Opinión

Tejidos territoriales: paz y desarrollo

Cómo integrar zonas alejadas, dispersas, que son las más pobres, fortaleciendo los lazos entre campo y ciudad. La Cepal tiene un proyecto, los Tejidos territoriales

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diciembre 02, 2019
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Tejidos territoriales: paz y desarrollo
Proyectos agrícolas en los Montes de María, territorio que fue escenario del conflicto. Foto: Rafael Alfredo Colón Torres

Entre las muchas brechas que hay en Colombia, quizá la más poderosa es la que existe entre lo rural y lo urbano. Las diferencias en el ingreso, en el acceso a la educación y los servicios de salud, corren en desfavor de la población campesina. Y la inequidad es aún mayor en territorios alejados en los que actividades como el narcotráfico y la minería ilegal usan y amedrentan a una población sin alternativas, la más vulnerable frente a la violencia.

Construir tejidos sociales en territorios que integren lo rural y lo urbano es una llave para la paz y el desarrollo.

Hay, de hecho, historias extraordinarias que ocurren en las regiones de Colombia que pueden dar la pauta para integrar zonas alejadas, asediadas por la violencia y el olvido.

Los actores y las actividades son diversos y vienen desarrollándose hace rato. Puede ser el festival de música Petronio Álvarez o los del retorno promovidos en el Tolima y en los llanos orientales colombianos; o el recorrido virtuoso de una cooperativa lechera nacida en Don Matías (Antioquia) conocida hoy como Colanta, o las labores de algunas fundaciones empresariales, o la construcción de museos en municipios de Antioquia o Risaralda; o el trabajo de alcaldes que se asocian resucitando las antiguas provincias. O la labor de maestros y rectores en los lugares en los Montes de María o en el Putumayo.

 

 

Hay historias extraordinarias que ocurren en las regiones de Colombia
que pueden dar la pauta para integrar zonas alejadas,
asediadas por la violencia y el olvido.

 

 

Por la vía de la educación, del rescate de las tradiciones culturales, de la asociación productiva, del trabajo mancomunado de mandatarios locales, los ejemplos de integración rural-urbanos son elocuentes. Pueden ser emulados y servir de base al diseño de audaces políticas públicas que permitan multiplicarlos y también referente para el sector empresarial.

El territorio es la clave: la vida de las personas y las comunidades ocurre allí, en el ámbito de lo local. Es en pueblos y ciudades, en veredas, donde trabajan, intercambian y consumen bienes y servicios. Es el territorio el lugar donde, por tradición, se cultivan ritmos musicales y gastronomía característicos. Los tamales son tolimenses, santandereanos, de pipián, vallunos, hallacas casanareñas o nortesantandereanas, y los sancochos tienen las características de cada lugar, de la Costa Atlántica a Nariño.

Lo urbano necesita de lo rural, y viceversa. Es en el territorio en donde se definen las relaciones entre campo y ciudad y que terminan teniendo profundo impacto en la vida de todo el país. Es en él donde nos relacionamos, de manera particular, con los recursos naturales. Algo va de territorios en los que se cultivó el café por décadas, si no siglos, a aquellos en los que se explota la minería, legal o ilegal, o la hoja de coca, con abismales diferencias en la densidad de los tejidos sociales alrededor de tales formas de producción.

Es también, ha sido, el escenario del conflicto, de los hechos que motivaron los desplazamientos de millones de colombianos que, al llegar a las ciudades son, a su vez portadores de la cultura de sus orígenes.

Es en las regiones y territorios en los que se despliegan las estructuras de poder asociadas a clanes políticos determinados, que se han construido de forma peculiar durante décadas.

La lengua, también, es propia del territorio. El español que se habla es el de las regiones y no el de diccionarios guardianes de la pureza del lenguaje, además de las 68 lenguas nativas que, obvio, se hablan sólo en los lugares en los que habitan las comunidades que aún las tienen como maternas.

La “nación” es, en realidad, una abstracción, un mito. Así como decía el presidente francés De Gaulle (“¿Cómo se puede gobernar un país que tiene doscientos cuarenta y seis variedades de queso?”), así también podemos, una y otra vez más, sorprendernos de la variedad, la riqueza y la complejidad de la cultura, el talento, las potencialidades de las regiones y territorios y en Colombia.

Claro, la “nación” es una abstracción, aunque sólo hasta cierto punto. Allá se definen políticas públicas que afectan a los territorios. La moneda, la fuerza pública, los impuestos, dependen del nivel nacional.

Redescubrir la rica veta de los territorios es el propósito de la Cepal, agencia de las Naciones Unidas, con el proyecto Tejidos territoriales, vínculos rurales – urbanos en Colombia: cómo generar dinámicas que permitan integrar zonas alejadas, dispersas, que son las más pobres, por la vía de fortalecer los lazos entre campo y ciudad; cómo contribuir a la formulación de políticas públicas.  En últimas, cómo contribuir a que en Colombia paz y desarrollo sean posibles por la vía del fortalecimiento de los lazos rural – urbanos de los territorios.

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