Opinión

Un traspiés histórico

Nunca en la historia reciente un expresidente había sido detenido por delitos como fraude procesal y soborno, y ello tiene impacto en una sociedad acostumbrada al mal hábito de la impunidad

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agosto 12, 2020
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Un traspiés histórico
En los últimos años a la narrativa del “salvador de la patria” se le sumó a Uribe el absurdo rótulo de “perseguido” por las cortes. Foto: Leonel Cordero/Las2Orillas

Mientras que con más pena que gloria el presidente Iván Duque cumple dos años de ocupar el despacho presidencial, quien es su mentor político, el hombre al que precisamente le debe ocupar un puesto que a todas luces le ha quedado grande, se encuentra privado de su libertad. Un hombre que ha trastocado la democracia colombiana con sus argucias, sirviendo a intereses que nunca han estado enfocados en los intereses de la ciudadanía de este país difícil, a veces imposible.

El traspié legal de Álvaro Uribe Vélez, la semana pasada, que contra todo pronóstico lo dejó privado de la libertad, es sin duda un hito histórico en un país donde la justicia no siempre actúa con la celeridad y determinación que debería. Digo traspié, porque sería ingenuo pensar que este incidente en una carrera llena investigaciones que no llegan a ninguna parte, va a desterrar de la vida política al expresidente Uribe.

Simbólicamente, la decisión de la Corte Suprema es relevante porque nunca antes en la historia reciente un expresidente colombiano había sido detenido por delitos como fraude procesal y soborno y ello tiene un impacto en la sociedad, en especial en una que se ha ido acostumbrando al mal hábito de la impunidad. También resulta significativo, porque, a pesar de que su nombre ha estado asociado desde hace décadas con situaciones dudosas y con personajes conocidos por su actuar al margen de la ley, ninguna de las múltiples denuncias por estos casos llegó a desencadenar una acción como la de la semana anterior.

En esa misma línea, desde hace varios años, su círculo más fervoroso, y, por extensión el establecimiento que lo propulsó y que se ha encargado de mantenerlo vigente, han venido confeccionando con tesón una narrativa que mantenga a los incautos a salvo de ver las actuaciones de Uribe Vélez, por lo que realmente son, actos contra la constitución, diseñados y ejecutados para imponer una idea de país que se limita a beneficiar a un grupo regio en detrimento de la mayoría de la ciudadanía. Así, desde su primera elección, quienes no éramos afines a esa idea de país, fuimos perfilados, perseguidos, injuriados, calumniados y amenazados. De tal manera que no ser uribista, era ser enemigo.

Esa narrativa partió de la idea de que el actual senador era una especie de salvador, un pacificador, cuya idea de paz se asemeja al silencio siniestro que deja una batalla, una paz a punta de bombardeos, no es paz, es un cementerio. El credo uribista convenció a muchos que nuestro único destino era la guerra, el desplazamiento, el señalamiento, nos hizo enemigos unos de otros, sospechosos y conjurados.

Una vez que tuvo que salir obligado del palacio de Nariño, dedicó lo mejor de su caudal político a crear divisiones, a sabotear cualquier esfuerzo por conciliar al país, por formalizar una paz imperfecta, que su mezquindad tiene en este momento a la deriva. Sin duda, su fervor por la enemistad, por el odio, fue el que lo llevó a este punto de inflexión, el cual sus acólitos veían venir desde hace tiempo, pues no es fortuito que los últimos años a la narrativa del “salvador de la patria” se le sumara el absurdo rótulo de “perseguido” por las cortes. Un absurdo, porque si hay un colombiano con garantías en este país, ese es Álvaro Uribe Vélez. No solo por su notoriedad, que obligó a la Corte Suprema a realizar un análisis profundo y concienzudo de todas las pruebas y testimonios, sino también por su incidencia política en la Casa de Nariño, así como en diferentes instancias del Estado donde hay funcionarios en puestos clave que pertenecen a su línea ideológica. Así mismo, cuenta con el apoyo de importantes sectores de las fuerzas policiales y militares del país, así como del mundo empresarial e industrial, quienes son dueños de los grandes medios de comunicación. De tal manera, que asumir como cierto que es un perseguido político, de un Estado que él ha moldeado a su conveniencia desde hace varios años y de un gobierno que él nombró a dedo, es una falacia, que sin embargo encuentra eco en sectores de la sociedad, por fortuna cada vez más reducidos, que, o, aún se resisten a ver quién es realmente el hombre retenido en su hacienda El Ubérrimo, o, no les interesa y aplauden sus actuaciones.

