Palestina, una herida abierta en el corazón de la humanidad

La comunidad internacional poco o nada hace frente a este genocidio en curso. Además, las pocas decisiones que se toman para frenarlo son burladas

Por: Luis Guillermo Perez Casas
septiembre 03, 2020
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Palestina, una herida abierta en el corazón de la humanidad
Foto: PxHere

“Defenderé cada palmo de tierra de mi patria. Con los dientes” (Mz. Montávez, 1980: 219).

Era el 10 de diciembre de 1996, me encontraba en la famosa Ciudad de Weimar para recibir el premio de derechos humanos que creó la alcaldía de dicha municipalidad, luego de la caída del Muro de Berlín, para reconocer la lucha de hombres y mujeres que en el mundo luchan por las libertades, la vida y la paz. Como invitado de honor de la ciudad me hospedaron en el hotel Elephant, donde acostumbraba el führer Adolfo Hitler pasar sus noches y desde cuyo balcón sobre la plaza central se dirigía a la multitud.

No dormía cómodo en aquel lugar, pese a su elegancia, al recordar que en esa misma ciudad se quemaron el 1 de junio de 1933 todos los libros considerados “contrarios al espíritu alemán”, se persiguió a los homexuales, a los que se oponían al régimen y en la “noche de los cristales rotos”, se dejó claro que las personas de origen judío fuesen ricos o pobres, ateos o creyentes, marxistas o liberales, todos serían sometidos al despojo de sus bienes y a exterminio. En la ciudad de Schiller, de Goethe, de Wieland y Herder el terror sustituyó la poesía.

Era simbólico estar en aquel lugar, el propósito también era formativo, se nos llevó a la colina de Ettersberg, donde están las instalaciones de lo que fue el campo de concentración de Buchenwald, donde tuvieron 250.000 prisioneros procedentes de distintos países de Europa y de Latinoamérica, allí perdieron la vida 56.000 personas, entre ellas 11.000 judíos. Nevaba, el frío calaba los huesos, todo el campo estaba cubierto de nieve, vi que había un pequeño espacio no cubierto por la nieve y mientras me acercaba pregunté por qué. Era una placa, conectada todo el año a una fuente de energía con la temperatura del cuerpo humano, dedicada a la memoria de todas las víctimas. Pensé en mis compatriotas latinoamericanos que allí fueron sacrificados, en los seis millones de judíos víctimas del holocausto nazi y no pude impedir que las lágrimas se precipitaran sobre mis mejillas heladas.

Del exterminio de los judíos durante el régimen nazi, con el repudio universal al genocidio que sufrieron, las Naciones Unidas apoyaron que en Palestina los migrantes judíos pudieran instalarse, después de siglos de éxodo, de sobrevivir a los progrom, se instalaron en la Tierra Prometida, la tierra de Israel y consolidaron un nuevo Estado mediante la violencia, la guerra, el despojo y el terror. Quienes habían sido víctimas de las peores formas de la deshumanización se convertirían en repudiables victimarios.

En momentos en que escribo esta nota siguen cayendo bombas sobre Gaza, la estrecha tira de tierra de apenas 360 kilómetros cuadrados en que se apiñan dos millones de palestinos, sometida a feroces bombardeos de las fuerzas israelíes por aire y tierra. La única central eléctrica que brindaba luz algunas horas del día también ha sido inutilizada y puesta fuera de servicio, haciendo aún más difíciles las ya durísimas condiciones de vida y poniendo en altísimo riesgo a los pacientes de los hospitales que requieren de energía para el funcionamiento de aparatos y la conservación de los pocos medicamentos a los que tienen acceso. A los pescadores se les impide salir a pescar y se endurece el bloqueo a un grado tal que este territorio ha sido descrito como “la cárcel a cielo abierto más grande del mundo”. No es de extrañar que en su desesperación los gazatíes acudan a medidas extremas de defensa como el lanzamiento de cohetes y de globos incendiarios.

