Un andante cuenta (II)

La muerte, especialmente la que está rodeada de circunstancias violentas, históricamente ha tocado a muchas familias en este país. Un triste relato

Por: Luis Eduardo Martínez Arroyo
septiembre 03, 2020
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Un andante cuenta (II)

Toño había llegado a Barranquilla, proveniente de Las Palmas, una población montemariana, corregimiento de San Jacinto, con sus padres, muy pequeño. Lideraba la prole de don Leonidas y doña Diona, quienes como otros tantos pobladores de la región caribe buscaban ser partícipes de esa ola progresista que, según la parafernalia informadora oficial, arropaba la Arenosa. Los tiempos mejores habían sido flor de un día, pero de eso no se hablaba.

Al primogénito de la familia Díaz Lora se le dio por ser dirigente estudiantil en la universidad y eso lo hizo merecedor de una sonora expulsión que lo privó de obtener su título de abogado en la oportunidad debida. Cinco años de sanción le aplicó el centro educativo donde florecen las ideas liberales y fundado por liberales al osado estudiante. En el interín, gracias a sus contactos con figuras de la política y la judicatura, había ingresado a prestar sus servicios en la Rama Judicial, primero en un juzgado de Instrucción Criminal, y después en la recién creada oficina de Carrera Judicial, convertida en Administración Judicial desde hace unos buenos años.

Allí habíamos llegado él y yo, y el primer director de la seccional del Atlántico, Clímaco Molina Ramos, merced a los buenos oficios de Asonaljudicial, la organización sindical que libró duras batallas huelguísticas para obtener la expedición del Estatuto de Carrera Judicial, en las que destacaron en el plano nacional Jaime Pardo Leal, Nubia Serrano e Iván Motta y en el Atlántico, Benjamín Barreto y Ricardo López Llinás, entre otros.

En mayo de 1995, un senador conservador pidió la cabeza del entonces director seccional, Roberto Herrera Orozco y días después la de Toño, que fungía como jefe de la Oficina Judicial. Yo que era el secretario de esta, en uno de esos gestos de la premodernidad irrepetibles, renuncié un día después en solidaridad con él, pero también por asuntos de salud, pues otros meses más hubieran acabado con mi vida tal era el trajín en esa dependencia. Una placa situada en el séptimo piso del Centro Cívico al lado de la oficina primigenia contenía los nombres y apellidos de quienes fuimos los fundadores de la Dirección de Carrera Judicial; tiempo después fue quitada, a raíz del traslado a otras plantas de esas dependencias.

El entrante alcalde de Barranquilla Edgar George, elegido para el período 1995-97, gracias al apoyo del Movimiento Ciudadano, que lideraba el sacerdote salesiano Bernardo Hoyos Montoya y algunas fuerzas del bipartidismo barranquillero y atlanticense, lo escogió como su secretario del Interior. En febrero de 1996, el nueve (9) lo estábamos sepultando, tres días después de haber sido abaleado en la puerta de su nueva residencia situada en Ciudad Jardín, cuando fue a recibir a alguien que lo llamó a la puerta de la calle. El pistolero aprovechó que Toño lo atendió mientras la puerta estaba abierta y le dio unos tiros a través de la reja que estaba puesta. No era ya el jefe de la política distrital de George.

Algunas veces, noches, después de haber atendido en persona diligencias de cierre de negocios de venta de licores y amonestaciones a propietarios de locales de esa misma actividad, por haber violado la ley zanahoria impuesta por el alcalde George, Toño se acercó a mi residencia a contarme los pormenores de su labor y de las amenazas de muerte que recibió de algunas de esas personas que se vieron afectadas por las medidas de la administración distrital.

Después de varios años, no fui invitado por Leonidas Antonio a almorzar el día de mi cumpleaños. Lo sepultaríamos en esa fecha. Dejó una viuda y tres huérfanas.

El fútbol y el baile de salsa, sus grandes aficiones, fueron las armas para defenderse de quienes le hacían broma por su enorme estatura. Empresas fallidas ambas en una tierra en la que cultores se despliegan como la verdolaga por el suelo. Lo suyo, a decir verdad, era organizar personas para exigir a quienes correspondiera lo pertinente. Así fue como obtuvo a temprana edad las primeras sanciones de las autoridades educativas que lo torearon y expulsaron de los varios colegios de bachillerato a los que fue a dar con sus prolongadas extremidades y vocabulario incandescente.

