Opinión

Y si no escribo más… y si no leo más

Hacer literatura y querer ser escritor, es creerse Dios en una semana de creación que puede durar toda la vida

Por:
agosto 14, 2015
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El viejo escritor se marchó cabizbajo y por supuesto triste con la noticia que él mismo se había dado en un arrebato de lucidez: No escribo más… no vuelvo a leer más en mi vida.

Qué sentido tiene andar sobre las palabras y que ellas, cuando uno se canse, lo arrastren como un despojo miserable que ni siquiera vale la pena llevar de un lado para el otro. Le entregué toda mi vida a la palabra escrita y mira como me paga ella.

Me ahorca sin contemplaciones. Me asfixia con un placer casi que obsceno. Yo lo disfruto porque las palabras son mi verdugo favorito. Porque el masoquismo de la literatura es precisamente eso; un hurgar entre las uñas descuidadas para rescatar entre el dolor y la alegría, hasta obtener casi sangrando, el codiciado uñero que se muestra como trofeo de una victoria sin mérito.

Al principio el viejo escritor pensó que su sentencia era pasajera. Un definitivo adiós a las palabras no estaba dentro de sus cansados planes de arrugas y canas en medio de los libros. Estaba escribiendo sobre el cansancio del cuerpo cuando anochece en el corto y largo camino recorrido.

Quizá su cansancio sobre las palabras también nacía de lo malo o bueno que él había sido con ellas. Nunca le reconocieron sus méritos de escritor más allá de las palmadas en la espalda cada vez que publicaba algo y que por lo general, venían de sus amigos cercanos que lo habían considerado un mal escritor mientras él no estuviese presente.

Vivir en una ciudad pequeña con aires de intermedia y que tiene el caos de las grandes, era para el viejo escritor una experiencia fascinante y que lo llenaba de orgullo para alimentarse de ese caldo primigenio.

Pero casi nunca tuvo la temperatura precisa del agua para meter el pie y no reaccionar por un extremo u otro. Era malo para las medidas precisas. Eso en literatura no se perdona. Los casi y los de pronto, se quedan en los corrillos, nunca pasan a los libros.

Prefirió perderse en el vaho de una noche sudorosa, de esas que obligan a brotar las maldiciones porque la brisa fresca es apenas un leve recuerdo en la memoria. Cerró los ojos por más de un minuto. Sintió la sangre hervir entre sus retorcidos cuerpecillos venosos y una blanca intensidad le hizo olvidar todo lo que sabía del mundo mediante las palabras.

Me encontré el anterior escrito deambulando en el viento de agosto. Entre la luz de agosto. Lo atrapé para hacer una cometa que vuela torpe y graciosa. Se parece a mis amigos escritores de este mundo pequeño y convulsionado. En un intento de sobrevivir en medio de las tempestades de palabras que ellos mismos han creado en un diminuto vaso de agua; se sienten gozosos, burlones como Prometeo después de su travesura mítica y son al final, pequeños demonios que justifican la creencia en un Dios indiferente a sus inventores.

Cada vez que un nuevo libro de un amigo escritor, viejo o nuevo, sale a la luz de estos días, hacemos coro, invocamos ninfas y doncellas; aprendices de magos y pitonisas para que celebremos juntos en el bosque encantado de la palabra.

En el fondo todos somos conscientes que no vamos a alcanzar el Nobel de Literatura, pero algunos más azarosos prefieren ilusionarse con postulaciones remotas de los círculos más intrincados de la amistad y la cercanía. Otros, como el viejo escritor de las primeras líneas, deciden clausurar su encuentro con las palabras y cerrar la página del libro nunca escrito. Lo más optimistas, insisten en torcerle el cuello a la musa para que aborte las inspiraciones que en medio del sopor no son capaces de parir ni siquiera con comadronas experimentadas.

Hacer literatura y querer ser escritor, es creerse Dios en una semana de creación que puede durar toda la vida.

Desbaratar mundos de ficción es mucho más fácil que hacer realidad la misma ficción que nos obsesiona. Cuantas veces no hay que borrar de un plumazo todo lo que llevamos a cuesta. Asesinar personajes que aún no tienen carne ni huesos. Deshilvanar tramas complejas porque encontramos en otro autor un adelanto casi que perfecto de lo que estábamos creando en solitaria travesía.

A veces el mayor pecado de un escritor es no haber leído antes sobre los mundos que él se cree haber creado y conquistado con la espada de las palabras. Encuentra una tierra yerma y sin posibilidades de recoger cosechas.

Unas ganas inmensas y angustiantes, casi que escatológicas de gritar: No escribo más… no vuelvo a leer más en mi vida.

Coda: Por fortuna es una columna arrebatada para exorcizar los demonios que cargamos los escritores que aún no hemos encontrado las palabras cuidadas para saciar a perros hambrientos.

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