La palabra de la infancia en la época del regateo de sus derechos fundamentales

'Tras la paradoja del discurso progresista de los derechos civiles'

Por: Natalia Miranda Arturo
agosto 13, 2015
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La palabra de la infancia en la época del regateo de sus derechos fundamentales

Regatear (RAE): Dicho del comprador y del vendedor: Debatir el precio de algo puesto en venta.

¿Es usted el tipo de persona que aún se encuentra cuestionando la “salud mental” de los niños y niñas que son adoptados por parejas homosexuales? ¿Todavía se pregunta a cuál de los dos le va a decir papá o mamá? ¿Teme que la homosexualidad sea un mal ejemplo de conducta para los niños víctimas del acto de crueldad más antinatual, antiético, inmoral, obsceno y reprochable desde todo punto de vista, acometido por la especie humana  contra sí misma? El abandono y desprotección de su propio legado, sus hijos.

He observado que hoy en día la sociedad se polariza asumiendo posturas bien marcadas. Un sector señala y argumenta, desde sus estructuras morales y espirituales, lo que les orienta hacia el rechazo y la desaprobación de dicha cuestión por el desacato y violación de la autoridad y de las leyes de la naturaleza. Parece normal, comprensible, hasta inclusive obvio para algunos remitirse a juzgar la capacidad biológica y la legitimidad del derecho a la maternidad/paternidad de las parejas homosexuales. Sus argumentos, que obedecen más a dilucidaciones mágicas que cognitivas acreditan la cuestión de “lo natural”. Estos intereses obedecen a convenciones moralistas y religiosas contradictorias pues muchos de ellos no están dispuestos a acoger en su seno familiar a los niños y niñas en condición de orfandad, pero tampoco admiten que otros seres humanos lo hagan.

Los simpatizantes progresistas, por otro lado, asumen una actitud empática, solidaria y pseudo humanista al respecto a los derechos de las parejas homosexuales y han manifestado que cuando se apela al argumento de lo natural  o lo divino para juzgar la habilidad de una persona para criar (educar, nutrir y amar) los tradicionalistas ignoran la realidad actual de la familia tradicional como pilar fundamental del orden social y se remiten casi que exclusivamente a juzgar la conducta sexual desde sus prejuicios. Este grupo considera que la postura anterior es exageradamente reduccionista. Ellos señalan que no se toman en cuenta los cuestionamientos al respecto de la legitimidad del derecho a la paternidad/maternidad de hombres y mujeres heterosexuales que tienen hijos con distintas parejas a lo largo de su vida o a aquellos que sin más cometen adulterio, someten al abandono y el maltrato a sus parejas y a sus propios hijos hasta considerar la legitimidad del derecho a la paternidad de los violadores que luego de purgar su pena conforman familias.

Yendo un poco más lejos pero no menos importante no están satisfechos con las respuestas a interrogante: ¿por qué una persona que cometió un asesinato, un robo, un acto de corrupción tiene el derecho de engendrar y conformar familia y yo, que pago mis impuestos respeto la ley, respeto las costumbres y diversidad de pensamiento y creencias de muchos otros y me gano cada peso con el sudor de la frente no puedo hacerlo, por el simple hecho de que amo a una personas que posee mi mismo sexo?

Al parecer los argumentos de algunos los defensores de derechos de la comunidad LGBTI acogen la idea de que para criar, lo único que se necesita es deseo, vocación, y  nuestra biología se encargaría del resto. Acogen la idea de que la habilidad para la crianza poco y nada tienen que ver con la orientación sexual de los padres o con la capacidad de engendrar (porque ¿qué pasa con las personas con problemas de infertilidad? ¿También son incapaces? ¿Antinaturales? ¿No tienen el derecho?), se cree que todo depende más bien de la capacidad tanto innata/vocacional y emocional para semejante tarea. Con los avances tecnológicos, las clínicas de fertilidad, bancos de semen entre otros institutos  frecuentado por millones de parejas para ayudarse a procrear, resulta poco práctico y hasta contraproducente apelar entonces a la cuestión de la biología y a la paradoja de lo antinatural desde cualquier punto de vista pues lo antinatural simplemente no existe: La naturaleza es todo lo que produce al ser humano y todo lo que el ser humano produce. La naturaleza es todo lo que somos, todo lo que vemos, todo lo que hacemos, aceptamos pensamos y lo que podemos imaginar porque lo único que interviene sobre la naturaleza es la naturaleza misma. Lo antinatural no tiene lugar porque no se puede representar; lo que no se conoce por ende no existe. Incluso en el acto mismo de pensar en lo que no existe excluye a la idea de la inexistencia y crea una posibilidad.

Volviendo al tema existe un tercer grupo minoritario de personas quienes cuestionan   y contra argumentan a los otros dos grupos, casi asumiendo que se trata de una evidencia disparatada, una lucha dada por pérdida: ¿y qué pensarán los niños?

