Opinión

Li He

Por:
octubre 13, 2013
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Li He [Fuchang, 790, ahora Yiyang, en la provincia de Henan - Chang´an, 816, ahora Xi´an, en la provincia de Shannxi], conocido también como Li Ho [Wade Giles], o con el apodo Changji [Larga fortuna], fue uno de los más brillantes poetas chinos de la dinastía Tang y uno de los tres más admirados por el presidente Mao Zedong. Según J. D. Frodsham, Li He nació en el Año del Caballo y en algunos 23 de sus poemas el caballo es símbolo de si mismo.

Descendiente de una familia de ilustres que habían servido en pequeños cargos burocráticos, se sabe que escribió poesía desde niño porque una leyenda dice que cuando tuvo siete años, el famoso poeta y polemista Han Yu visitó el pueblo y Li He escribió un poema en su honor. Al morir su padre tenía 16 años, a los 21 se trasladó a Chang´an para buscar un empleo en el servicio civil, pero perdió lo exámenes imperiales pues uno de los caracteres del  nombre de su padre 晉 era el mismo para el nombre del examen que debía presentar 進. Todavía es una de las supersticiones más extendidas en China.

Aún cuando murió, decepcionado por las dificultades a los 26 años, fue conocido como un guicai, o talento diabólico que confeccionaría sus poemas escribiendo primero algunas líneas en trozos de papel mientras cabalgaba, que luego colocaría en una vieja bolsa de tela negra, para cada nueva mañana extraer de ella el poema compuesto. Vivió atormentado por los problemas para ingresar a la burocracia y a pesar de haber aceptado un cargo menor en 811 tuvo que dejarlo por problemas de salud, recibiendo apenas ayuda de Han Yu que le admiraba.

Cerca de 240 poemas le sobrevivieron. Su poesía fue muy admirada al final de la Dinastía Tang. Li Shangyi escribió una corta biografía y Du Mu puso un prefacio. Sin embargo ninguno de sus poemas fue incluido en la más popular de las antologías de su tiempo, los Trescientos poemas Tang.

La poesía de Li He, mejor, su verso se caracteriza por el vigor, sorprendente y dramático, de sus imágenes; la singularidad de sus términos, pasmosas yuxtaposiciones con abruptos cambios de tono de un indeleble pesimismo que recuerdan los tiempos de crisis que le tocó vivir. Como se ha dicho, su dominio técnico contrasta con la iconoclasia de sus temas y melodías, que le han valido el injusto calificativo de poeta maldito. Du Mu ha dejado en un fragmento un esbozo de sus técnicas y asuntos:

“Las nubes y la bruma mezclándose dulcemente no pueden describir sus formas; las aguas serpenteantes no pueden describir sus sentimientos; el verdor de la primavera no puede describir su calidez; la claridad del otoño no puede describir su estilo; un mástil en el viento, caballos en el frente de batalla no pueden describir su vigor; féretros de tierra y trípodes con sellos no pueden describir su antigüedad; los brotes frescos de las estaciones y las dulces muchachas no pueden describir sus encantos; los reinos devastados y los palacios saqueados, los matorrales espinosos y los túmulos funerarios no pueden describir su resentimiento y dolor, ballenas resoplando, tortugas impulsivas, los fantasmas de cabeza de buey, espíritus de cuerpo de serpiente, no pueden describir su amor por la extravagancia y lo irreal.”

Véase J. D. Frodsham, The Poems of Li He (790-816), San Francisco, 1983; C. Graham, Poems Of The Late Tang, New York, 1977 y Zhongnian Qian, "Li He". Encyclopedia of China, Beijing, 1992.

 

Poemas de Li He

El rey bebe

El rey monta  un tigre,
recorre las ocho lindes,
la luz de su espada ilumina
el verde y el azul del cielo,
mientras Li Xuemei castiga al sol
con los repiques de una campana de cristal.

Las escorias del mundo huyen,
el pasado y el presente se sosiegan.
En cientos de cabezas de dragón
se escancia el vino
invitando la Estrella del Alcohol.

Cuerdas de oro resuenan en la noche,
la lluvia, con sus pies ligeros,
canta en el lago Dongting
y borracho ordeno a la luna detenerse.

