Opinión

Petro disparándose a los pies

Anda como muriendo de éxito; alimentado de cifras de encuestas y adulación, pierde horizonte, compostura, y dispara contra la mejor posibilidad de la izquierda

Por:
abril 21, 2022
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Petro disparándose a los pies
La campaña de Petro se representa cada día más como la jornada de un juez que dicta sentencias sin prudencia y sin juicio previo

Decía Zoroastro que “El amor propio es como un globo hinchado del que salen tempestades cuando se le hace una picadura”. Gustavo Petro se ve decidido a refrendarlo, anda como muriendo de éxito; alimentado de vacías cifras de encuestas, de primeras páginas, de público y adulaciones, pierde horizonte, compostura, y dispara a la loca contra sí mismo, contra las ideas, contra la posibilidad más robusta de la izquierda nacional en su historia.

Sus posiciones recientes, cuando todo marchaba, no por ser radicales sino por extravagantes, causan desconfianza, profunda inquietud, esa que genera observar cuando alguien regodeándose en su propio ego, en la inclaudicable autorreferencia, pasa de un momento a otro a la autofagia: desearse con tantas ganas que para no ser acariciado por otros resulta mejor introducir la mano a la boca y desde allí devorarse entero.

Jaime Bateman, el imperecedero líder del M-19, hacía sentir todo dúctil: la revolución, decía, se consigue construyendo una cadena de afectos, oyendo al pueblo, respetando incluso a los contradictores en el multicolor sancocho nacional.

Algo de eso no está entendiendo Petro, quien necesita untarse más de Bateman, de Pizarro, de Mujica, de Pardo Leal, de Bernardo Jaramillo, de Bachelet, que de la obstinación y la actitud cerril de Benedetti su espantoso coequipero, imagen cerril que termina siendo la cáustica semblanza de Álvaro Uribe, ese característico amargado a quien nada distinto a él puede satisfacerlo.

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Mientras sube en intención de voto, Petro no celebra como podría, no parece saber cómo se hace, no sonríe, no llama simpatías ni penetra corazones

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Mientras sube en intención de voto, al paso que el movimiento que lidera triunfa electoralmente y asusta a las clientelas políticas de malas mañas de siempre, Petro no celebra como podría, no parece saber cómo se hace, no sonríe, no llama simpatías ni penetra corazones. No, su sonrisa se hace ver siempre como un sarcasmo, una respuesta herida e hiriente, un rictus irritado.

En el gesto que por alguna razón se ha empeñado en asumir o le han indicado dentro de su campaña que asuma, tampoco habla, no propone, no interroga, ni mucho menos tiene algo, algo que aprender por mínimo que sea; solo prefiere dictar cátedra, enfundarse en el ropaje de un vicario que comunica encíclicas; cada intervención suya está precedida de un “venga le explico”, Gustavo Petro no luce por consiguiente en una campaña política en la que se proponen otros horizontes, la suya se representa cada día más como la jornada de un juez que dicta sentencias sin prudencia y sin juicio previo.

Mejor dicho: iba bien y ahora la embarra. Aquí casi todos andamos hastiados con la corrupción, iracundos con los grupos económicos cuando se roban los impuestos, con la plaga que se alza las pensiones y se guarda la plata de la salud; recibimos la mañana escépticos por tanto asesino suelto, por tanto político sucio suelto y mandando, por tanta metralla sonando contra comunidades y líderes. Todo eso lo sabemos y no es necesario que Petro lo restriegue en cada salida.

Se necesitan sus propuestas, sus concordias, no sus rabias. Todos las tenemos y ahora no necesitamos las suyas, tampoco sus destempladas notas, notas entre las que resulta vulgar, hiriente a la mínima inteligencia ciudadana, irse donde un notario a autenticar declaraciones inviables de no expropiación; nadie cree en los notarios, para empezar, y la expropiación no es cosa de voluntad de gobernantes, ni de candidatos, ni de ridículas hojas notariales, sino de necesidades sociales, hay que hacerla cuando se necesita en función del bienestar común.

No puede Petro hablar ni meterse con las pensiones, como cobrando un penal en una cancha de parque ¡¡A donde caiga!! Es improcedente, así mismo,  que su hermano, ya con ese sesgo patrimonialista del vicio más deplorable de las oligarquías a las que dice reemplazar, ande prorrateando clemencias, moviendo diálogos en cárceles, mucho menos entorno a la corrupción que es el asunto más sucio que ha carcomido las ilusiones de este país;  el perdón social no es más que el acuerdo de élites de siempre, echarle tierra a ,los expedientes, pasar de largo, seguir permitiendo que siniestros ladrones del erario con sus apellidos condenen a millones de personas a la anónima pobreza.

Aquí no se tapa un hueco en la carrera séptima de Bogotá, entonces no es fácil creer en un tren elevado de Buenaventura a Barraquilla; ya en la tierra, poner los pies sobre tejidos artesanales y rituales wayuu en la Guajira como andando con jactancia sobre una alfombra roja no es un buen designio para Gustavo Petro y Francia Márquez, no es cosa del pueblo, no es símbolo de la construcción desde abajo.

Así no, Petro, así no. Sucede que en estas campañas electorales que son más bonos publicitarios y golpes de red social que honduras ideológicas, lo que no suma, resta.

Más Bateman, más Pizarro, más Fayad, no por cosas de campaña; por estilo, por esencia, por verdad, por la posibilidad de un cambio de fórmulas, un gobierno que pudiera ser de afectos en este país al que han ido adhiriéndose tantos odios.

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