Monroe vive: Venezuela y las “potencias extranjeras expansionistas”

El discurso sobre el país bolivariano como un Estado fallido con un gobierno corrupto e ineficiente cabe perfectamente como justificación para echar a andar esta doctrina

Por: Boris Caballero Escorcia
Febrero 17, 2019
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Monroe vive: Venezuela y las “potencias extranjeras expansionistas”
Foto: Instagram @realdonaldtrump

Cada vez adquiere más sentido el error histórico del presidente de Colombia Iván Duque. El bicentenario y el relanzamiento en pleno de la doctrina Monroe. Ya se entiende mejor el mensaje de apoyo por Twitter de la vicepresidenta MarthaLucía Ramírez cuando comenzaba el ataque masivo de memes a las palabras de Duque y afirmaba que el presidente tenía razón, ya que: “James Monroe y los fundadores de la política exterior de Estados Unidos en su mensaje de no permitir la intervención de potencias europeas en asuntos internos de nuestros países, estaban contribuyendo a consolidar la independencia”.

Ahora bien, qué es esto que hizo James Monroe y “los fundadores de la política exterior de Estados Unidos”. Se refiere la vice a la doctrina Monroe, la cual se puede resumir en el enunciado “América para los americanos”, entiéndase el significado equivalente de “América para los estadounidenses”. Esta doctrina, enunciada el 2 de diciembre de 1823 por el presidente de entonces James Monroe, seguía, pero en un contexto de posible restauración de la monarquía española en el continente, lo planteado antes por Thomas Jefferson: “América tiene un hemisferio para sí misma”. Desde sus inicios, la doctrina Monroe la acompañó un aparente halo protector sobre los recién independizados territorios del continente, pero a la vez daba un lugar de preeminencia a los Estados Unidos sobre ellos y abría la puerta a un escenario internacional cómodo para el intervencionismo norteamericano. Enunciaba que los Estados Unidos no tolerarían más aventuras colonizadoras europeas en América ni el intento de restituir tales dominios ya perdidos en los territorios a los cuales Estados Unidos haya reconocido su independencia, pues dichas acciones las consideraría una agresión a los Estados Unidos.

Esta doctrina era la clara consideración del Caribe como el Mare Nostrum de Estados Unidos y del resto del continente como su esfera “natural” de influencia. En buena medida esto que se constituía en una enunciación entonces cónsona con los tiempos en los que surge, se establece como la base doctrinal de una política exterior hacia América Latina y el Caribe que a futuro se constituyó en un intervencionismo político y militar activo. Fue tanto así, que ayer 26 de enero de 2019 el ministro de relaciones exteriores de Nicolás Maduro, el canciller Jorge Arreaza, se vio en aprietos en su discurso en la sesión extraordinaria del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la situación de la República Bolivariana de Venezuela cuando quiso enumerar las intervenciones militares norteamericanas en América Latina, y tuvo que desistir de tan dispendioso intento por lo largo que implicaba la lectura de cada una de ellas.

La función entonces de la doctrina Monroe desde que fue enunciada ha sido la de servir de plataforma doctrinal que justifica políticamente a los Estados Unidos hacer del hemisferio un escenario de expansión de sus intereses económicos y políticos, o generar las condiciones para que funcione como la retaguardia en la cual apoyarse en su accionar en la esfera internacional. Su doctrina, junto con el destino manifiesto, ha sido la base del discurso de la injerencia de los Estados Unidos en el continente.

Se llegó a afirmar que en las últimas tres décadas esta doctrina se diluía mientras daba paso a la hegemonía indisputada del neoliberalismo en la región. Y ya en el nuevo milenio, la ola de gobiernos llamados “progresistas” parecía en otro sentido confirmar este alejamiento del intervencionismo norteamericano, pues los Estados Unidos se mantuvieron con un perfil más bajo que en otras épocas en la región. Parecía que los eventos y la correlación de fuerzas internacionales era favorable a una mayor independencia de América Latina; el despliegue de los intereses del complejo petrolero y militar-industrial de los Estados Unidos se concentraba en el Medio Oriente y parecía mantener su atención en América Latina y el Caribe en un segundo plano. No obstante, no hay que olvidar su papel activo en esos años en el golpe de Estado en el 2002 en Venezuela y el golpe de 2009 en contra de Manuel Zelaya en Honduras.

