Opinión

Petrarca y la fama

Por:
octubre 20, 2013
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Petrarca (1304-1374) fue el segundo poeta laureatus moderno. Si Dante fue el desterrado, víctima de las venganzas de los partidos y por fatalidad un peregrino de los reinos de ultratumba, Petrarca y Boccaccio, representan, los in­tereses terrenos y mundanos.

Hijo de un notario florentino expulsado de la ciudad por sus discrepancias con los Neri en oc­tubre de mil trescientos dos, Francisco nació en Arezo dos años después. Gracias a un permiso que obtuvo su madre para regresar del exilio, Pe­trarca pasó la niñez en Incisa, donde aprendió el toscano, que luego usaría en sus memorables so­netos. Al cumplir ocho, su padre, buscando re­medio a sus desgracias se trasladó con la familia a Pisa y luego a Aviñón, donde el gurrumino cono­cería el esplendor y la cultura de las cortes papales de comienzos del cuatrocientos. Su más notable maestro fue Convenevole da Prato, quien le enseñó humanidades durante cinco años, en Carpentras, en plena pubertad.

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Petrarca tuvo, quizá desde niño, una clara conciencia que la gloria podía ser ganada en vida, así esa aura no garantizara la inmortalidad. Muy joven cambió su apellido toscano di Petracco por el eufónico Petrarca que carga hoy con su fama. A pesar de que su padre quiso hacerlo jurista y que Petrarca tratara de complacerle, nada aprendió de leyes en Bolonia. Al morir su padre, en mil trescientos veintiséis, la carrera de exitoso opor­tunista comenzaría tras saber que le había dejado a él y a su hermano Gerardo, prácticamente en la miseria. Desde entonces fue un protegido. Sus me­cenas son memorables por las relaciones, unas ve­ces felices, otras amargas, que tuvieron con un poeta que soñaba hacerse inmortal, imitando a Virgilio y a Ovidio en un latín que había ido desa­pareciendo en las calles de los pueblos italianos. El más famoso fue un obispo de Lombez, Giaccomo Colonna, pero sabemos también de un alemán, Ludwing, y de un romano, Lelio, a quienes llamaba, respectivamente, Sócrates y Laellius.

 

Siguiendo el antiguo consejo de cómo los viajes pueden deparar fama y fortuna, Petrarca dejó Aviñón en mil trescientos treinta y tres para hacer su primera gran cruzada tras la gloria: París, Lieja y Colonia fueron algunas de las ciudades que estu­vieron en su ruta. El joven rebelde había desaparecido cuando regresó de su prolongado viaje. En Aviñón tomó partido por los antiguos enemigos de su padre y puso su pluma al servicio del Papa Be­nedicto II, escribiendo dos epístolas poéticas donde alababa el retorno de los papas a Roma. Esta in­triga y su decidido apoyo a los tiranos veroneses garantizaron su futuro.

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Pisando tierra firme, Petrarca se recluyó, en mil trescientos treinta y siete, en Vaucluse, para rea­lizar la hazaña que complementaría su gloria: Áfri­ca, extenso poema épico sobre Escipión, donde imita a Virgilio y sigue, casi al pie de la letra, a Tito Livio. En Vaucluse gastó cientos de horas leyendo la historia del imperio al tiempo que, de tanto en tanto, sus demonios le dictaban uno que otro de esos sonetos italianos que lo han hecho inmortal. Todas sus intrigas tuvieron como fin su coronación; en abril del mil trescientos cua­renta y uno, en el Capitolio de Roma.

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Su obra latina es ejemplar testimonio de la vida errante que llevó. En Secretum (1342) y De remediis utriusque fortunae (1366), se presenta estudioso, eru­dito, viajero a la caza de códices y como un nostál­gico que evoca sus años juveniles de Carpentras y Bolonia al tanto que censura la vida licenciosa de Aviñón, pero fundamentalmente a un hombre que se debate, como un péndulo, entre el cielo y la tierra, entre la salvación y el fuego de la gloria. Se­gún Prampolini (Historia universal de la literatura, IV, 332), Petrarca "llevó siempre en sí este dese­quilibrio, fluctuando entre el amor pagano por las cosas bellas y el sentido de su caducidad, propo­niéndose, en los períodos de soledad, repudiar las tentaciones mundanas, pero cediendo después a su primera llamada: Laura y el laurel, el amor por una mujer y el amor por la gloria".

Jacob Burckhardt ha estudiado extensamente el sen­tido moderno de la fama, pero es Dante quien ma­yores testimonios ha dejado sobre el tema en la Comedia. En el Paraíso, la esfera de Mercurio es la sede de los bienaventurados que aspiraron a la ce­lebridad; en el Infierno, las almas piden al poeta mantenga viva su memoria, pero un pasaje del Purgatorio (XI, 79) condena esa avidez:

Oh vanagloria del ingenio humano. Cuan poco dura tu lozano verdor cuando no alcanza épocas de ignorancia... El rumor del mundo no es más que un soplo, que tan pronto viene de un lado como de otro y cambia de nombres por lo mismo que cambia de sitios.

