Pasamos la noche en la Casa de los Espantos de Florencia II

Segunda parte de la crónica al interior de esta vieja mansión tenebrosa en el Caquetá

Por: Edilberto Valencia
junio 08, 2016
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Pasamos la noche en la Casa de los Espantos de Florencia II
Datos y fotos suministrados por César Augusto Vargas y Marinela Cedeño Renza

Indecisos, comenzamos a descender los escalones, siempre con las linternas apuntando al fondo tratando de descubrir algo. Un ruido extraño, como de alguien cuya garganta le silbaba trabajosamente, nos puso los pelos de punta. Alumbrábamos a todos lados, hasta donde el haz de luz de nuestras lámparas llegaba, sin encontrar nada, absolutamente nada. El suelo era pegajoso y los zapatos se nos pegaban a cada paso. De repente, como en las películas de suspenso, la luz apareció.

Ver: Pasamos la noche en La Casa de los Espantos de Florencia, Parte 1

Era un punto de luz azul, como una luz láser estática al fondo del sótano, un punto diminuto que brillaba intensamente como el ojo del cíclope de las aventuras de Ulises en La Odisea. La luz no dejaba de brillar y el ruido no cesaba; por el contrario, uno y otro aumentaban en intensidad mientras nos dirigíamos al final de la habitación.

Entonces, comenzó la locura: decenas de luces de colores  en forma de pequeños círculos aparecieron por todas partes sin saber de dónde venían o qué las producían; recorrían las paredes, el piso negro y húmedo color de sangre quemada; se paseaban por nuestros rostros terriblemente asustados haciéndonos ver como náufragos en una discoteca inmensa, y entonces, a pesar de los nervios que nos hacían temblar como chinos regañados, nuestro equipo comenzó a grabar y a tomar fotografías.

Datos y fotos suministrados por César Augusto Vargas y Marinela Cedeño Renza

Nunca había creído en espantos, me consideraba invulnerable a cualquier patraña que se presentara. Pero debo confesarlo: estaba asustado, terriblemente asustado y más cuando la intensidad del ruido aumentaba y nos causaba dolor en los oídos.

Dirigimos nuestras linternas a la esquina donde creíamos que provenía el ruido y no nos equivocamos. Allí estaba: era negro, inmensamente negro como esa noche aterradora y tenía un solo ojo.  Sí, sé que no lo van a creer, tenía un solo ojo y por allí se filtraba el ruido que casi nos enloquecía. Era una abertura siniestra entre el sótano y la parte trasera de la casa; una hendija prolongada que comunicaba con el patio de la casa, justamente a la salida hacia la loma donde está el colegio y de donde normalmente el viento sacude las casas del lugar.

Pero las luces ¿De dónde salían las luces? Y la luz azul que vimos al comienzo comenzó a oscilar entre el techo, las paredes y el piso:  era como si alguien nos estuviera enseñando algo con un láser. De pronto la luz se paró en el piso, exactamente en una esquina del sótano, se detuvo y comenzó a dibujar repetidamente un círculo en el mismo punto. Indudablemente nos quería mostrar que allí se escondía algo.

Ver: Pasamos la noche en la Casa de los Espantos de Florencia III

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