En esos años de relativa ausencia de los Estados Unidos con una política de intervencionismo activo también se registraría una mayor inversión y presencia comercial del capital chino y ruso, cuya tendencia se mantiene hasta hoy, además de una mayor presencia política en países como Venezuela y Nicaragua especialmente. Mientras en el 2006 el stock de inversión directa de China en la región no llegaba a los 25.000 millones de dólares, en el 2016 ya llegaba a 200.000 millones de dólares y en el 2017 a alrededor de 225000 millones de dólares (Ver: La inversión china en América Latina continúa creciendo). Toda esta inversión no sólo benefició a la nominalmente bolivariana y socialista Venezuela, en el 2017 el Brasil golpista de Temer y la Argentina neoliberal de Macri recibieron el 91% de los préstamos chinos en la región, del cual el 59% fue solo para Brasil, que hizo prestamos pagaderos en envíos de petróleo a China, según un informe de los Estados Unidos cuyos datos analiza la Celag (Ver: China en América Latina, según Estados Unidos). Paradójicamente, a pesar de toda la propaganda que dice lo contrario, desde el año 2017 se registra una tendencia de disminución franca de préstamos e inversiones de China en Venezuela. Disminución seguramente explicada por la crisis económica venezolana que hace cada vez menos rentable la inversión.

Las inversiones de China en América Latina y el Caribe se han centrado en infraestructura, alimentos y petróleo. Por otro lado, las exportaciones de los países latinoamericanos para 2017 representaron 100.000 millones de dólares, los mayores exportadores fueron, en su orden, Brasil, México y Argentina (Ver: Infographics on Latin America-China Trade: An Asymmetric Tale). No obstante, esta presencia económica y comercial importante en la región, aún falta un buen trecho para que China supere la hegemonía comercial norteamericana en el continente. Por ejemplo, mientras China en el 2016 tenía un volumen de comercio con América Latina y el Caribe de un poco más de 200.000 millones de dólares, los Estados Unidos el mismo año tuvieron un volumen de comercio con la región cercano a los 800.000 millones de dólares. China avanza a pasos agigantados, su comercio con América Latina y el Caribe se ha incrementado un poco más del 210% entre 2006 y 2016, mientras que el comercio entre Estados Unidos y la región en el mismo periodo aumentó solo 38%, lo que hace prever que pronto superará a la potencia del norte. Sin embargo, la política de la fuerza y las armas de los gringos pueden lograr lo que su comercio y su capital no han podido, y truncar el avance comercial chino.

Con relación a la presencia de la Federación de Rusia para 2016 se calculaba en 12.000 millones de dólares el comercio con América Latina, aunque mucho menor que el valor del comercio de la región con China, representaba un incremento del 44% con respecto al 2006, en mayor proporción que el incremento registrado por Estados Unidos en el mismo periodo. De este comercio ruso el 50% se hace con México y Brasil. Con su liderazgo en el BRICS, Rusia ha mantenido una relación privilegiada en términos comerciales con Brasil.

No obstante que China supera a la Federación comercialmente y en monto de inversión en la región, Rusia ha sido mucho más activa en asegurar un posicionamiento geopolítico con respecto a Estados Unidos. Sus inversiones en América Latina se han centrado en el campo energético, en petróleo y gas, pero también de manera importante en la venta de armas y asesoramiento político y militar. Por ejemplo, Rusia ha suministrado el 90% del armamento de Nicaragua desde el 2000 hasta el 2017; según cifras de Stockholm International Peace Research Institute, entre el 2000 y el 2017 las ventas desde Rusia han representado el 20% de las compras de armas en América Latina, superando entre el 2006 y 2009, y entre el 2011 y el 2014, hasta duplicarlas en algún momento, las ventas de Estados Unidos, el mayor proveedor de armas en la región.

