Parábola del poder: los convidados

Fueron llegando de uno en uno o aparejados, perfectamente vestidos y uniformados con la misma sonrisa. Podría pensarse que una era la perfecta copia de la otra

Por: Harold Hernán Marín Fernández
febrero 16, 2022
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Parábola del poder: los convidados
Foto: Pixabay

Fueron llegando de uno en uno o aparejados, perfectamente vestidos y uniformados con la misma sonrisa.

Podría pensarse que una era la perfecta copia de la otra. No solo los insuflaban sus ínfulas de señores o de damas, tenían que sostener además sus portes como si les fueran propios, mas se les veía a la legua que les fueron cedidos, otorgados en desigualdad de condiciones.

Si hablaban se escuchaba en su voz el eco de reuniones a puerta cerrada donde habían tenido que repetir las mismas líneas hasta aprenderlas. Estaban tan seguros y tan ciertos que no podían equivocarse nunca.

Eran tan parejos que podrían apilarse como las cartas de un naipe y apretarse de tal manera que hedían a unidad.  El verdadero sueño de la megalomanía de un tirano.

Los convidados llegaron al lado de los infiltrados, de los sin nombre y de los sin dueño. Mas donde estaban siempre importaban ellos, los otros eran como parte del mobiliario, de la escenografía que configuraban para resaltar la opulencia de sus ademanes. ¡Que fiesta!

Impresionante por tan bonita y tan igual a tantas otras idas y por venir, que orgullo y que fastidio de poder compartir con los mismos, de mirarse a los ojos cuidando de no pasar de las pestañas, de no reflejar el alma, de voltear el espejo bruñido por mantener la pantomima…  tanto decir por decir, tanto discurso hueco y sin vida, tanta naturaleza muerta en trajes tan finos, tan caros o alquilados.

Ellos fueron y son entre toda una procesión de conveniencias y garantías, un esfuerzo mayúsculo por sostener el poder, mantenerlo, detentarlo; el poder asmático prostático, deja en la retina nublada la fiesta y observa el desenlace, la pavada, el gentil ademán y la genuflexión explícita en los que le merodean cual cardumen de simios anfibios.

Huele y palpa el aroma del miedo necesario que se merece en la dosis del recato y la etiqueta que le ofrecen en cada ronda. Cuenta uno a uno los rostros como las fichas de un juego, habla y ordena y dispone: uno menos, uno más, dos arriba, tres abajo, cuatro en el medio, veinte afuera ¿Cuánto es dos más uno si cuatro es cero cuando dos es diez?  No sabe. El poder asume. El poder deshace.

Todos en el festín presentes hasta el fin, no queda migaja para nadie y solo se acaba cuando la luz del poder se opaca por otra más fuerte.

El poder viejo ha cedido por la luz de un nuevo fulgor, los ademanes de los convidados se transfiguran levemente y la espalda se ofrece a la ahora luz más tenue; la escena de Pedro el apóstol se multiplica negándose con todos sus gallos madrugadores; nadie conoció ni estuvo donde antes era el poder; de ninguna manera habrían estado en tan terrible condición… ¡jamás!

Invariablemente el poder solo ha mudado de traje. Es el mismo.  Y mientras sus lebreles, sus lacayos, los simios anfibios convidados a su luz, uniformados y tan dispuestos a estribillos, dirán de lo mejor y lo magnánimo de su condición actual, pronto estarán tan iguales, tan ciertos en su mentira que hasta convencerán al poder, a la superficie del poder, que son auténticos, la auténtica farsa necesaria para mantenerse juntos.

Al poder le conviene, al poder le gusta que se mantenga la unidad, que falten al banquete solo los que no son…  porque los que son, los convidados, son en proporción tan minúscula, que el poder podrá mantener lo que es de todos, lo de los muchos, lo de los que no estarán, los que no vendrán, los que no tienen traje ni sonrisa alquilada, los que no se saben el estribillo del poder o a él renunciaron… se mantendrá en el apetito de unos pocos satisfechos de estar en la mesa del convite: de ser y estar… convidados.

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