Opinión

La educación religiosa de los niños es una forma de abuso

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marzo 31, 2014
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Muchos animales transmiten de una generación a la siguiente, si no conocimientos, al menos comportamientos útiles.

El género humano va un poco más allá: ha desarrollado la capacidad de aprender reemplazando la experiencia personal por la de un tercero.

"No te acerques a esa cueva porque allí hay un oso", le dice el adulto al niño de la tribu que lo mira con ojos sorprendidos mientras aprende el concepto.

Esa maravillosa herramienta evolutiva que le permite al pequeño incorporar lo que el adulto le transmite, sin necesidad en este caso de exponerse a ser convertido en bocadillo de fiera, tiene una característica que implica un riesgo: requiere un cerebro permeable, receptivo, que no cuestione en lo más mínimo aquello que se le ofrece como verdad.

Y esa es la principal característica del cerebro de los niños: una vulnerabilidad de base que se traduce en lo que en ciertas circunstancias llamamos inocencia. El niño que evitó la cueva del oso, también aprendió, con el mismo nivel de certeza, que para llamar la lluvia debía bailar toda una noche alrededor de una ceiba. Y ambos aprendizajes —eso es lo más llamativo— permanecerán como verdades incuestionadas por el resto de su existencia, como ocurre con la práctica totalidad de los seres humanos.

Para los pequeños, carentes del poder de discernimiento, todas las afirmaciones de los adultos son verdades absolutas. Y sobre ese maravilloso sustrato permeable se pueden sembrar lo más espléndidos conocimientos o las más trágicas manipulaciones.

Los jesuitas lo saben muy bien y lo traducen en su conocido precepto “Dame un niño hasta que tenga siete años y te devolveré un hombre”.

Se puede discutir a profundidad sobre lo útil o perjudicial de los preceptos religiosos. Lo que no es discutible es que gran parte de su arraigo procede de la edad en que son sembrados y de las características vulnerables de los cerebros que los reciben.

El concepto religioso se deposita en cerebros vulnerables e indefensos y, sin importar lo descabellado que sea, el niño lo aprenderá y lo repetirá como verdad porque procede de un adulto en quien confía y porque carece de herramientas para cuestionarlo.

Es así como aparece el abanico inverosímil: adultos que creen en piedras sagradas, en muertos vivientes, en deidades con cabeza de elefante o en hijos de vírgenes que salvan a la humanidad colgándose de un madero.

¿Un niño anarquista? ¿Un niño neoliberal? ¿Un niño comunista?

A todos nos escandaliza esa idea porque implica un adulto manipulando y un niño siendo manipulado, como bien lo explica en su analogía Richard Dawkins.

¿Por  qué entonces no nos escandalizamos cuando nos hablan de la Infancia Misionera o de los niños cristianos?

Pues simplemente porque cuando estábamos niños, un adulto en quien confiábamos —porque a él de niño le sucedió igual— nos contó, como verdades, historias de lluvias y de ceibas.

Que los padres adoctrinen a sus hijos en sus creencias religiosas es absolutamente legal y en la inmensa mayoría de los casos bien intencionado.

Pero eso no lo hace menos abusivo ni más ético.

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