En la era Trump parece más claro que dicha tendencia de aparente retirada de Estados Unidos de la región estaba muy lejos de ser algo permanente y menos aún irreversible. El contexto ha cambiado, casi toda Sudamérica está dirigida por gobiernos neoliberales y francamente de derecha, algunos de la ultra, el panorama es otro al de hace tan solo unos años. Con Trump estamos asistiendo a un momento en el que Estados Unidos vuelve a poner sus ojos sobre América Latina como lugar geopolítico estratégico sobre el cual apoyarse para el mantenimiento de su influencia a nivel mundial. El 25 de septiembre de 2018, hace unos meses, en el debate general del 73° período de sesiones de la ONU, el mismo Trump hizo explícito la vuelta de la doctrina Monroe como fundamento de su política hacia América Latina. Su audiencia eran cancilleres y jefes de Estado, era al mundo al que se dirigía. En un escenario que era convocado en el marco de la multilateralidad, el presidente de Estados Unidos hablaba de una política unilateral: “Rechazamos la ideología del globalismo y postulamos la doctrina del patriotismo”, y continuaba más adelante, “Nunca entregaremos la soberanía de Estados Unidos a una burocracia global que no fue elegida ni le rinde cuentas a nadie”. Era un mensaje claro de que Estados Unidos no subordinaría sus intereses a organismos multilaterales como la ONU, o al derecho internacional.

Sin embargo, justo antes de tocar el tema de la “América para los americanos, llama la atención sobre la postura de su gobierno de no soportar abusos y extorsión de otras naciones que se aprovechan de Estados Unidos para obtener mayores ganancias, habla de China con la que se vio obligado a aumentar los aranceles de productos importados de China para evitar una situación de abuso, luego se refiere a la OPEP y sus abusos con los precios del petróleo, situación que afirma no va ser más tolerada. Sigue con Rusia, saluda la política de Polonia de independizarse energéticamente de Rusia con la construcción de un oleoducto y reprocha, por el contrario, la dependencia energética a la que está destinada Alemania si no cambia de dirección su política. Inmediatamente después dirige su discurso a manifestar su adscripción plena a la doctrina Monroe, así afirma: “En el hemisferio occidental estamos comprometidos a mantener nuestra independencia de la intrusión de potencias extranjeras expansionistas… Ha sido la política formal de nuestro país desde el presidente Monroe rechazar la injerencia de naciones extranjeras en este hemisferio y en nuestros propios asuntos” (Ver: General Assembly of the United Nations. H.E. Mr. Donald Trump, President ). Es clara la asociación de “potencias extranjeras expansionistas” que son ajenas al hemisferio con China y Rusia. Con China, Estados Unidos ha declarado una guerra comercial que ha apuntado a restricciones comerciales y al aumento de aranceles a la importación de productos Chinos, otro tanto ha hecho China con los productos estadounidenses. Por el lado de Rusia se ha exacerbado una guerra geopolítica de posiciones y áreas de influencia que ha tenido sus mayores desarrollos en Ucrania y en Siria alrededor de la conquista o preservación espacios de inversión, comercio o influencia política. Ambas potencias han aumentado apreciablemente su influencia comercial y política en América Latina y el Caribe en los últimos años. Es evidente la preocupación de los Estados Unidos al respecto.

Ahora podemos entender el pleno sentido de la declaración de Duque aquel 2 de enero frente al Secretario de Estado Pompeo cuando se refería al aporte de los “padres fundadores” a la independencia. Y a su vicepresidenta, cuando rescataba la figura de Monroe. Seguía a pie juntillas el discurso de la restauración de las pretensiones hegemónicas norteamericanas en la región.