Pues bien aquí un breve fragmento del  discurso de Benoit Talleu de 17 años de edad el 13 de enero de 2013, quien habló en nombre de la Asociación para los Niños Adoptados (existente en Francia) durante  la Marcha por la Familia que organizó La Manif Pour Tous en París, Francia :

“Si preguntas a los adoptados qué quieren, ellos solo tienen una respuesta: ¡un papá y una mamá! ‘Papi y mami´ son palabras que un huérfano conoce y cuando es adoptado, sueña con usar esas palabras (…) un huérfano necesita un papá y una mamá. En cambio, la pareja quiere un niño, y entre "necesitar" y "querer", hay mucha diferencia. (…) la esterilidad no hace necesaria la adopción. La adopción no es para que los adultos se sientan bien. ¡No somos un remedio para la esterilidad! ¡No somos medicinas! ¡No estamos aquí para consolarte por no tener hijos! ¡No somos un premio! ¡No somos un derecho! No hables como si tuvieras derecho a nosotros. ¡Eso es violentar nuestra identidad! (…) Escuchamos a personas que dicen: "Vivir con una pareja gay es mejor que ser huérfano" Escuchen lo que tengo que decir al respecto: Esa afirmación rebosa de deshonestidad. ¡Hay decenas de miles de parejas hombre/mujer que esperan poder adoptar! (…) La ley debe velar por los más débiles, ¡No por el capricho de los fuertes! Los padres son para el niño, no al revés. ¡Somos la nación donde los niños tienen derechos! ¡No donde los niños son un derecho!” El contenido completo aquí.

Estamos según Antonio Novoa “en la era del exceso de los discursos y la pobreza de las prácticas”  y comparto su declaración. Si promulgamos la práctica de la libertad, la democracia y el respeto por la subjetividad y los derechos de los seres humanos, ¿por qué no hemos escuchado en el pleno sentido de la palabra a la infancia? Enfrentamos una paradoja bastante compleja.

En la postura que favorece la adopción de NNA por parejas homosexuales, bajo la perspectiva en la cual la garantía de sus derechos civiles resultará en la garantía y ejercicio los derechos de los niños se excluye la palabra, el deseo, los procesos subjetivos y por ende los revictimiza. Actualmente los movimientos progresistas se han abanderado de esta causa obviando la opinión de los niños, quienes verdaderamente pueden y deben decidir sobre sus vidas, pero en el afán altruista por “hacer el cambio” el egocentrismo inconsciente, no se ha contemplado seria y comprometidamente a conocer qué opinan los protagonistas de este intrincado fenómeno. Por ejemplo Si prestamos atención suficiente a la perspectiva del discurso de Benoit Talleu sería trágico a mi modo de ver que además de que el afrontamiento del abandono de la figuras primordiales y la carencia de una familia es por sí una tarea compleja, deban además afrontar la complejidad de las tendencias ideológicas filomarxistas involucradas en el tema de familia.

Debo aclarar sin embargo, que mi intención aquí no es favorecer o manifestar acuerdo por la opinión y declaraciones del movimiento francés, sino formular y  adoptar la contrariedad de las posturas antagónicas imperantes. La tarea es pues encontrar un equilibrio entre estas.

Mi reflexión busca recobrar sentido de la práctica de la libertad, la dignidad y la legitimidad del discurso de los niños, niñas y adolescentes víctimas del abandono en nuestra sociedad.

La idea del conflicto emocional negativo de los niños adoptados por parejas homosexuales, generado por el desafío al paradigma fundamentalmente católico de familia que los movimientos tradicionalistas aseguran y los progresistas objetan, no son más que proyecciones de ideas excesivas y egoístas, basadas en sus propias representaciones subjetivas; esta reflexión propone que la cuestión no es si la comunidad LGBT  debería tener “el derecho” o no frente a la  adopción, la verdadera cuestión es si estamos atendiendo las necesidades reales y no solamente las legales de los niños y niñas, cuando sometemos a escrutinio el trasfondo de las intenciones de los más fervientes defensores de sus derechos. Es decir, todo argumento a favor o en contra está basado en creencias y aproximaciones, pues la infancia está en desventaja  pues no esta organizada,  no tiene voz propia por tanto tampoco injerencia política porque se asume que el niño “no está preparado” o “no tiene la madurez suficiente” para comprender y valorar lo que es mejor para sí;  el Estado, parafraseando a Antonio Novoa, está renunciando al valor del presente por apostarle a una suerte de predistigitación del futuro.

La apuesta transformadora y revolucionaria que transmite el vocero de la Asociación para los Niños Adoptados sobrepasa la noción que tenemos sobre la capacidad de resiliencia, de lucha y organización de la infancia y la adolescencia; más allá de eso, demuestran su asombrosa capacidad para superar la tendencia común que cae en el señalamiento de los responsables de su estado actual para trascender al reconocimiento del poder que poseen para cambiar su realidad.

En el mundo los niños, niñas y jóvenes están actuando desde el reconocimiento de su libertad,  autonomía, responsabilidad y la incidencia real de su participación en las decisiones que se tomen al respecto de sus derechos en temas relacionados con la desigualdad social, la pobreza, la educación y el trabajo. El ser emancipado, amado y protegido no puede hacerse daño a sí mismo. Sí respetamos sus emociones, garantizamos el desarrollo pleno de sí mismos.

La idea de un cambio de paradigma es tan necesaria como absurda, si observamos el panorama desde ya complejo. Mi intención finalmente no es la de favorecer a los ideales de familia de los movimientos progresistas o tradicionalistas, pienso que el problema está mal formulado. Mi interés es invitarlo a reflexionar sobre la ausencia en el debate de una infancia organizada quien tiene el deber y el derecho exclusivo e inalienable frente a la elección de una familia, son ellos verdaderamente quienes poseen la última palabra en medio de este absurdo regateo de sus derechos fundamentales.

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