El desahogo de Pirry en las tablas

Así lo hace en el conmovedor monólogo 'El tamaño sí importa', en el que desnuda sus emociones. El periodista Pacho Escobar estuvo con él en Popayán

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agosto 13, 2015
El desahogo de Pirry en las tablas

Un sonido ensordece de inmediato los oídos de Pirry. Milésimas de segundos después llega la onda expansiva que con un golpe seco lo tira contra el pavimento. Es enero de 1991 y Pablo Escobar ha mandado accionar otra bomba. Cuando llegan los bomberos en medio del aturdimiento el joven solo atina a responder: “Mi nombre es Guillermo Prieto La Rota, tengo 21 años, soy de Tunja, vivo desde hace dos años en una pensión en el Barrio Galerías, estudio en la Universidad de La Salle”. Mientras tanto de su mano derecha brota sangre a borbotones por el gigante vidrio que se le ha incrustado en carne viva. Después de las curaciones le dicen que debe llamar a un familiar que también esté en Bogotá.

Pirry piensa en su papá. Tiene dudas por la reacción que puede tener su progenitor. Es la medianoche, pero se atreve. Aquel día la respuesta de su papá dejaría la herida más grande que su corazón haya tenido, un punzón que solo se sanaría una década y media después.

—Papá, que pena. Es que estoy en el Hospital Militar, una bomba me dejó herido y me piden un acudiente para poder pagar algunos gastos y darme salida.

—No será que un amigo de la pensión puede ir y prestarle la plata. Yo mañana le mando para que la devuelva —respondió el padre con voz de dormido.

El monologo en las tablas de los teatros de Colombia que está presentando Pirry es en suma su mayor catarsis, su gran desahogo y la mejor forma de desnudar su alma. A sus 45 años ha tomado la decisión de quitarse de lo más profundo de su mente el peso de todos los pianos de cola que la vida le ha puesto año tras año. Su historia va en un crecento que después toma una caída libre como sus saltos en paracaídas para que el público termine con vértigo y lágrimas en los ojos.

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‘El tamaño sí importa’ es el título de la obra. Qué mejor hilo conductor que los tamaños de la vida: el físico, el de los egos, el de la riqueza, el del sexo, el del poder y hasta el del amor hacia los padres. Todos tienen un tamaño. “Descubrí que todos los bajitos son movidos por una razón muy freudiana y es que cuando se es chiquito, el individuo necesita llamar la atención”, cuenta el periodista. La obra salta de la risa a la perplejidad. Tal vez por la sinceridad de quien lo cuenta.

En un primer acto nos encontramos con la crítica a la educación tanto en casa como en los colegios. Pirry creció en un inquilinato con un papá pobrísimo que empezó a trabajar desde los 12 años en las selvas del Vaupés y que con disciplina llegó a obtener un empleo en la rama judicial en Bogotá; tal parece que lo único que compensaba esa vida de esfuerzos era el licor. Bebió hasta el final de sus días. Por el otro lado estaba su madre, una mujer de apellidos prestantes: “Los La Rota, una familia divinamente”. La balanza estaba equilibrada: Un padre parco y trabajador y una madre tan diáfana que lo más atrevido que hizo en su vida fue tener tres hijos y lanzarse de un paracaídas.

Mordaz, Prieto La Rota se va con todos los lápices afilados contra los curas que lo educaron en el Colegio de Boyacá en Tunja. Los episodios de aquellos días dan cuenta que la educación sexual era una blasfemia y que los chicos debían formarse con mano propia. Cada sátira le saca aplausos al público. Pirry deja claro que no cree en la religión católica regida por hombres iguales a todos los mortales. Su irreverencia vino desde allí. Curiosamente sus seguidores se enteran en una escena que en medio de su rebelión, leía más libros de literatura e historia que cualquier otro de su edad y que esa era su armadura frente a los muchachos grandes de tamaño. Tanto así que en las pruebas ICFES obtuvo un puntaje de 360 puntos, el más alto de su colegio. El día que con orgullo viajó a Bogotá a darle la noticia a su papá la respuesta fue triste: “Jum, es que ese colegio suyo… qué más se puede esperar”.

Pirry quería estudiar periodismo o literatura. Su papá le dijo que esas carreras eran mediocres, que lo que debía estudiar era medicina. Como el muchacho no pasó en la universidad pública, entonces su papá decidió por él y se fue a inscribirlo en veterinaria porque: “A esos también los llaman dotores”. Pero el día del registro, al lado del folleto estaba la carrera de zootecnia, con un plus para el silencioso padre, la matrícula y los semestres eran más baratos: “Esto es lo tuyo”, sentenció el progenitor. Dentro de ese crecimiento educativo, Pirry cuenta muchas más historias en las que el público se identifica y se desencaja de la risa por las amarguras que debió atravesar el personaje.

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El segundo acto es el del sexo, el del amor, el de la superación. Para no entrar en muchos detalles hay que decir que este reconocido periodista a pesar de su personalidad desabrida y arrolladora no fue un joven precoz. Muy por el contrario su virginidad la perdió a los 20 años pero con un atenuante alentador: lo hizo con la estudiante más bonita de la pensión que se interesó por aquel pequeño conquistador que le contaba todas esas historias y biografías de los  grandes hombres y mujeres del mundo. Ella le enseñó desde la primera noche cómo se le debía hacer el amor a una mujer, una historia de sexo muy parecida a la de Florentino Ariza y aquella bella negra que con orgasmos le borraba de la mente todas las noches a Fermina Daza. Es probable que la fama de buen amante de Pirry haya nacido desde aquellas épocas. Más tarde la fama le traería a sus sabanas experiencias sexuales con mujeres de casi dos metros de altura, pelos verdaderamente rubios y de abolengos inescrutables.

En algunos momentos al monologuista se le corta la voz. Casi siempre cuando vuelve a hablar de su papá. En la profundidad siempre hubo mucho respeto y amor así la relación por esos años noventa solo se basara en los gastos que con esfuerzo realizaba el padre para levantar honradamente a tres hijos. Pirry se pintó el pelo de verde, más tarde de azul y según su ánimo de los colores que lo animaran. Fue de los primeros jóvenes en Colombia que se perforó las cejas, la nariz y la lengua con piercings. Pero como si fuera poco, empezó a practicar los deportes más extremos del planeta. Tirarse de un puente, saltar de un avión o tocarle las aletas a tiburones en las profundidades del mar le dieron su entrada a la televisión nacional. Pero no quería ser un payaso de un programa de variedades. Por eso un día con un solo camarógrafo aprobado por el Canal RCN, se fue a pasar la navidad con los soldados que cuidan las antenas y las torres de energía del Sumapaz. Casi se muere de hipotermia, pero Álvaro García director de Noticias RCN pidió el reporte, lo pasaron en las tres emisiones. Guillermo Prieto La Rota se ganó el Premio Simón Bolívar, el más importante de periodismo del país y comenzó a hacer su propio nombre en Colombia.

Pirry tiene lágrimas en sus ojos. La voz se le va. Mientras habla, lo imaginamos metido entre las cobijas con su papá a quien le han diagnosticado un cáncer y pocos días de vida. El papá no puede hablar. Pirry todos los días le lee periódicos y una novela. Lo adora. Se toman de la mano y se quedan dormidos. La última imagen que tiene de su padre es en el hospital donde el enfermo le hace una señal. Pirry piensa que le está pidiendo un trago de aguardiente, pero no. Simplemente se despide pidiéndole perdón por cualquier diferencia que hubiesen tenido y suplicándole que no se deje llevar por ese maldito vicio llamado: Alcohol.

 

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