¿Pandemia o pandemonium?

"Este es una desorden lleno de gritos, confusiones, muerte, abusos... un aquelarre de corrupción, depravación, perversión, envilecimiento, deshonestidad y putrefacción"

Por: CARLOS ALBERTO MUNÉVAR ORTIZ
mayo 27, 2020
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¿Pandemia o pandemonium?
Foto: María Fernanda Padilla Quevedo

Decidí ponerme a escribir en medio de esta situación extraña. Dicen que hacerlo libera el alma, es más… por ahí leí que era como meterse el dedo en la garganta y vomitar párrafos cuando sentimos la vida nauseabunda.

Empecemos el camino.

La pandemia de COVID-19 sigue su aumento exponencial. Al SARS-Cov-2 no le importa si Duque, el gobierno nacional y miles de colombianos sin sentido común lo ignoran. Tampoco, que aún algunos crean que es una ficción creada por una teoría conspirativa, ni que se diga que es una estrategia mediática de guerra de cuarta generación. Si algo es contundente son las cifras. Cuando empecé a escribir este texto eran 4.420.743 las personas que habían dado positivo por coronavirus en el mundo y de ellas 301.370 habían muerto. Hoy, diez días después, son 5.335.868 los contagiados y 342.694 los fallecidos (Center for Systems Science and Engineering, Johns Hopkins University).

En Bogotá, el patógeno se transporta cómodamente en TransMilenio y en el resto del transporte público. Está en la ropa, en las manos y en la saliva de los portadores. No necesita presentarse en televisión todos los días a las seis de la tarde, ni alardear de sus “logros”. Y aunque hay unas cifras oficiales, que de seguro son poco confiables dada la limitada capacidad de Colombia de hacer pruebas diagnósticas, lo cierto es que las alertas naranja en distintas localidades del suroccidente de la ciudad de Bogotá dan cuenta de que el coronavirus campea por el territorio nacional a sus anchas, aprovechando la estrategia de selección natural artificial, llamada eufemísticamente por Iván Duque “aislamiento inteligente”, instaurada por el uribismo y sus aliados financieros.

Según esta estrategia, se debe “cuidar la vida y la economía al tiempo”, es decir pone en un mismo plano la vida humana y las ganancias de los grandes banqueros y empresarios, a quienes muestra como una especie de benefactores y de “padres protectores generadores de empleo”, a los cuales se les debe servir y respetar por el bien de la “patria” (como diría la recalcitrante ultraderecha colombiana). De esta manera, son varios los elementos que se deben tener en cuenta a la hora de organizar la lucha y la resistencia social frente a un gobierno como el del Centro Democrático, que ha mostrado su cara más feroz y corrupta en medio de una pandemia.

En primer lugar, la estrategia mediática del gobierno nacional es una burla. Duque organizó todos los días una especie de reality televisivo, en donde con invitados VIP y cifras en mano hace las veces de un comandante en medio de una batalla contra el enemigo invisible. Parece ser que dentro del contrato de 3.500 millones de pesos para posicionar su imagen una de las recomendaciones fue volverse “omnipresente” en la vida de los colombianos. Mientras tanto, los canales privados hacen las veces de caja de resonancia o antenas repetidoras, difundiendo la perversa idea de “optimismo a la colombiana”, en donde se hace creer que en medio de la más cruda miseria, hambruna y falta de acceso a sistemas de salud y educación digna salta la resiliencia de un pueblo que en medio de su sufrimiento saca lo mejor de sí: recrean con imágenes de niños frente a computadores destartalados, aplausos a trabajadores de salud, falsa solidaridad, etcétera, todo un monumento a la “lastima y la caridad”.

En segundo lugar, aprovechando el confinamiento, se adelanta una arremetida brutal a nivel laboral, pensional y tributario. Las aberrantes reformas que el gobierno uribista venía proponiendo desde el 2019, que fueron causa del movimiento de protesta social iniciado el 21 de noviembre del año anterior, son ahora aplicadas soterradamente, aprovechando el estado de emergencia social y la imposibilidad de la movilización social. Aproximadamente 160 decretos en un mes son testimonio del proceder vil y apátrida de Iván Duque, beneficiando a los patrocinadores de campaña y patronos. De estos ni un solo (sí, ni uno solo) beneficia al pueblo colombiano. De hecho, estos no pasan de ser “pañitos” de agua tibia que solo buscan crear una cortina de humo frente al desastre humanitario de un país humillado, explotado e insultado, en donde la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez se llena la boca llamando “atenidos” a los miles de colombianos que deambulan hambrientos sin trabajo, sin mercado, desplazados y/o desalojados a punta de bolillo y gases por el ESMAD en medio del confinamiento.

En tercer lugar, tendremos que decir que la pandemia confinó a los seres humanos pero no a la corrupción. Es escandaloso y repugnante el manejo que Duque le ha dado a los recursos económicos del país. Nadie con algo de sentido común podrá olvidar que en el año 2020, en medio de la hambruna, la peste, la falta de recursos para la salud y la educación, se utilizaron 3500 millones de pesos para posicionar al presidente en redes sociales, 7.900 millones en tanquetas para el ESMAD, 9.500 millones en munición para el ESMAD y 9.741 millones en camionetas blindadas, sin contar con que hubo una falta de voluntad total para aprobar una renta básica para la población más vulnerable.

Además, mientras que este pandemónium nacional se desarrolla, las perversas reformas neoliberales adelantadas durante 30 años modelaron unos sistemas públicos raquíticos y desfinanciados; la tragedia de los hospitales, del personal médico y sanitario se refleja en las protestas de los funcionarios en las puertas de los hospitales y en el abandono de los pacientes a sus suerte (Duque olímpicamente frente a las cámaras de televisión, dice que el 80% de los enfermos están en sus casas); y en materia educativa el panorama no es más alentador, mientras algunos miles de niños están en modalidad virtual, otra gran mayoría no tiene acceso a internet y padece la difícil situación económica de sus familias (así mismo, maestros y maestras asumen la modalidad de trabajo en casa, ampliando sus horarios laborales y alternándolos con el cuidado de sus hijos y las tareas domésticas, pagando de su bolsillo el internet y la energía eléctrica).

Es así como esta pandemia o más bien pandemónium se terminó volviendo el pretexto para que hombres como el “honorable” ministro de Hacienda y “expropiación” pública Alberto Carrasquilla proponga el no pago de la prima a los trabajadores como medida, entre otras, de una larga cadena de “micos” colgados del árbol de la ignominia presidencial. Digo que es un pandemónium porque es una desorden lleno de gritos, confusiones, muerte, abusos... un absoluto aquelarre de corrupción, depravación, perversión, envilecimiento, deshonestidad y putrefacción de un sistema que escupe todos los días a la cara de un país patriarcal, que cual mujer maltratada por años normalizó la barbarie y naturalizó la muerte dentro de una sociedad que se encuentra en manos de un expresidente y su triste y patético bufón.

Algo más: ver la serie Matarife es como un fresco aire por la ventana, sabemos que no estamos solos y aislados en esta lucha.

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