También, ahora mismo, siguen languideciendo en prisiones israelíes miles de prisioneros palestinos, sometidos a largos períodos sin juicio y en no pocas ocasiones a atentados contra su integridad física ya que son permitidas las fracturas de brazos, en una práctica que no tiene otro nombre, que el de tortura. No es exageración decir que cada familia tiene o ha tenido al menos uno de sus miembros en las cárceles del ocupante. Otra violación brutal a los derechos humanos es la demolición de las casas de los palestinos acusados de atentar contra militares o civiles israelíes, llevándose por delante el principio de la responsabilidad personal que estructura el derecho penal y la prohibición de tomar represalias contra los parientes.

Cumpleaños tras las rejas

Una prisionera emblemática fue la niña Ahed Tamimi, de 16 años, que cumplió los 17 en una fría mazmorra, detenida en su propia casa por el Ejército ocupante porque abofeteó a uno de los soldados israelíes que acababan de herir de gravedad con un disparo en el cráneo a un primito suyo en medio de las protestas contra la declaración de Jerusalén como capital de Israel a finales de 2017.

¡Impunidad para los asesinos de niños y cruel prisión ordenada por “jueces” militares bajo 12 cargos de “terrorismo” contra la digna adolescente que reclamando respeto en su patria da una palmada en la cara a un jenízaro que atacaba a tiros otro niño desarmado!

La infamia de un muro en Tierra Santa

En 2004 la Corte Internacional de Justicia(CIJ), con sede en La Haya, expidió una opinión consultiva en la que declaró totalmente contraria al derecho internacional la construcción de un muro que encierra parte de Jerusalén y diferentes áreas de Cisjordania. Sorprendentemente se conoce poco sobre esta muralla y casi hay una cortina de silencio sobre ella, a pesar de la condena de dicho tribunal, que es ni más ni menos que la Corte de las Naciones Unidas, es decir, la más alta instancia de justicia a nivel mundial, a pesar de estar al mismo o peor nivel de otras vallas infames de la historia reciente como el Muro de Berlín, el proyectado por Trump en la frontera con México o el construido por Marruecos para aislar a los saharuíes del frente Polisario en la soledad del Sahara.

Dejemos que sean las propias palabras de la CIJ las que definan esta problemática:

- “Israel tiene la obligación de reparar el daño causado hasta ahora … la reparación debe subsanar, en la medida de lo posible, todas las consecuencias del acto ilícito”.

- "La opinión de esta corte subraya que el derecho y el deber que Israel tiene, en virtud del derecho internacional, de tomar medidas para impedir la entrada al país de posibles atacantes no justifica la construcción de la valla/muro en Cisjordania, que ha destruido tierras de labranza y medios de vida de miles de palestinos en beneficio de asentamientos israelíes ilegales”.

Por su parte, Amnistía Internacional afirma que las medidas de Israel deben respetar el derecho internacional humanitario y en especial los derechos de la población palestina. La reconocida ONG de derechos humanos ha verificado que en las partes en que se ha erigido la gran pared, la población palestina vive prácticamente en estado de sitio en ciudades y pueblos rodeados por vallas, muros, alambradas de espino, verjas y puestos de control. Se ha separado a los agricultores de sus tierras de cultivo y su suministro de agua, y se ha aislado a las comunidades entre sí y de las escuelas, los centros de atención médica y otros servicios esenciales.

Volviendo a la situación de Gaza, la última escalada hace recordar los peores momentos de los ataques de grandes dimensiones que ha sufrido esta zona: la que llevaba el terrible nombre de “Plomo Fundido”, adelantada entre el 27 de diciembre de 2008 y el 21 de enero de 2009; Pilar Defensivo en noviembre de 2012, y la "Operación Margen Protector", que comenzó el 8 de julio de 2014, que duró 51 días.

El resultado en pérdidas de vidas habla por sí mismo de quien es víctima y quien es victimario, amén de reflejar la enorme desproporción de fuerzas:

En “Plomo Fundido” murieron 1.300 palestinos, de los que un tercio son niños; hubo 13 soldados israelíes muertos, cinco de ellos por fuego amigo y perdieron la vida cuatro civiles de Israel por los 778 cohetes lanzados por Hamás.

Como resultado de “Margen Protector” hubo 2.158 palestinos muertos, entre ellos 551 niños, mientras fueron cerca de 11.000 los heridos. Debido a los enfrentamientos y los cohetes lanzados, murieron 73 israelíes, 67 de ellos soldados, y resultaron heridas 2.522 personas, incluidos 740 militares.

