San Andrés, Providencia y Santa Catalina: huracanes, despojo y "reubicación en Barranquilla"

"Nos movemos entre paradojas tristes y despiadadas", escribe la investigadora Ruby Jay-Pang, a propósito de lo que se vendría para los habitantes de la región insular

Por: Ruby Jay-Pang Somerson
noviembre 25, 2020
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San Andrés, Providencia y Santa Catalina: huracanes, despojo y
Foto: Facebook @PresidenciadeColombia

-briiz bluo tek ue fi ui yaaddem, fi ui chridem, fi ui koudem-

Me sorprendió otra vez la vida envuelta en los acontecimientos. Uno en San Andrés isla y el otro en Providencia y Santa Catalina, ambos de realidad cruel. No solo por los estragos físicos y materiales y humanos y psíquicos, sino también por lo que podría haber en la base de la negligencia en las alarmas contra unos huracanes suficientemente anunciados.

En el arrasamiento de Eta contra la isla grande, se les prometió a algunos damnificados reconstruirles las viviendas, sobre todo a aquellos que le sirven al turismo y que han usufructuado nuestro patrimonio natural, cultural y humano. No obstante, no se les prometió reubicarlos en sus pueblos de origen. Tampoco se les ha prometido a los ciudadanos en las barriadas de invasión en el territorio indígena raizal, desempleados y con las casas inundadas y aguas de alcantarilla rebozadas, reubicarlos en su pueblo natal para que gocen de mejor vida en la Colombia continental.

No he podido saber qué les prometerían a los raizales que habitan en el Hoyo Soplador. ¿Tal vez evacuarlos?, ¿reconstruirles las viviendas? Siempre admiro que estos raizales auténticos sí han entendido que, desde hace mucho tiempo, los quieren erradicar. Ellos no harán "éxodo" a ninguna parte.

En el asolamiento de Iota a las islas hermanas, Providencia y Santa Catalina, que fue, en todo, destructor, más que en la isla grande, con prontísima e inusitada diligencia se escuchaba, se anotaba, se repetía: éxodo, evacuación, reubicación. Estas palabras me herían, pero, en medio del avatar, aún no lograba ponerlas en su sitio. Se me enredaba su verdadera semántica.

Los paisanos de Providencia estaban espantados, maltratados y heridos por una catástrofe natural que, por medios humanos, pudo haberse paliado su intensidad en los habitantes, en los animales de compañía o de trabajo y en el ganado, y que al ofrecérseles un lugar menos destruido, pues es normal que salgan de su territorio. Deshabitando, despoblando sus tierras ancestrales.

Me fui buscando más información en la web sobre amigos, conocidos, familiares... Loyda Jay, Mincy, Elena, Brakas, el profesor Márquez, y me encontré con un video en el cual Misa Gonzalo Robinson, un raizal maduro, apaciguaba una pierna herida mientras trataba, en idioma español, de describir la magnitud de su desolación. Entonces escuché claramente, en castellano puro, cuando dijo que le habían prometido reubicarlo en Barranquilla con casa y todo, y que desde San Andrés lo llevarían con otros.

Cuando las dendritas hicieron sinapsis en mi sistema neuronal, retrocedí y escuché el video cinco veces. Fue que me aterraron las palabras “reubicación en Barranquilla”. Entonces, me condolí de su inocencia, ingenuidad y naïvismo, y pensé que tal vez quiso haber dicho “desplazamiento involuntario”, pero que en su orfandad no le alcanzaba el léxico español.

Después del relato inofensivo de Misa Robinson, mi cerebro y mi estómago se agitaron convulsionados enviándome mensajes angustiosos de advertencia. Me descompuse tanto y, por falta de poder vomitar, se me aflojó el estómago. Veloz, en recorridos atormentados y atolondrados por lecturas y bibliografías, pude acordarme en dónde había escrito sobre esto. Sí, en mi tesis del año 2014 ya lo había documentado.

Aquí, la cita original y la fuente:

En aquel tiempo, a mediados del siglo XX, hubo planes del gobierno colombiano de "mudar" la población completa de las islas a la costa cerca de Barranquilla y recolonizar las alejadas islas con grupos de población del interior. De esta manera se debería concluir una completa colombianización y acabar para siempre con todos los argumentos para la independencia cultural y política de San Andrés y Providencia. Las temidas protestas y la impracticabilidad de tal mudanza llevaron a renunciar a dicho plan, a favor de uno más sutil. (Ratter, Beate M. W. [1992] (2001:92). Redes Caribes. San Andrés y Providencia y las islas Cayman: entre la integración económica mundial y la autonomía cultural regional. Icfes y Universidad Nacional de Colombia. Bogotá: Editorial Unibiblos.

Recordar y actualizar este registro, que nunca se me había olvidado, me lanzó al fin del mundo. En aquel tiempo, entonces, le hubiera habido tocado a mi papá, pero ahora se ponía a otros ante el abismo de la posibilidad: el despojo de la tierra. ¿Me tocaría a mí?, ¿a Misa Robinson?, ¿a los demás providencianos?, ¿y a los de San Andrés?