Asistimos a un escenario de lucha geopolítica y comercial en el que necesariamente si queremos entender hay que ubicar en estos momentos el enfrentamiento de los intereses de los Estados Unidos, Rusia y China en Venezuela. Allí Estados Unidos se está jugando su preeminencia en América Latina y el Caribe y el recuperar de una manera plena y activa su papel hegemónico y directriz de la política y la economía de la región. Rusia y China en cambio son quienes se están abriendo paso en un mercado relativamente nuevo para sus capitales. De este enfrentamiento no es posible predecir del todo el desenlace, pero lo que sí es cierto es que quienes sufrirán las consecuencias nefastas serán los pueblos de la región. Venezuela es un escenario de prueba de esta lucha en el terreno concreto de la política, la intervención militar parece una carta que puede ser jugada en esta coyuntura como en ningún otro momento de lo que lleva la crisis con Venezuela. La pregunta es, ¿en este juego, donde lo que en realidad menos importa a estas potencias es el bienestar del pueblo venezolano, vale la pena asumir partido por alguna?

La apuesta debe ser a que el pueblo venezolano resuelva sus problemas de manera soberana y autónoma. Salirse de la polarización que en buena medida mantiene este estado de cosas. La política en Venezuela no sólo la define Maduro y la oposición, hay un buen número de venezolanos descontentos que no se identifican con ninguno de los dos bandos; por ejemplo, hay partidos de izquierda y chavistas que le siguen apostando al socialismo y están en contra de Maduro y no se identifican para nada con la oposición. Una solución tampoco puede implicar la anulación y eliminación del otro, ni en términos discursivos ni físicamente; no se puede simplemente hablar, como ha sido manejado el discurso que busca legitimar una intervención extranjera, en términos de una confrontación entre “el pueblo venezolano” y el gobierno en cabeza de Maduro, hay un pueblo también chavista que sigue a Maduro y del cual no se puede prescindir para una solución.

Asimismo, también habría que hacer un llamado a que cesen las presiones que Estados Unidos ejerce a través de sanciones y sabotaje a las transacciones financieras. Sanciones que no tienen interés en solucionar la situación humanitaria, sino que por el contrario la agravan. Su interés más bien es generar escenarios de inestabilidad que fuercen un cambio de régimen en Venezuela favorable al acceso de los Estados Unidos a los recursos naturales venezolanos, a la recuperación del mercado venezolano para norteamérica, así como a la salida de las inversiones chinas y rusas. Sería un escenario para golpear el avance de las inversiones rusas y chinas en América Latina y el Caribe y la puesta en vigencia, el resurgir de su materialidad plena, de la doctrina Monroe en el continente. Pero no sólo en su implicación de hegemonía económica sobre el continente, sino también política. En este último sentido se refuerza la intervención política y militar con la puesta en vigencia de la adenda de Theodore Roosevelt a la doctrina cuando el entonces presidente, seis años después de que Estados Unidos se apoderara de Puerto Rico y subyugara a Cuba, y un año después de impulsar la separación de Panamá de Colombia, el 6 de diciembre de 1904 señalaba ante el Congreso de la Unión:

“No es cierto que los Estados Unidos desee territorios o contemple proyectos con respecto a otras naciones del hemisferio occidental excepto los que sean para su bienestar. Todo lo que este país desea es ver a las naciones vecinas estables, en orden y prósperas. Toda nación cuyo pueblo se conduzca bien puede contar con nuestra cordial amistad. Si una nación muestra que sabe cómo actuar con eficiencia y decencia razonables en asuntos sociales y políticos, si mantiene el orden y paga sus obligaciones, no necesita temer la interferencia de los Estados Unidos. Un mal crónico, o una impotencia que resulta en el deterioro general de los lazos de una sociedad civilizada, puede en América, como en otras partes, requerir finalmente la intervención de alguna nación civilizada, y en el hemisferio occidental, la adhesión de los Estados Unidos a la doctrina Monroe puede forzar a los Estados Unidos, aún sea renuentemente, al ejercicio del poder de policía internacional en casos flagrantes de tal mal crónico o impotencia”.

Todo el discurso de Venezuela como Estado fallido y gobierno corrupto e ineficiente cabe perfectamente aquí como la justificación para echar a andar la doctrina Monroe.

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