El comunismo, como bandera ideológica y política, derivó del trabajo de organización obrera y de la publicación del Manifiesto escrito por Carlos Marx y Federico Engels a mediados del siglo XIX. En síntesis, planteaba y aún sostiene, que el grado de desarrollo científico, tecnológico e industrial de los países más avanzados acarreaba una abismal desigualdad entre los hombres.
Un grupo de ellos, evidentemente una minoría, propietario de los principales medios de producción social, se enriquecía astronómicamente a costa del trabajo de la inmensa mayoría que sólo poseía su fuerza de trabajo para sobrevivir. Una enorme injusticia que debía ser reparada mediante la organización y acción de los trabajadores de todos los países. Para lograr que toda la riqueza producto de su sudor retornara efectivamente a ellos.
Los marxistas alegaron que el dinero, por muy grande que fuera, no podía crecer por sí solo. Lo que lo reproducía era que con él se compraba la fuerza de trabajo y que esta lo aumentaba. Los capitalistas sólo reponían al trabajador una parte mínima de la riqueza que ellos creaban con su trabajo, quedándose con la mayor tajada, lo cual era injusto. Hasta hoy, nada ni nadie ha podido desvirtuar esa afirmación.
Bueno, hoy en día, en las bolsas de valores y en los movimientos financieros internacionales, hay una cantidad enorme de negocios especulativos, apuestas, que no significan trabajo ni producción material, que crean una riqueza ficticia. Que explica las fantásticas fortunas que obtienen y siguen obteniendo las grandes corporaciones. Los más famosos multimillonarios, sin trabajarlo duramente, poseen fortunas inimaginables.
Y compiten entre sí, para aumentarlas aún más, por encima del resto de la humanidad necesitada cada vez más de los más elementales medios de vida. Son ellos quienes están detrás de todos los conflictos actuales. Por ejemplo, los más grandes fabricantes de armas de los Estados Unidos y Europa están tras las guerras en Ucrania y el Medio Oriente. Así como de la permanente amenaza contra China o Corea del Norte en el oriente asiático.
Los pueblos de gran parte de África que pasan hambrunas, sobreviven en territorios colmados de minerales y recursos valiosos para las industrias tecnológicas de Norteamérica y Europa, que los explotan y apropian. Es el caso de Sudán, Somalia o la República Democrática del Congo. Lo cual explica que en el cine y la televisión occidentales esos pueblos sean representados como negros, piratas, terroristas y criminales de la peor laya.
El método de conocimiento y análisis de la realidad que aportaron los comunistas, esto es, el materialismo científico, ha sido el instrumento clave para desentrañar las causas de las desigualdades e injusticias. Eso no constituye ninguna atrocidad. Aunque los capitalistas se hayan ensañado, desde su nacimiento, en condenarlo, prohibirlo y aniquilarlo. El odio contra los comunistas nace del miedo de los más ricos a perder sus privilegios.
Marx y Engels plantearon revoluciones radicales para expropiar a los capitalistas. Y su pensamiento inspiró desde entonces buena parte de las revoluciones que siguieron. Pero, miremos, apenas triunfó la revolución bolchevique en Rusia, 14 potencias capitalistas la invadieron procurando destruirla. Y jamás dejaron de hostigarla. Igual ha sucedido con todo proyecto tachado de revolucionario o comunista por sus adversarios.
Los nazis, los fascistas de todos los países, nacieron para aplastar cualquier asomo de organización comunista o tachada de tal. Basta con observar qué sucedió en cada país africano tras su independencia del colonialismo europeo. O lo que les ha pasado a Cuba, Nicaragua, Haití, Chile, Argentina, Venezuela e incluso Colombia. Las grandes potencias capitalistas, y la mayor de ella, los Estados Unidos, se han propuesto aplastar sus pueblos. A sangre y fuego o por hambre.
Seguramente los comunistas no dejan de soñar con la revolución. Pero han aprendido de la historia, hay que avanzar por períodos que pueden extenderse por décadas y quizás hasta siglos. Conquistar primero la democracia, la justicia social, el bienestar general, con luchas pacíficas, legales, electorales. En ese camino se han transformado, encontrándose con sectores democráticos, progresistas, de avanzada, que también levantan esas banderas.
Asimismo, todas estas fuerzas coinciden en que el empleo de las armas y esa forma de lucha no tiene cabida hoy. Por eso todas levantan la bandera de la paz y las soluciones dialogadas, buscando la desaparición de las guerrillas y sus causas. De hecho, importantes fuerzas rebeldes, como el M-19, el EPL o las FARC, desaparecieron y se apersonaron de luchas políticas amplias y en la legalidad, rompiendo con cualquier expresión violenta.
No sé si Iván Cepeda siga siendo un comunista, pero si lo es, no se diferencia en nada de quienes están por la paz y las transformaciones para un mejor vivir
No sé si Iván Cepeda siga siendo un comunista, pero si lo es, creo que no se diferencia en nada de quienes están por la paz y las transformaciones necesarias para un mejor vivir. Se trata de una corriente de pensamiento que, pese a sus distintos enfoques, sigue ampliándose con banderas como la igualdad de género, la defensa de la naturaleza, la vigencia de los derechos humanos y la reivindicación del derecho internacional, entre otras.
Nada de eso espanta. Constituye, por el contrario, un llamamiento a la razón, al diálogo, al acuerdo, estrategias que cada vez más gente comprende y defiende. Esa mayoría creciente no cree que sean los odios los que deben inspirar la vida de los pueblos y naciones. Cepeda es el hombre.
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