Sana competencia

"Cierro la libreta dejando marcada la hoja con el dedo meñique", microcuentos con Manuel Mejía G.

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junio 19, 2019
Sana competencia

Estaba sentado en cualquier banca de cualquier parque anotando en mi pequeña libreta cosas que ocurren, como si fuese un detective persiguiendo travesuras infantiles, e informo en tinta verde que veo un cura tras un niño de seis años con caramelos de fresa y deduzco que el dato me servirá para un soneto imperfecto. A veces la literatura es más útil que una llave inglesa. Cierro la libreta dejando marcada la hoja con el dedo meñique. Miro aquí y allá, miro la gente, es chévere ver gente, su caminar, unos van rápido y otros despacio, mientras algunos pocos no van, sólo miran piedrecillas del camino como si fueran meteoritos venidos del espacio sideral. Aparición repentina: una mujer hermosa a menos de cuatro metros, pelos locos y frente amplia, llamativa como la luna cuando se esconde y quise anotar algo, cualquier cosa de ella, la mirada, seguramente su mirada socarrona, las miradas inquietan y agradan cuando no agreden y esconden una bella burla, las miradas de placer matan, a mi al menos me matan. Comienzo a anotar cosas de esa belleza, de la mirada complaciente, y cuando quiero ver otra vez, ella ya se ha ido, se habrá marchado a otro parque. A veces los amores son repentinos. Instantáneos. A veces el amor dura un segundo. Miro a mi izquierda y ahora en la banca contigua a la mía hay una mujer, diferente a la que quiero ver, diferente a aquella que me acaba de impresionar, esta es regordeta y con cara de ángel, la piel blanca como el queso de cabra, y anota en una libreta como la mía sus cosas, y digo es escritora, no la reconozco, ¡somos tantos los escritores y tan pocos los lectores!, y ante lo anecdótico la observo como un científico y empiezo a dibujar cosas sobre ella, misceláneas, parece que es bajita, cejas claras, no me agradan los zapatos que lleva, muy redondos y parecen de plástico, el pelo negro lacio hasta el cuello la hace interesante, no me atrae, apuntes que me servirán para un relato, tal vez una corta novela sobre la ética en la vida, pienso, aunque quedo alarmado al notar que ella ha escrito en su pequeña libreta tantas cosas como yo, y veo que escribe más rápido, que es más ágil y por tanto habrá anotado más y tal vez mejor, y cuando me levanto agotado de escribir me queda una duda tremenda, el no saber qué habrá pensado de mí, si le habré gustado, qué habrá opinado de mi sentar, ¿habrá informado que mi bastón es egipcio?, y me retiro del parque con deseos de saborear el café y muriéndome de ganas por conocer sus palabras, en caso de que las haya. A veces uno quiere ser protagonista de historias ajenas, o como dijo alguien famoso, todos queremos nuestros quince minutos de fama.

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