Estamento de rebeldía. Del papel de la academia en el paro
Opinión

Estamento de rebeldía. Del papel de la academia en el paro

No hay más dignidad ni más patriotismo que en la desobediencia. No podemos agachar la cabeza mientras hacen lo que se les da la gana con nosotros

Por:
diciembre 02, 2019
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Le contó Dios a Eduardo Galeano, en una fe de erratas que escribió para aclarar asuntos del Antiguo Testamento y que él le hizo el favor de publicarle, que mientras observaba a Adán y a Eva luego de haber robado la fruta del paraíso sintió envidia. “Como nadie puede darme órdenes, ignoro la dignidad de la desobediencia”[1].

El pasaje es muy iluminador porque ayuda a entender cuando fue que nos jodimos. Nacemos en la resignación como remedio para soportar la vida en este valle de lágrimas, y nos hacen creer que el sufrimiento es fe, que el dolor es virtud, que el silencio es prudencia. Es bajo ese credo que nos enseñan a obedecer, a callar y a aceptar que al que matan, lo matan por su culpa. No nos enseñan, como sí lo hizo Jesús, a defender al que tiene hambre, al que nos necesita. En Colombia no se vive dignamente del campo, y como ser campesino se volvió sospechoso, el único oficio que le queda a los pobres es matarse entre sí como en un mandamiento maldito: “¡Síganse matando los unos con los otros en cumplimiento de su destino de asesinos asesinados!”[2]

Hoy me pongo del lado de Dios en esto: no hay más dignidad ni más patriotismo que en la desobediencia. No podemos agachar la cabeza mientras hacen lo que se les da la gana con nosotros. No podemos aceptar que nos monten otra guerra para mantenernos en ese estado de sitio de facto que nos han impuesto por décadas. Basta de tanta muerte en vano!, Basta de tanto dolor y tanto odio!.

Nadie sabe para dónde va el paro, y eso está bien. Refleja, sobre todo, que no tenemos ni idea de cuál es el país que queremos, ni cómo hacerlo posible. Este es el papel de la academia de hoy en Colombia: necesitamos una escuela que enseñe a preguntar, a pensar, a incomodarse. Como diría Zuleta[3], una escuela que nos enseñe a defender nuestras libertades y a lidiar con sus incertidumbres. Que exponga la estupidez tras ese ideal imposible de una comunidad perfecta y nos convoque alrededor de la diversidad, de una sociedad posible.

 

La academia está obligada a llamar al mal por su nombre,
a hacer la justicia de quien le dice al rey que está desnudo
y le grita ¡mentiroso!

 

Decía el doctor Héctor Abad Gómez que “son necesarios el conocimiento, la sabiduría y la bondad para enseñar a otros hombres” [4]. La universidad en Colombia ha sido cruel, sorda y en buena medida, cómplice. No por documentar en tomos muy juiciosos lo que ha sido nuestra guerra, está libre de reproche. La academia está obligada a llamar al mal por su nombre, a hacer la justicia de quien le dice al rey que está desnudo y le grita ¡mentiroso! La academia debe ser subversiva en su acepción más limpia: no violenta sino rebelde, rebelde contra el estado de cosas inconstitucional del hambre, contra las paranoias del discurso de la seguridad, rebelde contra todas nuestras violencias.

A los maestros, en estas marchas, nos corresponde pasar al frente para defender la vida, acompañar los procesos de organización, profundizar la consciencia crítica de unos jóvenes que piensan en el suicidio con alivio, que esperan el futuro con angustia y no con esperanza. Debemos contarles por qué la violencia es fracaso, cómo vencer sin herir, en qué reside su poder y cómo hacerlo valer.

Necesitamos construir una academia que se sacuda sus modelos de negocio y vuelva a la vida convertida en espacio convocante del libre pensamiento, en amparo humanitario, en motor del dialogo constante, en escuela orgánica del poder constituyente. Los maestros debemos inventarnos una nueva manera de vivir que nos haga dignos de esta tierra que ya no da abasto por causa del consumo desmedido, imaginarnos un mercado que no se mueva por la avaricia sino por la sostenibilidad. Estamos obligados a enseñar compasión por nuestra tierra cansada y aturdida por todo el daño que le hemos hecho.

Sueño con que la escuela y la universidad le devuelvan la fe a nuestro país, y que nuestro oficio de maestros consista, sobre todo, en escribir el testamento de la rebeldía, que empezará así: [versículo primero] “¡nunca más!”.

***

[1] Eduardo Galeano. El libro de los abrazos. Madrid: Siglo Veintiuno Editores, 1991, “Teología/3”, págs. 76 y 77.
[2] Fernando Vallejo, El desbarrancadero. Bogotá: Editorial Alfaguara 2001, pág. 143
[3] Estanislao Zuleta. Elogio a la dificultad. En elogio a la dificultad y otros ensayos. Bogotá: Biblioteca básica de cultura colombiana, 2017. Págs. 15-24.
[4] Héctor Abad F. El olvido que seremos. Bogotá: Editorial Grupo Planeta, 2012, pág. 200.

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