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Opinión

Tres símbolos de sonido y de silencio

La demostración de poder en el ruido de un avión de combate, el silencio de una calle atestada de gente y el grito de un poderoso marcando territorio

Por:
Octubre 19, 2016
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¿Qué tienen en común el ruido de un avión de combate que rompe la velocidad del sonido, el silencio de una calle atestada de gente y el grito de un poderoso para marcar su terreno? Tienen en común que son una demostración de poder.

El avión Kfir (que significa: cachorro de león), de fabricación israelí, sobrevoló la ceremonia por la paz del 26 de septiembre en Cartagena de Indias, como diciendo que poco o nada le importaba si allí estaba el secretario general de la ONU, un delegado de Obama o el mismo premio Nobel de la Paz (que todavía no lo era). Había que rugir como un cachorro de león y mostrar sus fauces. Solo días después, cuando se impuso el No en el plebiscito y otros cachorros salieron a regodearse, entendí el peso de la maniobra del piloto del avión de combate. Un afán por decir: esto no ha terminado. Y mostró los dientes. Eran los dientes de “ellos”.

El segundo símbolo, es el de la gente en la calle, en las marchas, rompiendo con el silencio la bulla del No. El avión rompió el sonido y la gente rompió el silencio. Recuerdo ir llegado al Planetario Distrital para participar en la marcha; allí estaban viejos colegas de la Universidad Javeriana (de los que no son cobardes ni complacientes ante el poder) y también estaban mis nuevos estudiantes de la Universidad Nacional. El silencio se impuso a las consignas desgastadas como monedas usadas; y el blanco se impuso sobre las banderas de colores y el sentimiento de luto; la muchachada mostró las ganas de un país mejor. Eran las ganas de “nosotros”.

El tercer símbolo, fue personal, pero que reflejó un poco ese ellos y ese nosotros. En un programa de televisión (Semana en Vivo) debatí con José Félix Lafaurie, el actual presidente de Fedegán, la Federación Nacional de Ganaderos (No le digo doctor porque no lo es). El problema que existe detrás de sus gritos y de los míos es simple: un ejercicio de poder para callar al otro. Lo que había ahí no era un problema de quién tenía la razón, sino de quién tiene derecho a hablar. ¿Acaso los partidarios del Sí porque hayamos perdido estamos condenados al silencio? ¿Acaso el señor Lafaurie por ser representante de un gremio que es de los dueños de este país, que ha vapuleado al país, tiene derecho a mandar callar a otro ciudadano?

 

Las elites de este país,
desde sus posturas de ganaderos, solo ven ganado;
desde su mentalidad de finqueros, solo ven peones

 

 Ese es el debate real. Que él tenga que ser ciudadano, que tenga que actuar sin privilegios, sin más derechos que los otros. Las elites de este país, desde sus posturas de ganaderos, solo ven ganado; desde su mentalidad de finqueros, solo ven peones. Mi “falta de respeto” (dirán algunos) fue absoluta: decirle que yo, como ciudadano tenía derecho a hablar y que no renunciaba a ese principio.

En la siguiente marcha por la paz, días después del mencionado debate, animada con tambores y comparsas, lejos de los Kfir israelíes, gocé de placer de saludar viejos amigos. Ver esas bellas personas regalándose flores y sonrisas, lejos de esas caras de finqueros, fue otra demostración de esperanza. Allí, algunas personas que no conocía se acercaron para saludarme por defender el derecho a la palabra, sentarme de igual a igual con el poder, mirar de frente y decir con la boca llena. Esa fue mi defensa del derecho a la palabra.

Todo esto de las flores y las marchas, los tambores y los cantos de paz, es tan contrario a ese afán de los ricos de dar cátedra, de dominar a las personas, ese instinto arrogante de superioridad que les escurre por los ojos y por la boca, con el cual quieren apabullar cualquier tipo de interlocución. Lo que estaba del otro lado era ese afán de negar las marchas, tratar de imponer el ruido del avión y (en vano) de desconocer una realidad: el pueblo de Colombia quiere la paz. Y eso, les molesta.

P.D. Claro que queremos un grito que no sea ni impersonal como el de un avión, ni individual como el mío, sino una voz de nosotros y nosotras, pero eso no depende solo del nosotros-nosotros, sino también del nosotros-ellos.

 P. D. Aquí el debate citado:

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