Opinión

Navalni y Guaidó

Los flojos líderes occidentales escogieron un señor con más cara de estafador que líder para enfrentarse a Putin y a uno que no saca un chivo a miar contra Maduro

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marzo 18, 2021
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Navalni y Guaidó
No hay esperanza que con esos mascarones de proa logren que la democracia sea el esquema gubernativo de Rusia o Venezuela.

Los flojos líderes occidentales. Los mismos que han sido incapaces de afrontar unitariamente la pandemia y han preferido dejar actuar a cada país por su cuenta antes que encabezar una batalla conjunta para atacar la peste, producir la vacuna y, sobre todo, repartirla. Los mismos gobernantes de la Unión Europea, de EE. UU. y de América Latina que han dado traspiés permitiendo un crecimiento del autoritarismo y un progresivo ocultamiento de la democracia. Esos mismos, hicieron una escogencia muy equivocada para afrontar la batalla en los dos países con bagaje petrolero y   economía oligopólicas: Rusia y Venezuela.

Escogieron en cada una de esas naciones un presunto cabecilla de la oposición para que se enfrentara a las máquinas dictatoriales de Putin y Maduro olvidando que el uno simboliza   el viejo poderío zarista y el otro las añoranzas de los caudillos bananeros que Asturias y García Márquez inmortalizaron en sus novelas. En Rusia, los occidentales y sus medios propagandísticos escogieron como abanderado de las libertades (que una vez más los rusos  dejaron enjauladas en la figura de un nuevo zar) a Alexander Navalni, un señor con más cara de estafador que de líder político. En Venezuela volvieron importante a la personificación más benigna de un opositor, al debilísimo Juan Guaidó que no saca un chivo a miar.

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El quijotesco opositor de Putin no parece merecer el rosario de sanciones que le endilgan a Rusia desde la UE y desde Washington para que lo libere

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Si lo que querían los occidentales era lograr hacer crecer la posibilidad democrática en Rusia apoyando el esquema habilidoso de manejar opiniones,  validadas en las redes de los países europeos y no en las plazas soviéticas, con Navalni no parece que lo van a lograr. Ya, hoy, con el pelo rapado, encarcelado en un campo de concentración para pagar con pena judicial un delito netamente político de desobediencia, el quijotesco opositor de Putin no parece merecer el rosario de sanciones que le endilgan a Rusia desde la UE y desde Washington para que lo libere y, al paso que va, en un año lo habrán olvidado hasta los traficantes de redes. Y con Guaidó, ni se diga. Con un perfil de derrotado eterno. Sin ser capaz de aunar la diversidad de antichavistas y con un discurso de ujier ambiguo de Leopoldo López, se fue gastando solo y apenas si lo terminaron apoyando con declaraciones insulsas en el parlamento europeo o en la Casa de Nariño. No hay entonces esperanza que con esos mascarones de proa logren que la democracia sea el esquema gubernativo de Rusia o Venezuela.

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