En la universidad fue más parco, y durante su estancia en ella se dedicó a la militancia política en la izquierda fuera del claustro. Lideró agrupaciones del trotskismo caribe y nacional de las diversas que poblaron el espectro socialista. Fue así mismo dirigente obrero y sindical en una fábrica, de donde pronto salió en volandas por haber osado poner en cuestión el orden natural de las cosas. Un trabajador de una empresa que había sucumbido a los embates de un voraz incendio, se encargó de delatar el trabajo político partidario que orientaba Carlos, ante los directivos de la fábrica que intentaba recuperarse del siniestro.

La que sería su esposa Neyla Anaya la conquistó en un sindicato donde ella oficiaba como secretaria, tuvieron tres hijos, pero antes habían contraído nupcias en un juzgado civil ceremonia a la que asistí como testigo. Su verbo fácil lo ayudó mucho en los propósitos políticos que tenía por delante. La antropofagia proverbial de la izquierda lo arrastró y lo hizo también sufrir desengaños, pero perseveró. El 1 de abril de 1997, mientras conversaba con su amigo Raúl Better Bracamonte, en la puerta de la famosa Gran Vía, un reconocidísimo sitio de música salsa barranquillero, situado en la Cordialidad con la 21, fue ultimado a balazos lo mismo que su acompañante.

Álvarez Castellanos finalizaba ese día una dilatada, a pesar de su relativa juventud, militancia política. Se había iniciado en los Comités de Trabajo Socialista, a mediados de los setenta del siglo XX, organización juvenil de Comandos Camilistas, la fusión de esta con otras agrupaciones socialistas dio lugar a la Liga Comunista Revolucionaria y la de esta con otras al PSR (Partido Socialista Revolucionaria). Un congreso de disolución de este impulsó a una buena parte de la militancia que quedaba a ingresar a A Luchar. Hablamos de finales de los ochenta.

Lo que menos se le veía a “El Negro” eran ganas de irse de Barranquilla. Desde los tiempos de 1995 cuando se conoció la noticia de que el fiscal sin rostro que llevaba su caso de rebelión, precluyó la investigación en su favor porque no pudo encontrar que las imputaciones hechas por la inteligencia militar fueran ciertas, había objetado cualquier posibilidad de abandonar la ciudad y el país para impedir que se cumplieran las constantes amenazas de muerte en su contra. A partir de entonces se dedicó a realizar cada vez más reuniones políticas electorales públicas, sin contar las previas a esas fechas en las que acompañó de modo febril la campaña que llevó a Edgar George a ser alcalde de Barranquilla. Estaba convencido de que su triunfo en los estrados judiciales le daba una especie de patente de corso para moverse a sus anchas en el territorio que tan bien conocía.

Como se dirá en otro relato, no se sabe si su homicidio fue el más deseado, pero sí el más esperado. El once de julio de 1997, después de haber asistido a una reunión electoral en los alrededores de la Universidad del Atlántico, antigua sede Centro de 20 de Julio entre calles 50 y 51, en la que se organizaron y planearon actividades para llevar de nuevo a la Alcaldía de Barranquilla al cura Bernardo Hoyos Montoya, cuando se bajaba del carro que conducía el abogado José Francisco Leal Martínez y se disponía entrar a su casa en el barrio Ciudad Jardín de Barranquilla, un comando de unos cuatro o cinco individuos lo rodeó y lo tiroteó. Su compañera Marina Soto, lo embarcó en un taxi y llevó al Hospital Metropolitano adonde llegó muerto. El hecho criminal ocurrió a escasas cinco o seis cuadras de la Sijín, cuando ya la tarde moría.

Los días anteriores había hecho una campaña de llamadas telefónicas a sus amigos y los más allegados para que lo acompañaran en una velada de despedida, en la que habría comida y bebidas y música. El bolsillo izquierdo de sus camisas que portó esos días dejaba ver los tiquetes aéreos, de gran tamaño por cierto, que lo autorizaban para el viaje trasatlántico. El arraigo que ha perdido a tantos deportistas nacionales cuando abandonan el terruño propio para radicarse en tierras extrañas terminó también haciéndolo sucumbir a él. No soportó ni se hizo a la idea de que pudiera estar durante tanto tiempo fuera de la canícula y el escándalo musical salsero público, aunque él fuera un bailarín de equívocos pasos, que solía disimular con repetidos aullidos tantos como sus errores de los pies danzarines.