Lamentablemente la cifra de muertes crece cada día, especialmente desde 2018, en que se vienen realizando las marchas por el retorno, manifestaciones pacíficas en la frontera de Gaza con el sur de Israel, que son reprimidas violentamente por las fuerzas armadas israelíes causando gran número de muertos y heridos y dejando una enorme cantidad de discapacitados en una población de suyo afectada por grandes problemas económicos, sicológicos y de salud.

Lo más dramático es que la comunidad internacional poco o nada hace frente a este genocidio en curso y las pocas decisiones que se toman para frenarlo son burladas por los gobernantes israelíes y su principal aliado, el gobierno de los Estados Unidos. Estos llegan incluso a amenazar con sanciones a la Corte Penal Internacional si profundiza sus investigaciones sobre los crímenes cometidos por el ocupante.

De la Shoa a la Nakba

La creación del Estado de Israel es uno de los hitos de la historia contemporánea y la gran mayoría de los analistas concuerdan en la relación de este hecho con el horrible genocidio sufrido por el pueblo judío a manos de los nazis, que en lengua hebrea es conocido como la “Shoa”-Holocausto. Ya desde el siglo XIX venían tomando fuerza los movimientos en favor de la identidad nacional judía y de búsqueda de una patria propia. En la Palestina histórica subsistían pequeñas comunidades, pero el grueso de los judíos vivía en Europa Central y Oriental. Llegaron a barajarse opciones en favor de la isla de Manhatan, Australia, Madagascar o la Patagonia para concentrar las comunidades judías, pero el pronunciamiento de Gran Bretaña en 1918, potencia que ejercía fideicomiso otorgado por la Sociedad de las Naciones, después de la derrota del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial, dio un impulso importante al arribo de judíos provenientes de diferentes lugares del mundo. Es lo que se llamó Declaración Balfour, por el nombre del Ministro de Relaciones Exteriores británico de la época, en la que se daba el visto bueno para el establecimiento de un “hogar nacional judío en Palestina”.

En esa tierra, para las tres religiones, sagrada y con un mismo texto histórico (cristiana con la Biblia, judía con la Torá y la musulmana con su Corán) y para los tres pueblos que descienden de un mismo ancestro, que lleva precisamente el nombre de “padre de un gran pueblo”(Abraham), paradójicamente no llegó la paz con el establecimiento del nuevo estado y desde entonces se sufre un ciclo interminable de opresión sobre los habitantes originales y de agresión a los pueblos vecinos.

Son ya más de 72 años el tiempo que lleva la gran tragedia del pueblo palestino, la “Nakba” o catástrofe iniciada el 14 de mayo de 1948 con la creación del Estado de Israel. Desde ese día empezó el despojo violento de sus tierras ancestrales que ocasionó una primera oleada de expulsión de 700.000 que iniciaron un éxodo de su patria que aún hoy continúan sus sucesores. Estos descendientes de los desplazados mantienen la identidad de los pueblos en que vivían sus ancestros e incluso conservan las llaves de las casas de las que fueron desalojados, como un símbolo de que tarde o temprano volverán a ese hogar.

A pesar de que las resoluciones de la ONU hablaban de crear dos estados: uno para los judíos y otro árabe-palestino, solamente se cumplió con el primero y los palestinos que no fueron desterrados quedaron en Israel como ciudadanos de segunda categoría.

Pero eso no fue suficiente. En la llamada Guerra de los seis días en junio de 1967 el régimen israelí se apoderó de la parte oriental de Jerusalén, ciudad sagrada para los musulmanes, que la conocen con el nombre de Al-Quds, Cisjordania y la Franja de Gaza.

De esta manera la nación quedó no solamente ocupada por una fuerza extranjera sino partida geográficamente, ya que Gaza y Cisjordania, donde están la mayoría de los palestinos, están separadas y media entre ellas territorio israelí. Tres grandes grupos componen hoy la fragmentada población palestina: los ya mencionados en esas áreas, que son cerca de cinco millones, los que persisten en Israel, que son aproximadamente 1.600.000, y la diáspora esparcida por todo el mundo, más o menos otros cuatro millones.