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Asumir como cierto que Uribe es un perseguido político, de un Estado que él ha moldeado a su conveniencia desde hace varios años y de un gobierno que él nombró a dedo, es una falacia

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A pesar de todo lo anterior este discurso tramposo, está siendo usado con creciente éxito para desprestigiar a la Justicia, para cuestionar su función, todo ello con el fin de eliminar las cortes y crear una sola conformada por quienes el señor Uribe Vélez estime conveniente para que desaparezcan las acusaciones e investigaciones, que aún pesan sobre él. Con ese interés es que el presidente Duque está promoviendo la idea de reformar la justicia, mientras que su partido se inclina por una constituyente. Sin importar, esa división, el propósito de fondo es crear un aparato de justicia revanchista y conveniente. Ahora bien, es cierto que se requiere plantear una constituyente, pero con el fin de construir una democracia realmente participativa, incluyente, equitativa, que logre las transformaciones profundas que requiere Colombia.

Esto es lo que está en juego en este momento, por eso hizo elegir al inescrupuloso e inepto presidente Duque, que demostrando su talante arbitrario declaró extralimitándose “Soy y seré siempre un defensor de la honestidad, de la honorabilidad de Álvaro Uribe Vélez”, por eso sus senadores y senadoras se dedican a sembrar calumnias, mentiras y conspiraciones irresponsables contra la Corte Suprema de Justicia y la Justicia Especial para la Paz, por eso le pidieron su venia para nombrar a un fiscal general amigo, por eso todo este gobierno improvisado y desarticulado del país, ha estado en función de servir a sus intereses.

Por otra parte, es errado pensar que incluso si la justicia opta por condenarlo formalmente por estos delitos, o, si, otras de las múltiples investigaciones a su nombre avanzan y suman en su contra, su visión de país y su partido desaparecerán, no será así. Por una parte, sus promotores, seguidores y copartidarios usarán su imagen para seguir perpetuando su mensaje y seguirán eligiéndose desde las plataformas del miedo, la desinformación y la división. Todas y todos se declararán sus herederos, sus escogidos, sus ungidos para continuar obrando en su nombre, pero a beneficio propio. Por otra, no tengo dudas de que desde el momento en que se supo la noticia de su detención, comenzaron a planearse toda suerte de estratagemas y acciones para desestabilizar al país desde diferentes frentes como forma de presión para que una vez más la impunidad doblegue a la justicia. Habrá que estar alertas.

Por último, la manera más efectiva de frenar su efecto tóxico en la sociedad, es dejar de elegir a sus representantes en las urnas y esto se logra exponiendo su discurso, se logra arropando a sus víctimas, escuchando sus testimonios, se logra presionando para evitar que las acusaciones se desestimen bajo la amenaza de su inquina o la de sus seguidores. Así mismo urge de inmediato una reforma profunda y seria al sistema electoral que garantice transparencia, para que realmente quienes ejercen su derecho al voto elijan a quien quieren y no a quienes las trampas imponen.

Quienes hemos sufrido su persecución implacable, quienes hemos visto nuestra vida y la de los nuestros peligrar y nuestra honra hecha trizas por sus estratagemas odiosas e ilegales vemos en su detención preventiva, una luz de justicia y reivindicación por el daño causado por el senador Uribe. Sea como sea, es claro que ya no es invulnerable.

 

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