Tiempos de cuarentena, una distopía orwelliana

Leer '1984' por estos días resulta una experiencia que genera angustia e induce a reflexionar sobre lo que pasa ahora

Por: Fredy Alexánder Chaverra Colorado
junio 02, 2020
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Tiempos de cuarentena, una distopía orwelliana
Foto: Борис У - CC BY-SA 3.0

Corría el año 1948 y George Orwell se disponía a publicar su principal obra. Habían pasado pocos años tras Rebelión en la granja, brevísima y poderosa metáfora sobre la degradación de la condición humana. Su siguiente novela bebía de una fuente de inspiración similar, pero lograba conjugar su experiencia como miliciano en la Guerra Civil Española; la lectura de la novela Nosotros de Yevgueni Zamiatín (un autor ruso hundido en el más absoluto olvido y uno de los primeros críticos de la Rusia posrevolucionaria); y la tensión esquizofrénica de un mundo que apagó los cañones de la Segunda Guerra Mundial para entrar en la acelerada hibernación de la Guerra Fría. En ese 1948, Orwell había concluido su obra maestra y cimentado; sin advertirlo, uno de los pilares de la literatura occidental, se disponía a publicar El último hombre de Europa, la debacle física y espiritual de Winston Smith, un hombre insignificante que vive en un territorio llamado Oceanía y que cuestiona en un episodio de angustiante rebelión espiritual la mirada inquisitiva del Gran Hermano, en el mismo año que titularía a la madre de las distopías literarias modernas, 1984.

Se ha comentado entre los expertos en la obra de Orwell que el autor buscó imprimirle una visión futurista a su novela y ubicarla en una fecha que la proyectara 40 años en el tiempo. En ese histórico 1984 nada ocurrió. La Unión Soviética se desmoronaba a pedazos bajo el peso de sus propias contradicciones y las palabras glasnost o perestroika no resultaban frecuentes para espectadores occidentales que observaban con curiosidad el hundimiento del sueño de Lenin. Aunque los grandes trazos de la obra de Orwell seguían resultando inquietantes en sociedades democráticas y no democráticas que no necesitaban de la férrea legitimidad social de una ideología para controlar a la población, no, con el avance tecnológico, el control masivo a través de la información y la ilusión de un neoliberalismo cognitivo sustentado en un consumismo desenfrenado, el Gran Hermano había encontrado una forma más totalizante de tener un control integral sobre los seres humanos. Ahora, el hombre pos-pandemia considera que la percepción de seguridad frente a una amenaza invisible con la que no se puede negociar o simpatizar (a diferencia de un grupo radical o terrorista) es un valor social supremo al cual debe ceder y no cuestionar.

Ver millones de personas con tapabocas, controles de temperatura en cada esquina, monitoreo de cada paso en cualquier espacio público y hasta vigilancia en la esfera privada, tal vez sería la delicia imaginativa de un inspirado novelista distópico; sin embargo, es una realidad al salir e ingresar a nuestras casas. Lo intrigante de esta realidad, alterada por la construcción delineada por los medios masivos de comunicación con su cubrimiento excesivo de la pandemia, resulta al considerar que los ciudadanos ceden su privacidad a los poderes incalculables de la inteligencia artificial para sentirse protegidos de una amenaza real e invisible. No es por un arraigo de patriotismo infundado o por preservar la revolución, como en la novela de Orwell, es por abrigar el sentimiento a sentirse seguro. Es una cuestión elemental: si no permites ser vigilado y controlado te podrías infectar. Hasta resulta socialmente reprochable cuestionar las plataformas de vigilancia, como si de manifestar simpatía por Goldstein se tratase. Es por el bienestar de la mayoría, una mayoría que define la plataforma, el Gran Hermano.

Volver a leer a Orwell por estos días seguramente resulta en una experiencia que genera angustia e induce a reflexionar. Son tiempos inéditos donde los criterios de ponderación llevan a confirmar que hay derechos humanos (con un carácter social y colectivo) por encima de otros; donde el bienestar de la mayoría anula la individualidad de aquel Winston Smith que se rehúsa a someterse a controles excesivos; donde el Gran Hermano es deseable ante una amenaza total que no entiende de diálogo, concertación o límites. La discusión es tan válida como vigente la obra de Orwell, que más allá de recrear críticamente la Rusia de los bolcheviques, logró describir en la intimidad de una prosa sencilla y sin grandes pretensiones, la complejidad de la condición humana en situaciones sociales extremas.

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