Este martirizado pueblo nunca dio su brazo a torcer y desde 1964 se nucleó en torno a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), fundada por el legendario Yaser Arafat. La lucha palestina aportó en 1987 otra palabra al léxico político “intifada”, que significa levantamiento, sublevación, combate desigual adelantado fundamentalmente por jóvenes que arrojaban piedras a los tanques y soldados israelíes armados hasta los dientes. A esto se añade que en 2006 ya no fue la histórica OLP la ganadora de las elecciones sino un nuevo grupo, de corte religioso, el Movimiento de Resistencia Islámica conocido como Hamás. Sin embargo, no se le reconoció el triunfo y hubo un conflicto intestino entre las dos fracciones, al final del cual, la OLP sigue a cargo de la administración de Cisjordania y Hamás gobierna la Franja de Gaza. La discrepancia esencial entre ambos es que la primera reconoce al Estado de Israel en tanto la segunda organización no le reconoce legitimidad alguna.

Ya en 1993 se firmaron los llamados Acuerdos de Oslo que dieron lugar a una administración limitada a la Autoridad Nacional Palestina, básicamente una expresión administrativa de la OLP, sobre la zona de Cisjordania, pero sin verdadera soberanía ni ejército. Esto no resolvió el problema fundamental de la ocupación porque además el gobierno de Israel continuó estableciendo colonias en esos territorios.

Crímenes de lesa humanidad

Sería interminable la lista de crímenes cometidos por Israel contra el pueblo palestino. Son muchas las matanzas cometidas contra esta población, de las cuales la más sonada no ocurrió en su territorio sino en dos campamentos de desplazados que habían creído encontrar un lugar más seguro en el vecino Líbano. En Sabra y Shatila, suburbios de Beirut controlados en 1982 en plena guerra civil libanesa, las milicias de la falange derechistas aliadas de Israel, con la cobertura y autorización de las fuerzas armadas israelíes que habían invadido el país, masacraron inmisericordemente cerca de tres mil mujeres, niños y ancianos palestinos.

En Gaza, en medio del ataque llamado Margen Protector, en el barrio Shujaiyya, las tropas invasoras asesinaron 74 palestinos, incluidos 17 niños el 20 de julio de 2014, en tanto cuatro días después, el Ejército israelí lanzó un ataque contra una escuela de la Agencia de la ONU para Refugiados Palestinos (UNRWA). En el lugar, que creían a salvo de ataques militares por estar protegido en virtud de las normas del Derecho Internacional Humanitario(DIH) y más por estar financiado por las Naciones Unidas, perdieron la vida dieciseis personas y cientos más sufrieron heridas graves.

La farsa del “Acuerdo del Siglo”

Los últimos años han traído un endurecimiento de la situación ya que los gobiernos israelíes no dan trazas de cumplir los de por sí mezquinos acuerdos con la OLP, califican a Hamás de organización terrorista, no discuten la posibilidad de volver a las fronteras de 1967, declaran a todo Jerusalén como capital “eterna e indivisible de Israel” y como si fuera poco, pretenden anexar una buena parte de los demás territorios palestinos, que denominan Judea y Samaria.

Esa es la esencia del llamado “Acuerdo del Siglo”, elaborado por Jared Kushner, asesor especial de Trump para el Medio Oriente, que además es su yerno. Este presunto acuerdo no lo es, porque en él no participaron los palestinos, como tampoco es del siglo porque de esta centuria ni siquiera ha transcurrido la quinta parte. Es simplemente un plan de Estados Unidos, acogido inmediatamente por Israel, que contempla básicamente la aceptación del apoderamiento por parte de ese estado de la parte oriental de Jerusalén y la anexión del valle del río Jordán y un buen pedazo de Cisjordania, territorios que le fueron arrebatados a los árabes en la llamada Guerra de los seis días en 1967, para entregar a cambio algunos pedazos del desierto del Neguev. Esto dejaría sin ninguna viabilidad al proyectado “estado” palestino, reducido a su mínima expresión, agujereado como un queso Gruyere por los asentamientos judíos, sin soberanía y sin continuidad entre sus dos componentes: lo que restaría de Cisjordania y la Franja de Gaza. Solamente se le permitirían fuerzas de seguridad interna, sin ejército, además de exigirse el desarme de Hamás y la Yihad Islámica. Contempla además que no pueda hablarse del retorno de los palestinos desterrados en 1948 al crearse el estado de Israel, y la asimilación de éstos en otros países árabes.