Las blancas nubes, peinadas,
arrullan la luz del recinto,
el guarda canta la primera hora.

Los Fénix de Jade de la torre
con su suave e intensa voz,
de encarnados adornos, sedas de mar,
claros y limpios aromas
tropiezan al bailar con los cisnes.

Brindemos por mil años más.

La cera resbala por el árbol
de las velas de los inmortales,
las lágrimas inundan los ojos
ebrios, de La Citara Azul.

 

En Chengdu, para Jo Ta

El zumbar de los insectos hace delgada la luz de la vela.
La noche exhala humores de medicinas y está fría.
Bien sé que te dueles de aquel que camina con sus alas quebradas,
Pero incluso, en esta amargura, me acompañas.

 

Respuesta de Jo Ta

Con la imponente nariz digna de la ordinariez de tus vestidos
y el follaje de tus cejas hiriendo en íntimos suspiros,
si no cantaras, señor, esas tus baladas,
¿cómo sabríamos de la honda melancolía del otoño?

 

La tumba de Xiao Xue

Cuando enfermé, aquel otoño,
Xiao Xue, mi rubia perrita
venida del oriente
llegó hasta aquí conmigo,
cruzando mares y valles,
campos de caña y maíz.

Los que cuidaron de mí
inculpándote
de las llagas de mis pies,
de la holgura del vientre.
resolvieron darte muerte
pero no sepultura.

Nunca encontré tu cuerpo
pequeña Xue.
En parte alguna supe dónde
te arrojó la crueldad humana.

Si no hubo tierra para ti,
que haya, en estos versos
un término para tu descanso
y yo pueda,
al recordar tu existencia
la compañía que me diste
en las hondas soledades del Rio de la Maldad,
donde está el sepulcro de aquel,
que también tanto te quiso.

¡Oh, tú, Xiao  Xue¡
Bella y rubia
como el alba.

 

¿A que se parecerá la tristeza?

Una muchacha con una jarra de vino.
El rostro del otoño cubriendo la tierra,
un caballo de piedra recostado en la bruma.
¿A que se parecerá la tristeza?
El viento entre los árboles
ahoga el sonido de su canto,
la extensa cola de su vestido oprime el suelo,
sus ojos, llenos de lágrimas, miran las flores del mal.

 

La vida se consume a si misma

La vieja y cansada liebre
y el frio sapo
lloran al ver el rostro de la vida.
Cientos de nubes cubren los muros de la ciudad,
ruedas de jade pisan el rocio,
un helado destino humedece la luz,
de la casia cuelgan pendientes de olvido,
un polvo amarillo mancha
el agua que nace en las montañas.

Cada que cambia el milenio
un corcel cabalga sin jinete.
El Reino del Centro es un polvo eterno:
las inmensas aguas del océano
agrietan la rueda de la vida.

Oye Jo Ta como el viejo canta
las canciones de tu juventud.
Dice que eras bello,
que eras fuerte,
que ibas por el mundo
como un carro de fuego.

Fue la carne de mujer
la que borró tu belleza.

Fue la tozudez de tu alma de ganso en el invierno.

Cada vez que cambia la vida
hay un corcel que cabalga sin jinete.

 

¡No salgas!

El cielo está oscuro, la tierra apagada.
Las serpientes de nueve cabezas
engullen las almas de los hombres,
la nieve y la escarcha
rompen nuestros huesos.
Los perros salvajes
van por el mundo rastreando sus despojos
y lamen sus garras degustando
el sabor de quien ha sido banquete.
El emperador envía un ejército
para acabar con los males del mundo.
Las estrellas adornan su espada,
el yugo de su carro es de oro.
Hinco la espuela en mi caballo
pero no hay camino para regresar,
las olas del lago son montañas,
miles de dragones venenosos
me miran envenenando el camino,
los leones y las quimeras soplan su mal aliento.
Nada es claro ya.
Hemos envejecido tanto como el Cielo.
Nada hay para preguntar.
Nuestra vida ha terminado.
Apenas el recuerdo de tu belleza
quedará al filo de nuestra muerte.

 

Versiones libres del chino por Harold Alvarado Tenorio con la colaboración de Qiu Ling.

 

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