Opinión

Señales de tránsito y vidrios polarizados

Por:
marzo 31, 2014
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Está demostrado que una solución simple para evitar una buena cantidad de accidentes de tránsito —sobre todo aquellos que involucran, en general fatalmente, a peatones, ciclistas y motociclistas— consiste en aumentar las posibilidades de que haya contacto visual con los conductores de los vehículos.

En parte por esta razón, varias ciudades europeas han comenzado a experimentar una nueva manera de regular el tráfico urbano. En vez de saturar el ambiente visual de conductores y transeúntes con una infinidad de señales de tránsito que exigen la atención de los motoristas —y los distraen de ponerle atención a lo verdaderamente importante: la cantidad, posición y velocidad de los demás vehículos y peatones que los circundan— se ha decidido retirar la señalización para propiciar un mayor contacto visual entre los conductores, y entre ellos y los motociclistas, ciclistas y peatones.

Este mecanismo de autorregulación funciona, no solo en la medida en que elimina la necesidad de tener que prestarle atención a múltiples señales, y en consecuencia permite ponerle atención a los vehículos y transeúntes que circulan el entorno del conductor, sino además —y sobre todo— en la medida en que facilita el contacto visual entre quienes están compartiendo un mismo espacio físico e intentando coordinar sus movimientos en él.

El contacto visual es una de las más eficientes herramientas de comunicación social que ha producido la evolución natural de Homo sapiens. Todos sabemos que con tan solo una mirada podemos hacernos una muy buena idea de las intenciones de otra persona, o podemos lanzar un reproche cuando el otro incumple una norma de comportamiento social. ¿Nunca se han preguntado por qué la parte blanca del ojo humano (la esclerótica) es tan prominente, en contraste con la de otros animales? Para comunicarnos sin tener que hablar.

Desafortunadamente, nuestros diseñadores de políticas públicas han logrado distorsionar al máximo esta faceta de nuestras posibilidades de autorregulación del tránsito vehicular.

Por un lado, saturar las calles con señales de tránsito (y cámaras o policías que están atentos exclusivamente a la violación de las órdenes consagradas en las señales) le permite al Estado aumentar las posibilidades de lograr lo que el Estado más quiere: plata.

Los conductores deben repartir su escasa atención entre los objetos y los obstáculos de un entorno pésimamente diseñado en términos de seguridad (puesto que el principal criterio de diseño —dadas nuestras reglas de juego para la contratación de proyectos de construcción y mantenimiento de infraestructura vial— termina siendo el ahorro de materiales y mano de obra por parte de contratistas) y un sinnúmero de señales, impuestas más por cuenta de una visión autoritaria de la regulación social, que con el fin de orientar al conductor hacia su destino (muchos límites de velocidad muy variables, versus pocas señales que indiquen eficientemente la ruta que cada quien debe tomar para llegar a su destino). Esto permite que los conductores, perdidos y buscando alguna señal que les permita orientar su camino, caigan en la trampa de un absurdo comparendo de más de 300.000 pesos por ir a 40 kilómetros por hora en una zona cuyo límite de velocidad es de 30 kilómetros por hora.

Por otro lado, hemos logrado — como país— fundamentar buena parte de nuestras normas en la paranoia colectiva que se nos ha impuesto mediáticamente para justificar muchos tenebrosos medios con base en el fin abstracto de la seguridad.

Esto ha permitido que muchas personas justifiquen el uso de vidrios polarizados en sus vehículos, amparándose en una normatividad abstrusa y con parámetros de cumplimiento muy poco exigibles en la práctica. Dudo mucho que, en ciudades como Cartagena, saturada de conductores que se aprovechan de la invisibilidad que les otorga la penumbra de sus vidrios para echarle su carro encima a todos, la Policía les imponga las sanciones exigidas por la ley a quienes conducen vehículos con vidrios polarizados sin portar los permisos exigidos. Y no dudo que haya un mercado negro de permisos amparado en la posibilidad de otorgárselos a quienes “demuestren” que su seguridad está en riesgo.

Así, los peatones, los ciclistas, los motociclistas y muchos conductores de automóviles sin vidrios polarizados, vemos nuestra vida puesta en peligro por quienes tienen el poder y el dinero para hacerse invisibles tras esa capa de oscuridad, que de lo único que los protege es de cumplir con las normas de la moralidad humana más básica y natural: las que proporciona el contacto visual. Así, ni podemos coordinar bien nuestros movimientos con nuestras miradas, ni podemos sancionar el quiebre de las reglas de la civilidad con nuestros ojos.

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