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Opinión

El evento parásito y la fiesta popular en Cartagena

La ciudad que festeja la Independencia revive períodos de la Patria Boba, si piensa, que la salida del reinado afectará su economía y no la oportunidad para rehacer el carnaval

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Octubre 19, 2016
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En Barranco de Loba, en las riberas del Magdalena, todos los años la gente del pueblo espera ver de qué se disfrazará Ángel María Villafañe.

Días antes del carnaval, sus vecinos se preguntan con qué ocurrencia saldrá, con qué deslumbrante pieza logrará sorprender a ese grupo de curiosos que lo esperan a la salida de su humilde vivienda, el primer día del jolgorio,

Ángel María Villafañe habla de sus ocurrencias con una alegría que le emana del cuerpo como vapor caliente. Pasa días pensando un disfraz y lo hace posible con lo que el territorio le ofrece. Convierte viejos sacos de fique, que abrazaron toletes de yuca o raíces de ñame, y los convierte en las pieles de un animal. Moldea con un zoco afilado, unos cachos puntiagudos con troncos de ramón colorado; hace la estructura de su bestia con varas verdes de aromo o matarratón y las amarra con bejucos colora’o o largas tiras de un viejo pantalón de dril.

Pinta cada pieza escondido en uno de los cuartos de su casa, como si planeara un delito y asegura con candado la puerta para que nadie entre en su ausencia. Allí en las paredes de bahareque, de ese cuarto donde duerme cada noche, están las seis cabezas de gorila con las que hizo una danza en años pasados. También la cabeza de  la mujer del diablo, que se ha ido cubriendo de polvo y telaraña. Una obra maestra del disfraz que la gente en Barranco de Loba aún recuerda.

Ángel María Villafañe también es compositor. Sus versos y cantos hacen parte de la tradición de los aires de tambora del departamento de Bolívar. Tiene en las gavetas de su escaparate, decenas de letras de canciones que a lo mejor jamás grabará, pero él sigue componiendo y cantando.

En Ángel María Villafañe habita un espíritu carnavalero, burlesco, cuya única pretensión es el estímulo que aviva el goce y la diversión festiva.

Seres parecidos a Ángel María llegaron a las ciudades, de pueblos como Soplaviento, Arenal, Barranca Nueva, San Jacinto, Remolino, Sitio Nuevo, Evitar, Nerviti, Cascajal, Higueretal, Gamero o Mahates, con una alegría natural, desbordante, y comenzaron a celebrar las Fiestas de Independencia de Cartagena, igual hicieron con el Carnaval de Barranquilla, entre otros carnavales de la región.

Ángel María Villafañe no recibe donaciones de la alcaldía de su pueblo para hacer sus disfraces ni tampoco espera la ayuda cada año ni mucho menos se queja porque no le dan. Él tiene en su cabeza salir con su disfraz a gozarse la fiesta por las calles polvorientas de su pueblo.

Foto: David Lara Ramos

Foto: David Lara Ramos

En seres como Ángel María Villafañe, Maritza Zúñiga o Alberto de la Rosa, pensaba mientras escuchaba a César Pión pedir explicaciones a Raimundo Angulo por el cambio de fecha del reinado nacional de la degradación femenina. Un evento parásito de regular tamaño que se le pegó a la fiesta popular a comienzos de los años 30. Creció tanto, alimentado por medios nacionales, multinacionales de cosméticos, y otros nemátodos nacionales de regular tamaño, que llegó un momento en que su apariencia era tal que era difícil establecer cuál era el perro y cuál la garrapata.

Con los años, se generó un cómodo mutualismo entre un reinado creado por una matrona cartagenera y una fiesta popular, que celebra, nada menos que la Independencia de Cartagena o de Colombia, que en aquel entonces era casi lo mismo. Una fiesta nacional, reducida por desfiles varios en el que a las “reinecillas” se les juzga por el tamaño, textura, apariencia y masa fibrosa de sus carnes, si magra, mejor, como en las tradicionales ferias de cuadrúpedos domesticados con fines alimenticios.

En seres como Maritza Zúñiga (La cobra verde), pensé cuando Antonio Salim Guerra se mostró preocupado por los intereses de los hoteleros, o cuando Ronald José batió resquicios jurídicos para impedir que el evento parásito abandonara la fiesta popular.

Una ciudad que celebra la Independencia del país, revive ahora períodos de la Patria Boba, si piensa, como aseguró Pión, que la salida del evento parásito afectará la economía de la ciudad y no la oportunidad para rehacer la fiesta, restablecer, propagar, difundir y contagiar el espíritu festivo de su gente y expandir la alegría del carnaval.

La Historia de la ciudad contará en el futuro, un momento en que ciertos “lideres” suplicaron a las élites no apartarse de la fiesta popular, para que sus gobernantes se dieran cuenta de la inmensa riqueza cultural que vibra y goza en nuestro territorio.

El Concejo de Cartagena sigue aún preocupado por “#Rai no te lleves tu evento parásito”, que por el goce y la alegría festiva que construirán una ciudad más incluyente. Una corporación que avergüenza, que desanda la urbe, merecedora de un disfraz (“#Rai no te lleves tu evento parásito”) y de la mofa de todos en el carnaval que se avecina.

CODA: Bertha Arnedo, directora del Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, será la administradora de este maravilloso instante. A menos de un mes de comenzar la fiesta, si queda algo de goce popular y espíritu festivo en Cartagena, este es el momento para que se prenda.

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