Roberto Mclean Torres fue un convencido de que la negociación política era la salida para la crisis de la sociedad colombiana. Tanto ello fue así que facilitó, a través de este redactor, una reunión entre Enrique Buendía y un funcionario de la Gobernación de Bolívar para que este pusiera al tanto al gobernante departamental de los propósitos de la Corriente de Renovación Socialista, una disidencia del Eln, de entablar diálogo con el gobierno nacional acerca de una eventual reinserción a la vida civil de ese grupo armado. La CRS negoció con el gobierno Gaviria, aunque Buendía fue asesinado por tropas de la Armada, durante ese gobierno, en Jesús del Monte, cuando se disponía a concentrar sus fuerzas, no obstante las señales enviadas convenidas al responsable militar oficial, por el dirigente insurgente.

Como tantos otros de su generación “El Negro” hizo vida militante a temprana edad, y supo lo que era una expulsión de un colegio público. Se hizo contador público en la Universidad del Atlántico, y combinó su actividad política con la profesional en sindicatos, cooperativas, organizaciones campesinas. En Francia en los comienzos de los noventa, cuando asistió a un Congreso de la IV Internacional conoció al intelectual trotskista francés Daniel Bensaid, quien lo mencionó en su libro póstumo Una lenta impaciencia.

La Universidad del Atlántico de finales de los noventa fue escenario de diversos asesinatos en profesores, estudiantes, trabajadores. Varias centros universitarios oficiales habían sido tomados por las fuerzas paramilitares. Alfredo Castro Haydar, que había desempeñado el cargo de Vicerector de Bienestar Universitario, era profesor de tiempo completo en el área de Sociales en la UA. Una amplia coalición formada en 1997 hizo posible la llegada de fuerzas distintas a las tradicionales a regir los destinos del claustro. Castro se había destacado en su época de estudiante como un dirigente político de los socialistas y merced a ello había aspirado a ocupar cargos de representación en los organismos de poder universitario, aunque sus intentos fueron fallidos.

Fue dirigente sindical y miembro del Comité Ejecutivo de la naciente subdirectiva de la CUT (Atlántico), creada en 1987. Eso le sirvió como paso para asesorar a sindicatos de importancia nacional como el de los trabajadores de Cervecería Águila, de propiedad del Grupo Santo Domingo, en las discusiones de pliegos de peticiones y convenciones colectivas. Había aparecido en el expediente armado por la inteligencia militar, junto con quien esto escribe, llevado a la justicia regional y que tuvo como principal actor a Roberto Mclean Torres.

Después del asesinato de Mclean, en 1997, debió salir del país y retornó a comienzos del 98 a reintegrarse a la UA. Debió soportar un nuevo expediente militar que lo acusaba de intento de secuestro en Santa Marta. Las llamadas en las que lo amenazaban de muerte fueron muchas, como de advertencia. Igual él las recibía con tranquilidad, pues en una especie de pacto con su familia había decidido no salir más del país.

La última vez que lo vi y traté con él fue en el fin de semana de Amor y Amistad de 2000, cuando convinimos visitar con nuestras familias a una pareja amiga con la que departimos buena parte de esa noche y un rato del nuevo dia. Escuchamos hasta el cansancio una canción vallenata llamada Brillará otra esperanza. En los inmediatos días debí salir presuroso de la ciudad por las llamadas telefónicas mediante las que me amenazaron de muerte. Una noche cualquiera mi compañera me informó que llamó a nuestro teléfono fijo y preguntó por mí y al recibir la respuesta de esta, le replicó que me dijera que no fuera marica, que me viniera.

El cinco de octubre de ese año, en las tempranas horas de la noche, cuando se acercaba con su pareja y su hija a su casa de la Ciudadela 20 de Julio, después de bajarse de su carro, fue interceptado por un pistolero que lo recibió con impactos de bala mortales. Su ingreso a la Clínica del Seguro de la 14 fue en estado de muerte.

Ver: Un andante cuenta (I)

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