Me crispó los cabellos que lo estuvieran llamando tan dulcemente: ¡éxodo, evacuación, reubicación de providencianos!, ¡¡¡por favor!!!

¡No! ¡Ni el cataclismo de los huracanes ni las lluvias de diluvio me descompusieron tanto, no! ¡Sino esa visión a futuro y en retrospectiva, cual flash back premonitorio, que lo que se estuviera poniendo en marcha fuera esa maquinaria malvada sobre la cual ya nos había advertido Ratter desde los años 1992 y 2001!

Pero no solamente esta investigadora extranjera, quien no tiene sangre africana o miskitu, pero que se dedicara a seguir desarrollando lo que su antiguo profesor, el caribeñista y geógrafo Gerhard Sandner [1985] (2003) (Centroamérica & el Caribe occidental: coyunturas, crisis y conflictos 1503-1984. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá: Editorial Unibiblos) había estudiado a profundidad. Este nos alertaba sobre la necesidad de ver y de pensar la Región Caribe Occidental desde los efectos causados por los intereses internos y externos que caen directamente sobre los implicados, quienes son los actores reales en los procesos geopolíticos y económicos estratégicos dirigidos desde afuera y desde arriba, pero también desde adentro y desde abajo y que se agazapan detrás de todos los hitos y procesos que se dan en el Caribe.

Así también, recientemente, en el año 2012, otra investigadora, Diana Durán, en el artículo Los espías del DAS en la isla, sacó nuevamente a la luz lo que se llamó "el plan secreto", documento elaborado en el año 1978 por el gobierno nacional, publicado y denunciado por el grupo raizal Sons of the soil (SOS) en 1987, sobre el cual también había registrado Ratter en 1992 y 2003:116):

El temor de perder a San Andrés a causa de un supuesto movimiento separatista llevó a la creación de un plan secreto que debería forzar aún más la colombianización dirigida a la cultura insular. Este plan, concebido a mediados de los años 1970, contenía toda la cadena argumentativa para las pretensiones de aculturación, del gobierno colombiano central, hacia las islas. Tras un análisis intenso de la situación geográfica, social y económica se prueba, iluminando episodios históricos, un permanente afán de separar a los insulares [...].

Siento que nos movemos entre paradojas tristes y despiadadas porque las dinámicas anteriores no son un "secreto" entre nosotros los raizales. Ya nos alertaba Sandner, sobre lo que sabíamos o intuíamos, cuando además nos reclamaba “ensanchamiento en la forma de ver y en la capacidad de traducir a nuestro entendimiento [una hermenéutica del saber propio, como diría Mignolo] lo que ha ocurrido y lo que está ocurriendo, sin perder la capacidad de asombro, es decir, de ver a los actores y, a los afectados, quienes son los que sufren las coyunturas, las crisis y los conflictos en el Gran Caribe” (2003:7).

Pero, ¡¿en dónde se han metido todos los que saben esto!!!?

Tiritando de miedos encalambradores temiendo no conseguir contratos en la gobernación, o en alguna institución académica, o en los centros culturales, o en algún canal de televisión, o dejar de ser los mimados del gobierno nacional o, simplemente, no ser llevados con los gastos pagos al congreso o, definitivamente despedirse de los sueños grises y seniles de volver a ser embajadores.

Las evidencias muestran, claramente, que no nos aprendimos la gran lección. Que no nos caló.

Pero que calan más, que son más atractivos esos mensajes que nos lanzan los corruptos, de toda índole, interesados únicamente en sus ambiciones viles, ruines e individualistas, politiqueros desalmados, Trumps y Bolsonaros creole, falsos predicadores, encantadores de serpientes, camanduleros impostores, rezanderos hipócritas, comunicadores sin ética-vociferantes-charlatanes.

Y ya nada parece suficiente para exterminar al pueblo étnico raizal afrocreole.

No solamente desde arriba-arriba y afuera-afuera (desde donde, no solamente, se burlan de nosotros los raizales), sino también desde abajo-abajo y adentro-adentro: desde las entrañas de la corruptela raizal enquistada de algunos paisanos, raizales brillantes y sobresalientes, consultadores prominentes de oficio (herederos del trabajo del esclavizado a quien ponían a masacrar y los otros esclavizados para los amos lavarse las manos). Todos, igualados con la sobrepoblación, de tú-a-tú para irse juntos a conseguirse los votos.

Nadie quiere percatarse, a pocos les importa, no ven la gravedad de la voz éxodo, evacuación, reubicación, que esto no es ingenuo. Que esto es ¡desplazamiento forzado!

Así las cosas, nadie parece darse cuenta de que tendrán que irnos a visitar, desde San Andrés, a los primos, a los tíos, a los abuelos de Uol Prabidens —pero a Barranquilla— arrastrando la maleta llena de encomiendas con bon, krab pati, bred frut, jinja kiek, banaana bred y kaan biif, a unas casuchas bajitas, en donde tendremos que caminar encorvados, mejor dicho, en donde caminaremos, pero de rodillas. Por allá, en algún descampado polvoriento o fangozo, lleno de aguas sépticas y basuras putrefactas y, seguramente, por falta de carretera, por una trocha, en una mototaxi.

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