Opinión

Uribe y Duque en la olla. ¿Y el país?

El descalabro del presidente en las elecciones dejó a su “maestro” besando el polvo: llegó la hora del aterrizaje forzoso

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noviembre 07, 2019
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Uribe y Duque en la olla. ¿Y el país?
Si Duque aspira a terminar bien, que haga leer a sus amigos del gobierno, y con lupa, los Acuerdos de La Habana

Érase una vez, como en un cuento de hadas, que un hombre aparentemente señalado por el dedo de Dios, irrumpió en la política nacional colombiana. De la noche a la mañana, de cero, subió en las encuestas en el camino de una competencia electoral presidencial, como si se tratara de la espuma de una cerveza prodigiosa. Para sorpresa de todos, un futuro salvador ascendía al solio de Bolívar haciendo besar el polvo a quien el Partido Liberal acusaba como su próximo presidente de la República.  Su nombre, Álvaro Uribe Vélez. Como cazador de leones, puso el pie en la cabeza de su tendida presa: Horacio Serpa Uribe.

Sus éxitos no se hicieron esperar. La política de Seguridad Democrática comenzó a campear a lo largo y ancho del país. Algo aparentemente novedoso que no lo era tanto pero que los supuestos resultados sin par llevaron a aplaudirlo a ciegas como cuando el torero pica, pone banderillas y entra a matar de manera artística pero despiadada. Aplausos, vuelta al ruedo y petición de orejas, rabo y pata. Salida por la puerta grande como para ser elegido por una segunda vez. ¿O quizá tres? Con tan supuesto éxito, quién iba a recordar entonces que se trataba del mismo hombre que desde la Gobernación de Antioquia había buscado arrasar al enemigo sin consideración de las más elementales normas de universal acatamiento: el Derecho Internacional, el Derecho de los Derechos Humanos, el Derecho Internacional Humanitario y el Estatuto de Roma. Pero no. Todos a una compraban muñequitos de su figura que se vendían en las esquinas a los peatones y conductores como igual se hacía con los paquetes de Malboro, Kent y Lucky Strike. Lo cierto es que el hombre supermán de la modernidad nacional embelesaba e hipnotizaba. Y como habiendo heredado la facultad divina que lo llevó al poder, señaló sucesor pensando que gobernaría en cuerpo ajeno. Pero no fue así.

El gran cacique, brillante sin duda, creó su propio partido. Para su cúpula seleccionó el más selecto grupo integrado por dirigentes imbuidos de un espíritu kamikaze. Para ejemplo de lo que señalo, el Presidente Honorario de esa colectividad, hombre confuso y de conducta non sancta, en célebre convención de sus prosélitos invocó la necesidad de “volver trizas ese maldito papel que llaman acuerdo final con las Farc que es una claudicación y que no puede subsistir". Así, con esa consigna, se emprendió la campaña para suceder al presidente Santos, quien según la unanimidad de los “elegidos” y de sus huestes había traicionado, según ellos, la sabiduría irreductible del Gran Capitán. Para ese entonces ya quien escribe, con algún sentido de anticipación que buscaba una paz totalizante e incluyente, le había pedido al doctor Uribe, sin éxito alguno, que se vinculara a los diálogos de La Habana, y había triunfado el No tras una campaña truculenta propia de un trágico capítulo de posverdad de la reciente historia colombiana.

El senador Uribe, poseído de su capacidad de selección electoral escogió candidato presidencial. Lo sacó de un sombrero cubilete de alta copa como el mago que saca de la misma prenda un conejo o una paloma. Magia. Pura magia. La suerte recayó en un buen tipo que fue elegido presidente. Esto, porque de no haber sido así, según decires cuasi idiotas, estaríamos en manos de los comunistas. Cuento efectista, propio de esta etapa de posverdad que vivimos, pero muy eficaz. Tanto como para haber consagrado al señor Iván Duque Márquez como Jefe de Estado. Sin duda un hombre probo, querido como dicen las señoras y estudioso. Me consta. Pocas alas eso sí. Y aún en etapa de formación. Y lo rodeó Uribe de muchos extraños para él, otros no tanto, pero sí como para esconderlos, y algunos… ay, fíjense en lo que estamos.

Arrancó el presidente Duque con un tipo o espécimen rarísimo de presidente del Congreso que en nada le ayudó. Y con unas iniciativas que no concordaban con lo prometido por él mismo en el desarrollo de su campaña. Naturalmente, se empecinó en hacer valer la tesis del filósofo de marras de su colectividad, porque qué tal que lo llamaran traidor. Para cumplirle a su mentor había que “hacer trizas ese maldito papel…”. Esa la razón de las objeciones inconstitucionales a la Ley Estatutaria de la JEP y otras diabluras por ahí. ¿Qué tal el haber roto los diálogos con los elenos y en insistir en que no hay protocolo con Cuba? ¡Válgame señor!

 

 

Las reformas estructurales pactadas se quedaron entre el tintero
y se desató la más cruenta violencia que superó al Ministro de Defensa por inepto,
al alto comisionado por inexperto y a la ministra del Interior por inexistente

 

Y como no hay “pita que no se rompa ni deuda que no se cumpla”, la justicia que puso en movimiento el propio doctor Uribe para golpear a alguien lo envolvió a él; el desconocimiento de los Acuerdos de La Habana recrudeció malestares; las regiones perdieron el optimismo alcanzado; las reformas estructurales pactadas se quedaron entre el tintero y se desató la más cruenta violencia que superó al Ministro de Defensa por inepto (por fortuna a esta hora ido), al alto comisionado por inexperto y a la ministra del Interior por inexistente. Y dejemos ahí por hoy. Todo lo cual se suma al descalabro sufrido por el señor presidente en las elecciones de hace tres semanas (corchado como en un examen final), que a su vez dejó a su “maestro” besando el polvo tal como le ocurrió a su primer opositor en momentos de ser elegido gloriosamente aquel Uribe redentor. Sus reformas, destruidas; por el suelo. Digámoslo como les gusta: el presidente Duque y Uribe se encuentran hoy en una encrucijada. Para nosotros más bien, se encuentran en la olla; desnudos a la vera del camino. ¿Y el país?

¿Para qué decirnos mentiras? Llegó la hora del aterrizaje forzoso. La hora del acuerdo sobre lo fundamental. ¿Constituyente? Salvando el Estado social de derecho, la autonomía del Banco de la República y otros logros intocables empotrados ya en la Constitución del 91 (Corte Constitucional, valga otro ejemplo), se debe revisar la estructura del Estado, el valor y la distinción de las regiones para darle mate al centralismo feudal, y pensar en el otro, incluso en los que buscan una segunda oportunidad a partir de la JEP (Arca de Noé). Y si Duque aspira a terminar bien, que haga leer a sus amigos del gobierno, y con lupa, los Acuerdos de La Habana: Punto 1, Reforma rural integral; busquen igualmente lo atinente al respeto a las diferencias, a las etnias y minorías y a las regiones. Estudien el punto 4: Solución al problema de las drogas ilícitas. Y memoricen algunos párrafos centrales de valor ineludible. En esos textos encuentra usted su carta de navegación doctor Duque; hágalos suyos. Defiéndalos. Y deje de lado, sin pesares, sin ruborizarse, a quienes causan estorbo y problemas y no le representan nada a la nación.

 

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