Pasamos la noche en la Casa de los Espantos de Florencia III

Tercera parte de la crónica al interior de esta casona tenebrosa en el Caquetá

Por: Edilberto Valencia
junio 09, 2016
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Pasamos la noche en la Casa de los Espantos de Florencia III
Datos y fotos suministrados por César Augusto Vargas y Marinela Cedeño Renza

Entonces el ruido cesó por completo. Se hizo un silencio enorme y sepulcral que se podía cortar con los haces de claridad de las linternas. La luz continuaba dibujando un pequeño círculo en el piso mientras las otras luces desaparecieron como por encanto. Y entonces la escuchamos: su llanto llegó nítido a nuestros oídos: era el llanto lastimero de una niña, y era de una niña porque sonaba inmensamente femenino y al mismo tiempo desgarrador. Era como estar presenciando la tortura de un infante a manos del monstruo de los mangones.

Ver: Pasamos la noche en la Casa de los Espantos de Florencia I

Nos miramos como se miran las ánimas en la oscuridad: tétricos y lívidos. Parecía que la sangre había desaparecido de los rostros mientras se nos erizaba hasta el último milímetro cuadrado de la piel. Los gritos aterradores de la niña cortaban como dagas el ambiente y nuestros nervios a punto de estallar nos ordenaban que corriéramos como desesperados. De pronto, todo volvió a quedar en silencio, un silencio frío como las despedidas en un cementerio.

No hallábamos qué hacer cuando decidimos investigar qué había en el círculo que trazaba la luz en el piso. Lentamente nos agachamos y comenzamos a palpar cerca, muy cerca, un piso pegagoso y algo caliente. Pero mi amigo más precavido sacó del bolso un frasquito con agua bendita y lo regó en todo el centro. El agua chirrió como si hubiera caído en medio de un incendio y se evaporó mientras un quejido aterrador se escuchó por el lugar: era el grito desesperado de alguien que estaba sufriendo un dolor inenarrable.

Casi salimos corriendo; sacamos fuerzas de donde no las teníamos, temblando de miedo y con las cámaras y las linternas apuntando el círculo. Nos acercamos temerariamente hasta tocar de nuevo el piso húmedo y pegajoso. Entonces el llanto cesó por completo y el silencio volvió a hacer nido en el ambiente.

Ver: Pasamos la noche en la Casa de los Espantos de Florencia II

 A pesar de ese miedo inmarcesible que teníamos, nos acurrucamos para examinar mejor el lugar. El círculo láser que aún no había desaparecido señalaba exactamente un punto de unos 10 centímetros de diámetro, que sobresalía unos milímetros del piso. Entonces mi compañero hundió su navaja en el lugar hasta que encontró algo metálico: era un anillo de hierro, la llave de entrada de algo que estaba enterrado.

Ayudados por la navaja, hicimos palanca por los lados del anillo tratando de desprenderlo para buscar la forma de sacarlo a la fuerza, mientras el lugar se inundaba con un quejido lastimero, muy doloroso: era una niña sollozando porque el tono de voz era inmensamente femenino, tanto así que las fibras del alma se me arrugaban como papel de seda al contacto con las llamas. 

Nuestros esfuerzos resultaban vanos. Por más que hacíamos fuerza, el anillo no se despegaba ni un milímetro del piso. Era evidente que necesitábamos herramientas, una palanca de hierro al menos…

Jadeando por el esfuerzo nos pusimos de pie y nos alumbramos las caras para saber qué semblante teníamos. Parecíamos zombies de una película mexicana, sin color y sin sabor como dirían las abuelitas. 

Discutimos hasta que nos pusimos de acuerdo. Al día siguiente vendríamos de nuevo mejor preparados, con mejores herramientas y decididos a desenterrar el misterio. 'Puede ser una guaca', decía mi amigo y nuestra corresponsal que hasta esa hora había estado muda, sentenció: 'tiene que ser la tumba de la entrada de la niña y nos está quedando grande hallarla, tenemos que volver'…

Entonces escuchamos la carcajada: era la carcajada de un asesino que se estaba gozando el sufrimiento de sus víctimas; era la risa miedosa de un monstruo de crueldad cuyos espasmos se colaban sin pedir permiso por nuestros poros; era un grito de victoria, de gozo satánico ante el fracaso de los intrusos. De inmediato saqué fuerzas de quién sabe dónde y lo increpé: 'Maldito, hijo del Demonio' le dije, 'quién eres, qué haces, qué quieres'… 

La carcajada se hizo más intensa. Era como una desalmada tormenta azotando los temores de tres mortales indefensos. Pero de pronto calló y entonces escuchamos algo casi imperceptible: algo que no esperábamos, algo del otro mundo, una voz increíblemente tierna y delicada que apenas alcanzó a susurrarnos.

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