Como supuesta compensación se habla de inversiones por 50 mil millones de dólares, de los cuales la mayor parte se destinarían a Cisjordania y Gaza y otras a Líbano, Egipto y Jordania. Hay que precisar que no son donaciones, más de la mitad serían préstamos y cerca de la cuarta parte inversiones privadas.

El plan ha sido rechazado tajantemente por todos los grupos y facciones palestinas. Incluso la Autoridad Nacional Palestina, autogobierno que administra Cisjordania, no solamente lo ha condenado, sino que también anunció que se retiraba de los Acuerdos de Oslo.

El nuevo gobierno de unidad israelí, en el que Benjamín Netanyahu del partido de derecha Likud y el centrista Beny Gantz se distribuyen los cargos, aceptó entusiasmado la propuesta de Trump y tenía entre su programa la anexión a partir de julio de las colonias israelíes establecidas en territorio palestino. Sin embargo, debido a los severos problemas que enfrenta en su propio país su poderoso patrocinador, así como ante las protestas contra los planes anexionistas, ante los pasos hacia la unidad que dan los distintos grupos palestinos, así como por las protestas populares en muchos países, no les fue posible cumplir con tal adhesión.

Pero el juego no ha terminado. Trump y Netanyahu sacaron un as que tenían bajo la manga. Hace dos semanas anunciaron con gran pompa lo que presentan como el tercer acuerdo de paz entre Israel y un estado árabe. Ya en 1979 se firmaron los Acuerdos de Camp David con Egipto en los que a cambio del reconocimiento de Israel y el establecimiento de relaciones se devolvía a aquella Península del Sinaí (donde desde entonces hay un contingente colombiano como parte de las fuerzas de paz de la ONU), en tanto en 1994 hubo un tratado con Jordania. Hoy, 2020 es el pacto con los Emiratos Árabes Unidos (EAU), con base en el cual se declara la paz entre ambos (aunque no estaban en guerra), se reconocen mutuamente y establecen cooperación en diferentes campos. La dirigencia emiratí sostiene que a cambio Israel desiste del plan de anexión de las áreas en que hay asentamientos propios, pero el primer ministro israelí lo desmintió diciendo que no se trataba de cancelación de esos planes sino solamente de suspensión temporal de ellos.

En todo caso, dicho pacto no fue consultado con los palestinos, que son sus protagonistas y dolientes, los únicos que pueden decidir sobre su destino y sus tierras. Por el contrario, estos lo condenan enérgicamente y lo califican de “puñalada por la espalda”.

Con todo, es un golpe fuerte porque una vez abierto ese boquete otros gobiernos de la zona, presionados o halagados por Estados Unidos, pueden sumarse a esa posición. El panorama inmediato no se ve muy halagüeño, pero a la vez es bueno que algunos que se decían amigos de la causa se quiten la careta y los oprimidos empiecen a ver claramente quién está de su lado y quién no. El rechazo casi unánime al sedicente acuerdo del siglo, la firmeza del eje de la resistencia, los propios problemas internos de Israel con su primer ministro al borde de la cárcel por corrupción y la posible derrota de Trump en noviembre mantienen viva la llama de la esperanza para Palestina y su gente.

El pueblo de Israel debe oponerse a todos los crímenes que sus dirigentes promueven contra la población palestina, sencillamente por toda la historia de dolor y persecución que han padecido.

El llanto del amargo exilio de siete décadas, como diría Kahlil Gibran, es un fuego que purifica el amor a la tierra perdida y pequeña como un grano de sal, haciéndolo nítido y hermoso por una eternidad. Colombia, que en 2018 reconoció al Estado palestino, debe contribuir a que cesen esas lágrimas y los pueblos del Medio Oriente puedan por fin vivir en paz. El gobierno de Iván Duque debe de abstenerse de promover o tolerar cualquier nueva agresión contra la nación Palestina.

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