Opinión

Para hablar del Carnaval (III)

Noticias de la otra orilla

Por:
marzo 21, 2020
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Para hablar del Carnaval (III)
Carlos Vives en La Noche del Río de este año. Foto: Youtube

No romperé la ilación de estos comentarios para hablar del coronavirus. No me da la gana.

Sigo entonces hablando del Carnaval de Barranquilla, porque como vamos no sabemos si este será el último que vivamos, o el último que tengamos en la ciudad. Si no nos lleva el putas.

Retomo entonces, y digo que, a propósito de la música,  conviene también hacer una revisión de lo que ha sido el proceso de deformación de aspectos musicales clave en muchas expresiones carnavaleras. Aunque aquella idea de un festival dedicado a las músicas raizales en el carnaval, que a mediados de los 90 se llamó El Carnaval su Música y sus Raíces desapareció por falta de interés institucional y desnaturalización de la idea primordial, también es cierto que fue reemplazado por nuevas iniciativas de gestión independiente muy interesantes, entre las que se destacan principalmente La Noche del Río y La Noche de Tambó, para darle a la música folclórica una atención que estaba reclamando a gritos.

 

La Noche de Tambó le da especial atención a la música folclórica

Han sido espacios y expresiones que han contribuido sin duda a entender y valorar lo que pasa a nivel de la música en nuestra cultura popular, y también una manera de hacer justicia a una expresión que ha sido  de la verdadera importancia cultural en el contexto de la música popular colombiana. Eso ha servido de algún modo para hacer contrapeso a ese evento que cada año se vuelve más intonso y más dudoso en su dimensión musical como el Festival de Orquestas del Carnaval de Barranquilla.  El problema es que no es posible concebir que un evento que en realidad no comporta valores carnestoléndicos propiamente dichos se tome dos días de sólo cuatro que tiene el Carnaval. Lo que llevaría a pensar si no es  posible reubicarlo dentro del cronograma del precarnaval o de los post carnavales o redefinirlo como festival mismo.

En lo que las danzas folclóricas se refiere hay en su actual expresión vicios que han venido deformando también su esencia original, su coreografía, las músicas acompañantes, los atuendos, etc., para lo cual sería interesante ampliar y fortalecer con mayor capacidad organizativa y recursos lo que ya se ha empezado a desarrollar sin los énfasis deseados como son las escuelas de capacitación para que los directores consagrados y las nuevas figuras de nuestros grupos danzarios vayan asumiendo a fondo  informando, formando y preservando el sentido y la estructura de estas expresiones, con el objeto de que conozcan la naturaleza de la estructura técnica danzaria, así como la fundamentación histórica y social de sus danzas, no para que las cultiven como un elemento de museo, sino para que a partir de su más profundo conocimiento sepan relacionarlas con las elementos modernos y las nuevas influencias que la vida contemporánea permea en los cuadros de las costumbres de una sociedad actual.

En este sentido, el debate no debe ser planteado en términos de tradición versus evolución, como algunos quisieran, sino en plano de un conocimiento y un fortalecimiento de la tradición para asumir preparados culturalmente los retos que plantean la evolución y la contemporaneidad.

Por otra parte, es necesario hacer aquí un llamado a todos los grupos folclóricos para que organicen la producción de su espectáculo y el desarrollo de sus propias finanzas, que busquen fórmulas para ser en lo posible autogestionarios, para que dejen de ser grupos mendicantes y puedan reclamar al mismo tiempo un trato respetuoso y digno, a la hora de negociar el valor formal del producto cultural que ellos poseen, y que no tiene que estar necesariamente por fuera de la dinámica social del juego económico.

 

El componente del disfraz individual es un elemento definitivo del Carnaval

Podríamos afirmar que la mejor fórmula para ejercer la defensa y la preservación de los valores que hacen grande nuestro Carnaval sería la de crear contenidos educativos y culturales que se desarrollen en escuelas, colegios y universidades, con cátedras complementarias a los estudios de historia local, la creación de textos serios que puedan circular con facilidad entre profesores y estudiantes, y que permitan acceder a un conocimiento organizado y sistemático que pueda ser confrontado cada año en la “recocha descomunal del Carnaval”.

Complementariamente, el carnaval de los niños debe ser un objetivo primordial de entidades como la Secretaría de Educación Distrital, la Secretaría Distrital de Cultura y Patrimonio y no sólo de la entidad que maneja el Carnaval, para que sea un evento que vaya poco a poco garantizando la nueva sangre que fortalezca y lidere el carnaval del futuro.  Hay que aprovechar el surgimiento de esas nuevas generaciones para rescatar por ejemplo el componente del disfraz individual como un elemento definitivo de esa fiesta, porque es el ejercicio de una plástica que nace desde cada uno, que se multiplica en el grupo, y en el que la transformación a través de la máscara o el maquillaje, hace que cada día es conocido como Juan o Pedro se convierta en otro a partir de la fundación de un código que se hace colectivo automáticamente durante cuatro días.

 

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