Opinión

Sistema escolar, sociedad, poder político

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abril 21, 2014
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Aunque los solemos emplear indistintamente, los términos  educación y sistema escolar no indican lo  mismo. Además del desenvolvimiento de las facultades intelectuales, la educación desarrolla la moralidad, las creencias, las emociones, los afectos. Un buen sistema escolar debe atenderlas todas. No obstante, la atención se fija, casi exclusivamente, en el aspecto intelectual y  deja lo  demás al cuidado de la familia. Pero, en la Colombia de hoy, la situación de la familia es tan lamentable como lo es la del sistema escolar. Veamos:

El contexto socioeconómico que viven las familias es de gran desequilibrio en riqueza e ingresos; de creciente desventaja del trabajo en relación con el capital y desmejora de los derechos laborales. Además, hay que considerar el crecimiento del número de madres solteras, jefes de hogar, de las cuales muchas son  adolescentes, así como la  rampante violencia intrafamiliar. Por otra parte, recordemos los cuatro o cinco millones de desplazados por la violencia pública. Esta realidad afecta, por fuerza, la moralidad, la educación de los afectos y así sucesivamente.

Ahora bien, los  resultados de PISA dicen mucho de la calidad del sistema escolar en las áreas de las pruebas (comprensión de lectura, matemáticas, ciencias naturales, resolución de problemas prácticos) y sobre el aprendizaje del estudiante promedio del país, el cual  es pésimo, para decir lo menos. Salta a la vista que semejantes resultados no son relevantes para la marcha de la locomotora extractivista a la cual nuestros gobernantes entregaron presente y futuro nacionales. Les interesará más, por ejemplo, qué efecto tendrá la baja de las importaciones chinas de materias primas en “las tasas de crecimiento” que, por enésima vez, demostrará lo vulnerable de una economía integrada al mundo exportando mercancías de bajísimo contenido tecnológico y menor aún intensidad laboral.

Si las élites económicas y estatales ven confiadamente el mundo en función de mercados que piden materias primas que conjuntan trabajo mal calificado y recursos naturales (tierra, minerales, aguas, medio ambiente...), debemos preguntarnos ¿cómo verá el mundo la mayoría de la población, angustiada por sobrevivir en el día a día?

Lo ven como la tierra prometida. Por esto un porcentaje importante ha emigrado a Venezuela, Ecuador, Estados Unidos y Europa Occidental, en pos de las oportunidades y la dignidad que no encuentran el país; por esto sale del “sistema colombiano” donde, además, parece que nadie lo representa políticamente.

Aunque en este mundo globalizado el capital se mueve a velocidades prodigiosas, las migraciones internacionales son cada vez una marcha ardua, riesgosa que trascurre por un camino de espinas, de recompensa incierta. La crisis del capitalismo global, “desaceleración” la llaman algunos, selecciona y acepta a su migrantes en razón de sus conocimientos.

Poco se sabe de las enormes brechas que hay en el interior del sistema escolar latinoamericano: de origen socio-económico; por género; por regiones,  por etnias. En esta columna hablamos de sistema escolar implicando su unidad intrínseca, pese a la división administrativa en los niveles pre escolar, básico, secundario, postsecundario, cada vez más segmentado internamente. En esa unidad tiene sentido hablar de la educación de la cuna a la tumba, indispensable cuando el conocimiento se vuelve obsoleto gracias a los avances de la ciencia y la tecnología; cuando el quid está en aprender a aprender autónomamente, objetivo propio de las universidades desde los planteamientos de Wilhelm von Humboldt hace 200 años. Estas, sin embargo, reproducen el memorismo y el seudoenciclopedismo que arrastra el sistema desde abajo.

En las aulas universitarias se enseña mucho en el sentido de segmentar el conocimiento en un sinnúmero de materias; de segmentar los espacios físicos de las aulas para que haya mucho empleo para profesores burocratizados y perezosos que repiten como loras, conforme a currículos gremialistas, inconexos, formalistas. Se enseña mucho pero el estudiante aprende poco. Tal la paradoja. Por otro lado, esta es la conclusión lógica de un sistema que empieza en déficit para los niños de la más tierna edad escolar.

 

Por supuesto que hay remedios al desastre educativo que no es inevitable. La pregunta es por dónde empezar. No tengo la respuesta, pero cada vez me inclino a pensar que si no sacamos del poder a quienes por generaciones y generaciones han dominado y controlado el sistema social, político y económico en América Latina, poco avanzará la región en el frente educativo mundial.

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