Un experimento obligado

Con la pandemia, el teletrabajo entró en auge. Sin embargo, las condiciones que presenta dicha modalidad están lejos de ser normales, más bien son estresantes. Una mirada

Por: Samuel Astor Bahos
mayo 04, 2020
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Un experimento obligado
Foto: Pixabay

Teletrabajo y trabajo desde casa, conceptos hermanos que sin ser iguales hacen parte de la cotidianidad de los seres humanos en días de pandemia. Muchas más de 200.000 mil vidas ha cobrado el COVID-19 y el número de contagiados es enorme. Los niños pudieron salir de sus casas en España. Los nuestros todavía deben permanecer en aislamiento social, pero, en medio de todo, es la forma de trabajar desde la computadora la que ha obligado a este experimento mundial en el hogar como refugio. Ese es el tema reciente de capacitación, el manejo de tecnologías de comunicación para no detener la labor productiva.

Las condiciones como se lleva a cabo este trabajo permanecen lejos de ser normales, más bien, son estresantes, veamos por qué. En primer lugar, la carga laboral tiende a ser mayor, en el mejor de los casos es la misma que se vive en una oficina o cualquier otro lugar de empleo. Esto porque los encuentros sincrónicos aumentan, lo que hace que estemos más tiempo del esperado en entrevistas, capacitaciones, clases, etc. Por otro lado, está la amenaza constante del contagio, preocuparse por la salud desde comportamientos higiénicos a cada momento es una forma de evidenciar cierta ritualización paranoica. Por si fuera poco, también hay una zozobra causada por la incertidumbre económica, las pérdidas son cuantiosas para algunos y la gente que sobrevivía del rebusque no tiene otra garantía que la de confiar en Dios, en la solidaridad del gobierno y de otros sectores privados tanto como particulares. Finalmente, encontramos la convivencia con la familia que no es tan simple como se quisiera cuando hay pequeñitos de por medio, personas en condiciones de salud delicado o situaciones de humedad y hacinamiento.

Tal y como lo describo, el encierro deriva estados de ánimo decaídos, depresivos y negativistas, estados de ánimo que causan debilitamiento de las defensas, de ahí que en la mañana a muchos nos esté costando levantarnos de la cama, y a otros no nos alcance la hora para irnos a dormir temprano. La celeridad de aprender como obligación para la adaptación genera temor al cambio, esto es causa de revisión, la forma de vivenciar el tiempo ha cambiado drásticamente por la consecuencia forzosa del coronavirus. Los horarios se han corrido hasta superar la barrera laboral atrayendo dobles y a veces triples cargas. Los padres ya no solo son padres, son también maestros de sus hijos resolviendo guías académicas. Ahora dependemos del ancho de banda de internet igual que del agua o el aire.

Para establecer un balance puede ser útil comprender que el planeta ha cambiado y con él, la sensación de tiempo. Son muchos los factores como el encierro, las distintas responsabilidades, la pérdida de intimidad, las restricciones y las formas de interactuar. ¿Dónde poner límites? ¿Cuándo empezar y terminar el trabajo? Cambiando el tiempo, cambia la forma de comunicar, ahora la obligación es la de tecnologizarnos para mantener aliviada la necesidad de interacción, que reduce la sensación de tensión emocional, sin embargo, no es suficiente, porque al temor mediático de la fatalidad se le suma la sobrecarga laboral y doméstica.

El introvertido lleva la procesión de mejor manera que el extrovertido, pero seguramente ninguno escapa a la alteración del tiempo; es un tema inédito que reflexionamos frente a la computadora, mientras la salud mental y la física se agotan, y la vida personal se funde en la profesional. En este experimento se están borrando las fronteras del equilibrio humano, obligándonos al trabajo remoto, uno que es flexible frente a la operatividad, pero inclemente con nuestra forma de estar en el mundo.

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