con una cabalgata infantil (caballitos de madera), un desfile de niños y adolescentes vestidos y bailando cumbia al son de gaitas y asistentes vestidos con trajes de época; cosas que jamás imaginé encontrar. Todo me sorprendía cada vez más. Al final, en la tarima, vi con asombro que los jóvenes no concursaban por la mejor interpretación de cantantes, ni de champeta… ¡Competían por la pareja que mejor bailara cumbia! Así como lo leen: C U M B I A. Con gracia, con gusto, con sonrisas, con amor a los ancestros, a los orígenes… A la tierra que los vio nacer y que con dificultades, pero con mucha alegría, los alberga.

 

Los jóvenes no concursaban por la mejor interpretación de cantantes,
ni de champeta… ¡Competían por la pareja que mejor bailara cumbia!
Así como lo leen: C U M B I A

 

 

Me encontré este texto que cuenta cómo “sus orígenes datan de la época colonial, cuando se construía un gran salón especial para que cada día bailaran según el origen racial o clasista: primero los blancos puros, o de Castilla; segundo los pardos; tercero los negros libres y así sucesivamente hasta que concluía con una gran fiesta el día de la Virgen, y el domingo siguiente se iniciaban los carnavales. Y es que la gente pobre, libres, esclavos, pardos, negros, indios, carboneros, pescadores y demás no bailaban en los salones, sino al aire libre al son de frenéticos tambores. Hombres y mujeres en pareja, bailaban en círculo como en la cumbia actual”.

La historia es mucho más amplia, mucho más rica. Yo solo quiero invitarlos a tener la curiosidad de conocer más nuestro país, nuestra variadísima cultura, nuestra valiosísima gente. Más allá o paralelamente a los grandes y publicitados eventos, que también son bienvenidos, se mueve un pueblo que conserva, ama, disfruta y defiende sus raíces.

¡Hasta el próximo miércoles!

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