Mocanápolis y Bacatápolis

Un texto a propósito de Bogotá, Barranquilla y otras importantes ciudades

Por: César Augusto Curvelo Beleño
abril 12, 2021
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Mocanápolis y Bacatápolis
Foto: Jose David Parra - CC BY-SA 2.0 / Jdvillalobos - CC BY-SA 3.0

Polis es el nombre genérico dado a las ciudades-estado en la homérica Grecia de Sócrates y Aristóteles. Se ha echado mano a este sufijo para denominar importantes conglomerados humanos a lo largo y ancho del mundo, lo mismo que para crear palabras compuestas como acrópolis, ciudad alta; megalópolis, ciudad grande; anfípolis, ciudad anfibia; o metrópolis, ciudad madre.

En Estados Unidos hay tres urbes terminadas en polis. Una es Minneapolis, la ciudad con mayor población del estado de Minnesota; aquí entre nos, el apelativo proviene de la palabra minn, que en lengua siux o dakota significa agua; por cierto, en ella se adelanta el juicio por el vil homicidio del afrodescendiente George Floyd por parte de varios policías el año pasado, lo cual dio inicio a una oleada de protestas antirracistas en el país del norte; a propósito, cabe agregar que la palabra policía deriva del latín politīa, y esta, a su vez... ¡eureka!, del griego polis. Una segunda es Indianapolis, capital del estado de Indiana. La tercera es Annapolis, capital de Maryland.

Los nombres de las ciudades citadas se pronuncian con acento esdrújulo. No les pongo tilde como manda la ortografía castellana, debido a que son toponímicos en inglés y me parece preferible presentarlos tal cual como se escriben en el idioma de shéspir, digo, Shakespeare. Esto a los académicos de la RAE, Real Academia Española, les podría parecer un subterfugio o retrechería, pero presento de excusa el apellido del escritor argentino Ernesto Sabato, autor de El túnel y La resistencia, que se pronuncia esdrújulo sin que la RAE ni nadie se atreva a colocarle tilde en la primera a. Lo anterior se debe a que sus padres eran italianos y en el habla de la bota europea no se tilda; de seguro estos progenitores quisieron que no se le pusiera tilde al apellido de ninguno de sus ¡doce hijos!

Otros casos mencionables son los de Petrópolis y Florianópolis, en Brasil; Piriápolis, en Uruguay; Alejandrópolis, en Grecia; y Leópolis, en Ucrania. Aquí en nuestro angelical país encontramos a Angelópolis, un municipio de Antioquia.

Citemos dos casos más del mismo estilo. Uno es Nápoles, en Italia, la cual fue construida cerca de un poblado llamado Palépolis, o sea ciudad vieja. Los colonos griegos bautizaron el segundo asentamiento como Neápolis, ciudad nueva. El término en italiano es Napoli, sin tilde por lo dicho antes y que, a mi modo de ver, así debería escribirse en nuestro chapetoñol. El otro caso es Trípoli, en el norte de África, fundada por los fenicios unos seis siglos antes de nuestra era. A comienzos del siglo III se hizo conocida como Región Tripolitana, que significa "región de las tres ciudades", es decir, Trípoli.

Para dar por terminada esta extensa retahíla, mentemos a una que tiene otra designación y dos que ya no existen: Constantinópolis, que fue el primer nombre de Constantinopla, que luego pasó a ser Bizancio y hoy es Estambul; Nicópolis, ciudad de la victoria, en la antigua Grecia, así llamada por el triunfo naval de Augusto sobre Marco Antonio en Accio, en el año 31 de nuestra era; y Heliópolis, ciudad del Sol, en el antiguo Egipto, donde se rendía culto al radiante dios Ra.

Ramón Illán Bacca fue un escritor samario de nacimiento y currambero de corazón, autor de la novela Deborah Kruel. Bacca tuvo a bien dedicar una columna en el desaparecido Diario del Caribe, de Barranquilla, a Currambópolis, uno de los centros urbanos del imaginario astro llamado Mévor, según narro en mi novela de ciencia ficción Ysier o los confines del Cosmos. Es obvio que quise brindarle una especie de homenaje al querido núcleo urbano en que he vivido la mayor parte de mi vida. La otra ciudad en que he sido residente por largo rato es Bogotá.

Ahora toca ampliar mis respetos por estas dos grandes urbes. O por lo menos voy a hacer el intento. Nada se pierde y sí podemos ganar una nota alta. Tocar la puerta no implica que te sea abierta. La peor columna es la que no se escribe.

Por la parte de Barranquilla, resulta que la cultura principal en el departamento del Atlántico y regiones circunvecinas fue la mocaná, y estamos bastante en mora de rememorar, por lo más elevado y sagrado, esta porción fundamental de nuestro origen etnográfico caribeño. Para esto nunca es demasiado tarde y por tanto podemos hablar de Barranquilla como la ciudad de los mocaná, o sea Mocanápolis.

En cuanto a Bogotá, se sabe que su toponímico deriva del término chibcha Bacatá, uno de los principales poblados muiscas, cuyo denominación traduce algo así como “campo de labranza”. Este primer apelativo ha venido quedando en el olvido, con una que otra excepción. Así que, dando complementariedad al denominativo de Atenas Suramericana, propongo que aludamos a nuestra gran capital como Bacatápolis y así, de bacanas y bacanos, podemos dejar de lado, de paso, ese seco y gélido sobrenombre de “La Nevera”.

Veamos entonces si podemos bacatizar o mocanizar, dependiendo de la perspectiva, a un equipo de fútbol –Atlético Bacatá, Deportivo Mocaná–, y a  una localidad, y una zona franca, y una tienda, y una fábrica, y una urbanización, y un barrio, y un restaurante, y una miscelánea, y un teatro, y de mote a un futbolista de nuestras inagotables canteras, en las que a la fecha sobresalen los mocaneros Luis Fernando Muriel, Carlos Bacca, Rafael Borré y Teófilo Gutiérrez, lo mismo que los bacatanos Camilo Vargas, Juan Daniel Roa, Stalin Motta y David Macalister Silva.

Escribo esta nota a bordo de un 787 que acaba de despegar del aeropuerto internacional Ernesto Cortissoz, de Mocanápolis, directo a La Ne... perdón, a El Dorado Luis Carlos Galán Sarmiento, de Bacatápolis.

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