Opinión

¿El otoño del patriarca?

Por:
junio 09, 2014
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La temporada electoral 2014 se desarrolla con todos los ingredientes de lo que puede llamarse una democracia estandarizada, con algunas idiosincrasias colombianas, por supuesto:  altísimas tasas de abstención o una probabilidad alta de que el presidente-candidato no salga relegido; también llama la atención la proporción del voto en blanco, mayor que en otras partes, y cierto atraso del sistema electoral. Cuando se compara el porcentaje de votos anulados en las elecciones de cuerpos colegiados con las presidenciales, resalta la dificultad del votante frente al tarjetón. Esto, más el absurdo horario, ocho horas y siguiendo el viejo principio de solo alumbra la luz solar, puede explicar algo la situación.

Hay buenas noticias, sin embargo; el caudillismo va de retirada. Es decir, domina la apatía, de suerte que el reducido espacio electoral propiamente dicho —alrededor del 45 % de cedulados— se pelea voto a voto. En épocas de grandes conductores aumenta la participación y el interés de los ciudadanos. Ahora, pese a la exacerbación del lenguaje caudillista y del todo vale, es poco probable que el 15 de junio tengamos una votación copiosa.

Llaman la atención algunas actitudes a las que cabe, en una espléndida traducción de Como te guste, aquello de: Pero has de prometerme/ que oirás sin enfadarte cuando diga/y siempre, sin cubrirte las narices/aceptarás que destape los olores/de tantas infecciones/como enferman un mundo corrompido. Si de cubrirse las narices se tratara, la realidad social está más podrida. La injusticia social, su estadística apabullante y extraordinaria riqueza de situaciones, quedó oscurecida por la centralidad del campo de la lucha partidista y personalista.

Uribe, alcalde, director aeronáutico, gobernador, se volvió personaje nacional a fuerza de construir un enemigo público número uno: las Farc. Con las guerrillas en conversaciones en La Habana, él y su cauda pretenden sostenerse creando otro gran enemigo: Santos, un ser “sin condición humana”; “desagradecido”; un maligno que conduce el país hacia el “castro-chavismo”; sujeto infecto que mancilla “el honor de los héroes de la patria”, es decir, los miembros de la Fuerza Pública. Así, construyendo este nuevo enemigo consolidó una especie de contrato sentimental con los electores en que él funge de gran patriarca. Gratitud, lealtad, honor, patria, ¡y todo a golpe de tuiterazos! Y el tuiter no es algo para dialogar, es algo para afirmar, simplificar, ordenar, insultar. ¡El patriarca que domina el insulto desde una nube!

Esta técnica uribista se procesa eficazmente actualizando a cada instante la tragedia colombiana, la violencia pública. Imagínese el lector un expresidente de Colombia produciendo un trino por cada uno de los 23.000 incidentes de violencia que las cifras oficiales registraron en los ocho años de su mandato o por cada metida de pata en el Ralito, a cargo del prófugo dr. ternura. Un trino por cada policía muerto, cada ganadero secuestrado, cada puente volado, cada bus incendiado, cada soldado emboscado. Ese goteo metódico, unido a una jerga patriarcal bien estudiada, habría erosionado la popularidad, la imagen y hubiera desestabilizado cualquier sistema. Cuando se habla de uribismo hay que entender que no es un “pensamiento universal” sino una técnica que quita el piso a cualquier conversación política razonable. Es la réplica colombiana del tea party con su patrioterismo primitivo.

Hay un documental que cuenta cómo se fabricó chapuceramente la publicidad de los “héroes de la patria”. Hay indicios de complot en muchas acciones del gran tuitero como aquello de las coordenadas en su empeño de sabotear a como dé lugar el único proceso serio y sostenido de negociación con la guerrilla; serio, al punto que OIZ tuvo que cambiar oportunistamente la letra de su canción. Ya le dijeron que desmontar La Habana no es como desmontar los derechos laborales de los trabajadores o la ley de víctimas. Santos tuvo que recordarle en el último debate que negar la existencia del conflicto armado tiene consecuencias en el orden legal interno, no permite reparar a las víctimas. Para no hablar de las repercusiones internacionales, de la Casa Blanca al Vaticano, pasando por todas las capitales de Sudamérica y Europa que, apoyando las conversaciones, han permitido a Colombia rehacer el maltrecho frente diplomático que dejó el gran guerrero.

Como las tendencias estadísticas de las encuestan muestran volatilidad es posible que logren convertir al Zorro, al Otro, a OIZ, en un Dr. Zuluaga moderado, informado, respetuoso, como dice el patriarca en uno de sus trinos; es posible que funcione la operación mediática conservadora de lavarle la cara y volverlo respetable, político de centro. De todo se ha visto.

Quedan los pendientes de superar institucionalmente el grave problema de la politización de la justicia y la judicialización de la política; de reformar la aritmética electoral y el sistema todo de administrar las votaciones; de politizar a las Fuerzas Armadas. Pero, de nuevo, el gran problema de fondo, la injusticia social, esa desigualdad patológica, madre de tantos males, quedó atrás ante el sentimentalismo patriarcal que, al menos en campaña, marcó el tono y en política la forma es el fondo. Esperemos que el 15 de junio prevalezca el otro estilo, el talante liberal, piso de reconciliación colombiana.

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