Como buen burgués, Petrarca obtuvo la gloria. Pero no en los versos de África sino en la lengua que inmortalizó a Laura, las nugellae, que ocho años antes de morir reunió bajo el título de Rerum vulgarium fragmenta y que ahora conocemos como el Cancionero. Trescientas sesenta y seis poesías (más de trescientos sonetos, unas treinta canciones y el resto entre sextetos, baladas y madrigales), componen esta obra cuyos temas son el amor y la política. Entre los últimos se destacan los violentos sonetos contra la curia papal de Aviñón, los diri­gidos a diversos amigos y la célebre canción Ita­lia mía, benche il parlar sia indarno.

El grueso de la obra lo componen las Rime in vita e morte di madonna Laura. Petrarca la conoció en Aviñón el seis de abril de mil trescientos veinti­siete. La vio por vez primera en la iglesia de Santa Clara, pero no sabemos con certeza quién fue. Se cree que era hija de Audiberto de Noves y la mu­jer de Hugo de Sade y que murió por causa de la peste el seis de abril del mil trescientos cuarenta y ocho, año en el cual Petrarca perdió también varios de sus más caros amigos. Laura es, en el Cancio­nero, una figura que, como en la historia real, se evade de lo concreto difuminándose en unos cabe­llos de oro, ojos negros, figura de ángel y manos perfectas. Petrarca la dibuja tan abstracta que pa­rece como si no hubiese existido, como si nunca la hubiese visto en Aviñón. El Cancionero, siendo su mejor obra, no deja de resentirse de esa frialdad con que Petrarca calculaba todo lo que escri­bía y obedece más a una meditada exploración de su alma que a una exteriorización de sus deseos o pasiones, aparte de que la melancolía y nostalgia con que están escritos los sonetos dejan traslucir constantemente su rencor a las mujeres, a quienes considera culpables de todos los conflictos huma­nos.

Pero el Cancionero es también testimonio de la tragedia de los Humanistas. Burckhardt (Historia del renacimiento en Italia, 158), refiere la historia de Albertinus Masattus, contemporáneo de Dante, Pe­trarca y Boccaccio. Coronado en la universidad de Padua por el obispo y el rector, su glorificación ro­zó la idolatría. Todos los años, dice, llegaban es­colares y doctores ante su casa, en solemne pro­cesión con trompetas y velas encendidas, para saludarle y obsequiarle. Musattus es el primer poe­ta laureado moderno. Su gloria duró un día: en mil trescientos catorce tuvo que abandonar Padua por motivos políticos, y en mil trescientos veintiocho fue desterrado de por vida, muriendo un año más tarde en la completa miseria.

La pretensión de los poetas del Humanismo ve­nía de la idea de que era posible resucitar una Ro­ma imperial donde los poetas volvieran a ser perfec­tos cosmopolitas. Para alcanzarlo se plegaron a las voluntades y designios de papas, príncipes y con­dotieros, pudiendo llevar una vida de gran estilo que les permitió, en medio de las constantes guerras, estudiar sus amados poetas latinos y griegos y de­dicar sus horas a aumentar, mediante el ejercicio de la pluma, las supuestas riquezas del espíritu. Creyeron poder borrar con los estudios y la cultura quince siglos de cristianismo. La postulación de que un regreso efectivo a la antigüedad los salva­ría de las miserias cotidianas, no fue más que otra de esas ilusiones por las que atraviesan las comu­nidades humanas de tanto en tanto. La búsqueda de la belleza en medio de la miseria que nos rodea, fue, ayer como hoy, o una huida o un rechazo de la realidad, lo que no deja de ser paradójico, o la paradoja que acosa al artista a través de los tiem­pos.

Petrarca fue uno de sus más preclaros represen­tantes. Escribir, para él, era un fin en sí mismo. Nunca le importó causa alguna. Por alcanzar la gloria cometió actos que denotaban tal falta de carácter que hasta muchos de sus más cercanos amigos le rechazaron. Le fascinaba ser objeto de adorno. Cuando Venecia, por ejemplo, festejó su infame victoria sobre Creta, estuvo sentado a la diestra del Dux, bajo las arcadas de mármol y el propio emperador le invitó a trasladarse a la corte para que viviera allí un tiempo. La lista de tiranos que fueron sus amigos o protectores es significa­tiva: los Gonzaga de Mantua, los Carrara de Padua, los Este de Ferrara, los Malatesta de Rimini, los Visconti de Milán o los Azzo de Correggio.

Doce años después de la muerte de Musattus, el día de Pascua de mil trescientos cuarenta y uno, Petrarca se hizo coronar poeta, recibiendo la co­rona de laurel, en el Capitolio, de manos de un senador romano entre los aplausos del público y la admiración de los patricios. Fue proclamado in­mortal en el mismo sitio donde lo habían sido los grandes poetas latinos de la antigüedad. Su dis­curso, en un latín que no comprendían muchos de los nobles reunidos en su torno, afirma que en su persona se ve restaurada la fama mundial del poeta y se jacta del valor de sus escritos latinos. Las obras en romance, como la Comedia, no le pare­cieron dignas del evento. Esa fue su tragedia. Para nosotros, Petrarca es el poeta del Cancionero y no aquel calculador que despreciaba la lengua del pue­blo llevando sobre sus hombros un manto púrpura que le había regalado el terrible rey de Nápoles. Como dice Walter Muschg (Historia trágica de la literatura, 122), no era la primera, ni la última vez que la ideología traicione a un escritor.

 

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