Profesores universitarios, en medio de la lógica mercantilista del sistema educativo

De acuerdo con los autores pareciera que estuvieran subsumidos en una dinámica en la que deben transformarse en un producto deseable y deseado

Por: Nelson Orlando Vargas Montañez y Leidy Carolina Plazas
Mayo 21, 2018
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Profesores universitarios, en medio de la lógica mercantilista del sistema educativo

“Productividad académica”, sin duda alguna es la causante hoy día del insomnio y los altos niveles de estrés a los que son sometidos profesoras y profesores universitarios con el fin de poder mantener su puesto laboral, aumentar en algo los puntos salariales, o simplemente por ser “reconocidos” en ese difuso mundo que pretende innovar en el conocimiento no de punta, sino a punta de cuanta ponencia y artículo se pueda producir anualmente.

Una vez más Zygmunt Bauman no se equivocó al afirmar que en esta, la sociedad de consumidores, “nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto y nadie puede preservar su carácter de sujeto si no se preocupa por resucitar, revivir y realimentar a perpetuidad en sí mismo sus cualidades y habilidades”. En ese “nadie” se incluye también al profesorado universitario sometido a la penuria de resucitar, revivir y realimentarse para lograr un mínimo reconocimiento por lo menos durante un periodo determinado.

Es indignante las categorizaciones utilizadas por Colciencias para determinar qué tan probos somos en el aporte científico y en los procesos de transformación social que tanto necesita el país; no obstante, pareciera que todos estuviéramos conformes y buscamos desaforadamente el evento, ojalá internacional, para poder presentar nuestra ponencia, y la revista categorizada para luego darle un par de modificaciones al texto que se presentó en el mismo y poderlo someter a evaluación y, con buena suerte, lograr la publicación uno o dos años después y tener cómo “realimentar” la hoja de vida y lograr la permanencia en un grupo de investigación, de lo contrario se pasará al anonimato, a ser un desconocido, un loser.

Esto sucede con gran parte del profesorado universitario que se le niega la dedicación única y exclusiva a la formación de los futuros profesionales, situación paradójica tomando en cuenta que la enseñanza ha sido el principio básico de la academia —por lo menos desde el liberalismo— en la medida en que propenda por una educación que contribuya a formar autonomía; pero, con estas exigencias no se le da la posibilidad a profesoras y profesores de reconocerse, menos de dignificar su labor si no se está inmerso en la absurda lógica mercantilista del sistema educativo, es decir, el demostrar productividad académica que no es otra cosa que hablar y escribir para un grupo selecto, que hable y además conozca de lo que se está hablando, o para estudiantes a los que casi que se obliga a asistir a los eventos para llenar recintos a cambio de una nota apreciativa. De 152.876 [1] profesores dedicados a la docencia en educación superior en el país hasta el año 2016, solo 73.422 tiene registrado su CVlac (Curriculum Vitae de Latinoamérica y el Caribe) en la plataforma Scienti Colciencias, y de estos apenas 13001 se “reconocen” como investigadores. Los restantes entonces, ¿qué somos?, ¿en qué categoría nos relacionan?, ¿cómo y en dónde se reconoce la labor pedagógica? Se nos olvidó que hay una diferencia entre ciencia y profesión, en la que la universidad “debe mantener su compromiso con la investigación científica, pero ante todo formar buenos profesionales; por lo que resulta utópico y equivocado pretender, como ahora se insiste, en convertir a estudiantes y profesores universitarios en investigadores”[2].

Lo más preocupante, sin embargo, es el abismo al que estamos llevando la sociedad, cada vez más carente de conocimiento y dejándole la tarea a las redes sociales y a ese mundo ligero y brillante que nos muestra la televisión, sin mencionar la gran labor cultural que tristemente está logrando el reguetón y no la academia: universalizar el idioma español.

Pareciera que estuviéramos subsumidos en esa dinámica en la que, nuevamente en palabras del polaco, nos toca “transformarnos en un producto deseable y deseado”, tener nuestro rato de fama detrás de una portada de un libro, eso sí, que precise más que nuestro nombre, la afiliación institucional, el grupo de investigación, la categoría, el código o nombre del proyecto, el nombre de quien dirige (aunque nadie lo hubiese hecho)…etiqueta tras etiqueta para lograr ese reconocimiento que tanto nos preocupa.

[1] Cifra tomada del Informe SNIES del Ministerio de Educación Nacional año 2016.

[2] Ospina, C. (2004). “Disciplina, saber y existencia”. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y juventud, 2 (2).

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