¿Por qué abrazar a Popeye y lapidar a Timochenko?

“Por qué razón uno es aclamado como una estrella de televisión y al otro no le permiten si quiera presentar sus propuestas en público. Es hipócrita e incoherente”

Por: Gustavo A. Gutiérrez Gómez
Febrero 13, 2018
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¿Por qué abrazar a Popeye y lapidar a Timochenko?

Sin duda una pregunta difícil, al menos para mí. Con total asombro observo cómo día tras día las cuentas en redes sociales del señor Jhon Jairo Velásquez Vásquez crecen en términos de número de seguidores, con cientos de comentarios positivos y actividad por parte del propietario de dichas cuentas. Apoyo que se ha trasladado de manera sensible al contacto personal en las calles.

Debo decir que el sentido de afiliación que se aprecia en muchos de dichos comentarios me produce gran desconcierto y he intentado  descifrar, en un sentido social y humano, qué tan correcto es dicho sentimiento si uno quiere situarse en una posición positiva, con la mirada puesta en el futuro. Se trata de un ejercicio de reflexión personal y de ninguna manera pretende posar como fruto de una aproximación juiciosa o sistemática al asunto.

La posibilidad de que una persona relacionada con un número importante de homicidios y actos terroristas pueda, después de pagar la condena que el sistema judicial le asignó, lejos de considerar si pueden o no los años de prisión compensar el daño que un individuo ha causado a la sociedad, es alentadora. Pareciera, si se aprecia de manera rápida, que el perdón y la reconciliación han encontrado terreno fértil. Si hay perdón en heridas tan profundas, de seguro cambios positivos esperan por la sociedad; momento.

Las costumbres, tales como el tono en el que se discute mientras se intenta abordar un bus con quien no respeta una fila y la manera en la que a golpes o disparos puede terminar una riña entre dos conductores por un cruce mal hecho no me permiten creer en que aspectos, por mucho más complejos, tengan un final tan armonioso. No se trata de perdón, ni reconciliación o voluntad de permitir la resocialización de un individuo que, día tras día, habla de los asesinatos que cometió y los atentados que planeó, al tiempo que profesa su arrepentimiento. Lo que realmente subyace tras esta relación es, por increíble que parezca, admiración.

Cómo es posible que un país que ha sufrido los desmanes de tantos conflictos: los movimientos guerrilleros, el narcotráfico, la delincuencia común y organizada, los golpes de la corrupción y cualquier otra cantidad de fenómenos que hoy, expuestos por tanto tiempo a aquella quimera nos parece tan normal, sea capaz de admirar uno de los protagonistas sobrevivientes de tantas desdichas. La respuesta es escalofriante: en el orden invertido que habitamos, él es un triunfador.

Es precisamente el hecho de vivir en un entorno en que desprovistos de instituciones que defiendan con suficiencia al ciudadano de a pie, triunfa quien logre mostrarse imposible de pisotear. Una persona que aún con tantos enemigos a cuestas sigue pareciendo intocable es, para quien no lo piensa detenidamente, envidiable en medio de toda la frustración que vive una sociedad como la nuestra. La desvalorización es tal que, de pronto, la expresión “la ley del más fuerte” toma su significado más cavernícola.

Prescindiré ahora, con el perdón de la rigurosidad, de clasificaciones estrictas. Rodrigo Londoño  Timochenko y John Jairo Velásquez Popeye vienen de la misma bolsa. El segundo podrá invertir todos sus esfuerzos en desprestigiar al primero, en favor de la propaganda anti-socialista, a través de la cual pretende, supuestamente, salvar a Colombia de llegar a la precaria situación en la que se encuentra la hermana República de Venezuela. De cualquier manera, ambos son responsables directos e indirectos de crímenes atroces. Seres humanos cuestionables, independiente de cualquier alegato ideológico. Si hubo nobleza, en algún momento de la historia,  o cualquier asomo de justificación en la causa de alguno de los dos, esta se desdibujó a manos del narcotráfico.

Por qué razón uno es aclamado como una estrella de televisión y al otro no le permiten si quiera presentar sus propuestas en público. Es hipócrita e incoherente. No estoy a favor de conceder votos a ninguno de los militantes del partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común en ninguna de sus formas de participación política. Sin embargo, habla muy mal de nuestro sentido crítico andar repartiendo pedradas cada vez que Rodrigo Londoño intenta pronunciarse en público y, tres cuadras más adelante, querer tomarse una fotografía con un personaje que se ufana de haber cometido 300 asesinatos a mano propia y la autoría intelectual de 3000 más.

Invertir esfuerzos personales en emprender acciones a través de las vías de hecho en contra del partido Farc es insensato. Se trata de personas cuya elección popular es improbable. Ni siquiera el grueso de los excombatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia apoyaría a alguno de los candidatos, porque en un acuerdo de paz el beneficio inmediato no llega representado por la solución a todas las condiciones que aquejan a una o ambas partes. Problemáticas sociales tan profundas no se solucionan con firmar un pacto en un papel y mucho menos si se invierte más esfuerzo en agredir que en informarse para realmente tomar una decisión consciente los próximos 11 de marzo y 27 de mayo.

Esta es una invitación a la mesura, y sobre todo, a pensar de manera detenida respecto a la información que circula en todas partes en nuestro país en época electoral, especialmente en redes sociales. Muchas campañas dejaron de ser la plataforma para exponer propuestas e ideas y son ahora una retahíla que no persigue nada más allá de sembrar el miedo. Repiten en bucle que si se vota por tal o cual el país se transformará en un régimen castrochavista, que el comunismo nos acecha a la vuelta de la esquina y un sinnúmero de falacias que, ante tal magnitud de amplificación, terminan por alcanzar fibras profundas entre las personas incautas.

El camino que debe tomar la política en este país necesita revisarse de manera tal que la opinión se desligue de la necesidad imperante de clasificar las ideas en derecha e izquierda. Peor aún, que por alguna razón con mayor o menor peso histórico izquierdista sea intercambiable por guerrillero y situaciones por ese estilo. En medio de tanta polarización y reconociendo la unidad como única alternativa efectiva para el crecimiento social, debemos hacer un esfuerzo por mirar mucho más allá de los colores y no creer en los fantasmas; en época electoral no se elige al mesías. Sírvase entonces a sospechar de cualquiera que se venda a sí mismo como tal.

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