Sondeos van, sondeos vienen. Y mientras tanto, Riohacha se cae a pedazos.
Basta con caminar la ciudad para verlo, las basuras y cómo el servicio de aseo no funciona, Aqualia no resuelve el agua que debería resolver, Air-e apaga la luz cuando le da la gana, y la inseguridad ya no es una alarma esporádica sino un ruido constante que todos hemos aprendido, tristemente, a normalizar.
Ese es el verdadero estado de la ciudad. No los sondeos. No las encuestas que circulan cada semana con nombres nuevos. La ciudad real es la que no tiene agua, no tiene aseo, no tiene luz confiable y no tiene seguridad.
Y sin embargo, mientras eso pasa, hay concejales que ni siquiera terminan el período para el cual fueron elegidos. Se van antes, con la ambición vestida de vocación de servicio, buscando quién los apadrine, quién los fiche, a quién más servirle para asegurar su propio futuro político. Diputados en las calles haciendo campañas con problemáticas que vienen desde hace décadas. No es servicio público. Es acomodo.
Riohacha no va a cambiar si seguimos cambiando de nombres sin cambiar la forma de hacer política. Podemos poner una cara nueva en el tarjeton, un relevo generacional, pero si esa cara llega financiada, apadrinada y comprometida con los mismos de siempre, el resultado va a ser el mismo de siempre.
La política de este departamento lleva demasiados años funcionando así: se llega pagando, se gobierna debiendo, y se debe pagar la deuda con contratos, con puestos, con silencio.
Por eso, a todo el que aspire o esté pensando en aspirar a la Alcaldía o a la Gobernación, le digo que no se vendan en el camino. No paguen para llegar. Díganle no a los mismos de siempre. No se gasten veinte mil millones de pesos en una campaña, porque esa plata, tarde o temprano, alguien se la va a cobrar, y quien paga esa deuda no es el candidato sino la gente.
El verdadero cambio que necesita esta tierra no es una cara distinta repitiendo las mismas prácticas. Es una manera distinta de hacer las cosas. Y esa transformación de fondo, no de fachada es lo único que de verdad puede mover lo demás. Si cambiamos cómo se hace la política, todo lo demás empieza a cambiar. Si seguimos haciendo lo mismo, tendremos, otra vez, los mismos resultados.
Pero seamos honestos, hoy no es momento de campaña electoral. Es momento de que la ciudadanía despierte.
No podemos permitir que Riohacha se nos convierta en la Roma de Nerón: una ciudad que termina ardiendo mientras quienes deberían gobernarla están ocupados afinando la guitarra, entretenidos en su propio espectáculo, mirando para otro lado. Porque cuando el fuego se apaga, cuando la fiesta termina, los que quedamos en el caos y en el olvido somos nosotros. El pueblo. Los que sí vivimos aquí todos los días.
Riohacha no necesita más promesas de campaña anticipadas. Necesita ciudadanos despiertos, que no se dejen comprar con favores ni con miedo, y candidatos con el valor de decir que no.
También le puede interesar:
Anuncios.


